martes, 19 de abril de 2016

Ahora la sabe - Historias de terror y Creepypastas


Solo soy una persona con conocimientos en sistemas. En realidad trabajo para una empresa de tecnología y no soy especialmente creyente en nada paranormal, de hecho, soy poco religioso.

La razón de pasar por aquí es precisamente porque tengo curiosidad en estos asuntos desde que un familiar me contó una historia bastante particular.

Javier y María son prácticamente dos campesinos, criados a la vieja usanza en una pequeña choza situada a unos treinta minutos a paso de caballo del pueblo más cercano. Javier es un primo lejano del lado de la familia de mi padre que a pesar de ser médico actualmente, viene de una familia muy humilde en el campo, logró completar sus estudios de medicina con su propio esfuerzo; por esa circunstancia aún tenemos bastantes familiares en zonas rurales.

La historia me la narró mi primo cuando hicimos un viaje hasta su pueblo, decidimos visitarlo ya que lo vemos prácticamente una vez al año en temporada de vacaciones. Usualmente nos da pereza ir hasta allí, porque a pesar de que el campo es muy bonito y la choza muy acogedora, la vía para llegar no es precisamente apta para un vehículo moderno, aunque sea una camioneta como en la que vamos. De hecho, no es un carretera como tal, es solo un camino que se ha formado por el pasar de los animales, carretas o algunas motos, y que en invierno es inaccesible a menos que sea en vehículo de tracción animal de cuatro patas. También es posible que si dos automóviles se encuentran, alguno de los dos tenga que regresar en reversa, por supuesto esto rara vez ha de pasar por ser poco transitado.

La última vez que lo vimos, el buen primo tenía la espalda llena de cicatrices. Nuestra primera reacción fue preguntarle qué había pasado. Su respuesta me ha dejado atónito, es la primera vez que escuché algo similar.

«No sé si en el pueblo les contaron que me caí del caballo. Todo el mundo dice eso, pero María sabe lo que realmente pasó. No sería agradable contarles porque están de visita y no quiero que pasen una mala noche».

Más que la razón por la cual no quería contar lo sucedido, yo podía notar que tenía miedo de relatar la historia. Su mirada era confusa y extraña, tal vez pensativa e intentaba buscar otro tema de conversación; sin embargo, yo insistí, diciéndole que solo era una historia y que no era cortés dejarnos con la intriga.

Bueno, siéntate aquí — me dijo al rato cuando los demás estaban haciendo otras cosas —. No quiero que tu padre se ponga nervioso manejando cuando estén de regreso.

Hace dos meses, como era de costumbre, yo tenía que ir al pueblo a comprar algunas cosas de la casa. Nunca lo hago muy entrada la tarde para que no me agarre la noche en el camino. Jamás le he tenido miedo a la noche hasta ese día, es más, incluso le tenía más miedo a los vivos que a los muertos. Ya me habían robado antes por deambular tan tarde. Parece que los ladrones no duermen.

«Eso es cierto», afirmé, mientras en mi cabeza quedó el eco de la frase «hasta esa noche».

Sin embargo, tenía varios animales enfermos —continuó—. Ya dos vacas estaban bastante mal, no podía darme el lujo de que murieran, así que tomé el caballo y comencé a ensillarlo. María inmediatamente me dijo: «Javier, ¿para dónde vas? ¿Que no ves que ya es tarde y me da miedo que vayas solo? Te va a pescar desprevenido la noche, tengo un mal presentimiento, espera hasta mañana».

Yo la ignoré por la misma razón que comenté, no podía darme el lujo de un animal muerto, así que tomé una linterna por precaución, aunque sabía que estaría bastante iluminado por haber luna llena y posiblemente no la usaría para no mostrarle mi posición a nadie.

Fui al pueblo lo más rápido que pude. Compré en el mercado lo necesario y en el camino me encontré con un par de amigos que me ofrecieron dos tragos de Ron. Luego seguí, y tal como estaba previsto, una cortina negra cayó sobre el campo. Apenas había comenzado la vía.

Claro, el caballo ve mejor que yo, así que solo me incliné y traté de ir lo más rápido posible con la luz apagada para no llamar la atención de cualquier bandido que este por allí. Llevaba muy buen ritmo, estimo que debía ir al menos ya por la mitad del camino y me iba sintiendo más tranquilo a medida que avanzaba; sin embargo, cuando llegué a la curva por donde se llega al arroyo, sentí curiosidad de algo extraño — hizo una pausa, como tomando fuerzas para poder explicarme lo que seguía; mientras hacía eso su miedo me invadía a mí también —.

Cuando pasé por aquel lugar vi una silueta, estaba casi seguro de que era una niña. Para ese entonces mi vista ya se había adaptado un poco a la oscuridad y podía distinguir cosas, sin embargo al cruzar tan rápido ese punto no podía estar seguro de si era correcto lo que vi o no.

Por supuesto, la duda me estaba matando. ¿Y si era una niña que se había perdido? ¿Qué tal si la muerde una víbora?… Tal vez la pobre no se atrevía a caminar del miedo. En estas tierras tan alejadas es posible que hasta sea violada y nadie escucharía nada…

Tantos pensamientos invadieron mi mente que decidí dar la vuelta y asegurarme. Paré en seco el caballo y di la vuelta, encendí mi linterna y comencé a buscar. En menos de un minuto ya podía verla, a pesar del gran trayecto recorrido mientras decidía si regresar o no. No le di gran importancia, pues supuse que tal vez había caminado un poco o habría intentado perseguirme y por eso había avanzado.

Era una pequeña niña. «Tendrá a lo mucho unos siete años», pensé. Estaba vestida completamente de blanco, su rostro parecía angelical aunque tenía una parte tapada por el cabello, y la verdad aún no recuerdo si podía ver sus pies, tal vez estaban confundidos con el pasto, además al encender la linterna perdí nuevamente la poca visibilidad que ya tenía y solo podía ver lo que alumbraba directamente.

«¿Y qué pasó?», pregunté; aunque el corazón me palpitaba rápidamente no podía dejar de escuchar.

Le consulté: «¿Estás perdida?». Ella solo asintió con la cabeza sin mencionar una palabra. «¿Vives cerca?», nuevamente solo movió su cabeza hacia los lados.

Entonces le dije: «Si quieres te llevo a mi casa y mañana buscamos a tus papás, porque no te quiero dejar sola aquí». Ella asintió de igual forma, solo moviendo su cabeza.

Giré el caballo y le pregunté si sabía cómo subirse. No había terminado de hablar cuando la sentí detrás de mí. Me agarró fuerte de la cintura, obviamente pensé que debía estar aterrada, así que no le dije nada y reanudé inmediatamente mi carrera hacia mi anhelado hogar. Sentía como si de repente la temperatura hubiera descendido, y pensé: «Creo que ya ha entrado mucho la noche, debe ser muy tarde».

Aceleré nuevamente hasta lo que el pobre animal era capaz. Me daba miedo encontrar a algún bandido más aun llevando esta acompañante, ya no era solo mi seguridad, también la de esta niña —pausó su relato nuevamente, sus manos comenzaron a temblar y su mirada estaba perdida en el recuerdo, como si lo estuviera viviendo de nuevo—.

Noté que algo no estaba bien, el caballo empezó a bajar la velocidad y por más que intentaba no conseguía hacerlo regresar al ritmo que traía. Le dije a la niña: «No te asustes, ya casi llegamos». Ese fue el primer momento en que la escuché hablar, esa voz aún resuena en mis sueños y en mis pesadillas; no sonaba como ninguna persona, niño, adulto o anciano que hubiese escuchado antes, y me dijo: «Tú no vas para ninguna parte, tú te vas conmigo».

Impactado por sus palabras, miré hacia atrás; no podía ver su rostro, ya que estaba apoyado sobre mi espalda, pero sus piernas… sus piernas eran tan largas que arrastraban contra el suelo, era eso lo que no dejaba avanzar al caballo, lo estaba frenando.

Enseguida me di cuenta de que el frío que sentía no era normal, estaba temblando, mis manos estaban moradas, aunque mi espalda estaba muy caliente. Sentía un olor a azufre que no desaparecía. De pronto… me habló de nuevo.

«Reza lo que te sepas si quieres, pero tú te vas conmigo».

A mi mente vinieron muchas oraciones, las que había escuchado en la iglesia, las decía así no creyera en nada de eso. Las que había escuchado cuando enterraban a la gente, las que había escuchado rara vez de algún religioso o en el colegio. El caballo iba cada vez más lento, casi que se detenía, y cada vez que terminaba alguna oración ella reía y solo decía: «Esa ya me la sé, tú te vas conmigo».

Hizo una última pausa… esta vez el tono de su voz cambió, parece que había más tranquilidad en su rostro…

En ese momento me recordé a mi bisabuela, ella siempre hacía una oración cuando alguien se sentía triste o estaba enfermo, no sé cómo la recordé en ese momento puesto que yo aún era muy pequeño cuando falleció. Tampoco recuerdo que sea algo que haya escuchado en una iglesia convencional, era   como el pedazo de una canción o algo muy, muy viejo.

Esperé que ella se riera aún más, pero solo había silencio. En un tono de disgusto, me dijo: «Te salvas, porque esa no me la sé».

De inmediato desapareció la presión del caballo y comenzó a andar un poco más rápido, de todas fomas se escuchaba en su respiración que estaba muy agotado. También la presión en mi espalda desapareció pero todavía me dolía un poco. Estoy seguro que el miedo apaciguaba el dolor. Cuando llegué a la casa, dejé el caballo afuera sin pensarlo, me dirigí hacía María, le di un beso y le conté lo que me había pasado. Ambos estábamos petrificados. Ella miró mi espalda y me advirtió la aparición de unas cicatrices, como si algo me hubiera quemado.

Habremos dormido un par de horas esa noche. En la mañana, cuando salí afuera, ahí yacía mi caballo muerto; sus patas traseras estaban calcinadas y el olor a azufre aún permanecía fresco.

Allí terminó la historia, solo se levantó y me dejó ahí. Yo no sabía qué decir ni qué pensar.

Inevitablemente nos agarró la noche cuando regresábamos, aunque no sentía tanto miedo porque íbamos en auto, la radio estaba encendida e iba con toda mi familia. Aun así, no me atrevía a mirar por la ventana. En el exterior reinaba absoluta oscuridad, las luces solo alumbraban parcialmente el camino. Yo pensaba: ¿Serán solo inventos? ¿Alguna historia colorida que inventó porque había tomado algunos tragos esa noche?

Miré hacia el cielo nocturno; en el campo se pueden ver muchas estrellas y era noche de luna llena, de esas en la que la luna por alguna razón tiene un tinte rojizo. Cuando volví la mirada hacia abajo, no pude evitarlo: eché un vistazo por la ventana y por allí en la negrura de la noche distinguí una silueta de entre la oscuridad… Íbamos bastante rápido, evidentemente no había razón para regresar, aunque sentí un horrible escalofrío al rememorar la historia. En ese momento recordé lo que le había preguntado al buen primo antes de marcharnos: «¿Y cuál era la oración?...».

Él respondió: «De nada sirve que te la diga… Esa ya se la sabe».



AUTOR: Santiago Sánchez
MODIFICACIONES: Admin de Oscuridad Oculta

lunes, 18 de abril de 2016

Ceguera - Historias de terror y Creepypastas



El despertador sonó, molesto e insistente. Él, hasta hacía medio segundo durmiente, sacudió la cabeza con ese pequeño susto que recibimos al despertarnos y que se desvanece tan rápido que casi nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la mano, apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por el maravilloso silencio.

Volvió a su posición de feto y pensó el cotidiano “cinco minutos más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se estiró hasta el hartazgo.

Abrió los ojos y se los restregó un poco a la vez que bostezaba. Con la oscuridad que reinaba en el cuarto era prácticamente lo mismo tener los ojos cerrados o abiertos. ¿Prácticamente? Era exactamente lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo la luz por la mañana.

Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza de costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en otra vida.

Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño y hacer sus necesidades. Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente.

Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta, puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó instintivamente, donde sabía que estaba el interruptor.

Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foco).

Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio que le daban (puta madre, siempre pago en término, vos te atrasas y ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está todo bien, claro, manga de hijos de mil …). Tanteando y con las manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o algo así.

Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus ojos, y no podía observarla. Nada, nada.

(Bueno, tranquilo. Seguramente el despertador se adelantó y todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado oscura.)

Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en absoluto.

Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba hasta la médula.

(¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero, pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo menos ver algo, por tenue que sea.)

Interrumpió sus pensamientos y decidió ir a la cocina a buscar las velas, que tendrían que estar en la alacena de arriba del lavamanos, si no se equivocaba. Siempre tanteando paredes y muebles, llegó hasta el lavamanos. Extendió la mano hacia arriba y tocó la madera de la alacena. Siguió hasta la derecha, despacio, muy lentamente, hasta encontrar la manija. Abrió la puertita, y metió la mano tanteando. Café (¿Por qué tengo café guardado acá?), un espejo, un termo, un mate, velas. Tomó el paquete, sacó la mano y cerro la alacena en un gesto fluido.

Se quedó con las velas en la mano. Acostumbrado a la tecnología, no se dio cuenta de que necesitaba prenderlas por unos segundos. Recorrió la mesada con la mano hasta llegar a la cocina, donde seguramente tenía un encendedor. Pasó los dedos por la hornallas apagadas, el tubo de gas, y de nuevo la mesada, cuando de repente y con un horror indescriptible, sintió que tocaba piel humana, como si fuese un antebrazo.

Retiró los dedos instantáneamente, y se fue casi corriendo para atrás, hasta que chocó la espalda contra la mesada, que vista de arriba tenía forma de L. Quebrado del dolor, cayó de rodillas hacia adelante, pero la adrenalina y el miedo que sentía lograron hacerlo levantar en medio segundo. Con el terror gritando en cada fibra de su cuerpo, fue hacia atrás, chocando la espalda nuevamente con una silla, pero ni lo sintió.

Finalmente llegó hasta la puerta de entrada, y no dudó en tomar la decisión de salir, a pesar de que ni estaba vestido. Palpó la pared hasta que encontró la puerta de metal, y bajó la mano hasta encontrar el picapor… el picaporte no estaba. Empezó a sudar, y apoyó la espalda –solamente por instinto: no podía ver nada de lo que estaba adelante suyo – contra la puerta, a la vez que seguía tocando para ver si encontraba la manija. Comenzó a temblar: la puerta estaba totalmente lisa, como si fuese un simple adorno de la pared. Donde estaba el picaporte ni siquiera tenía un agujero; la puerta era totalmente uniforme.

Lo único que percibían sus sentidos era el ruido de su respiración, rápida, agitada, y el frío de la puerta que tenía a sus espaldas, nada más. Se agachó lentamente y por instinto, y se quedó sentado, moviendo la cabeza hacia todos lados, por la costumbre de poder y la desesperación de querer ver.

Pasaron un centenar – o eso le pareció – de minutos, y el todavía seguía en cuclillas. (No toqué nada, fue mi imaginación. Me estoy poniendo nervioso y lo sé perfectamente, es esta maldita oscuridad. Como mucho, debe haber sido un pedazo de carne que deje sin querer, o una bolsa con pan, y como estoy asustado me pareció que era un brazo. Nada más. Nada más.)

Siguió pensando, y se dio cuenta de que tendría que ir a buscar el encendedor para poder prender la vela. A pesar de eso, siguió exactamente en el lugar que estaba. No se animaba a levantarse ni a hacer el más mínimo ruido, aunque ya había formado su opinión de que era lo que había pasado. Sin embargo, explicación racional o no, la verdad era que seguía ahí, agazapado, esperando un mínimo ruido para… ¿para hacer qué?

(Ay Dios, ay Dios. Mierda, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Ya sé que es lo que está pasando: estoy ciego. Seguramente la habitación está plenamente iluminada y soy yo el que no puede ver nada, y las cosas que están pasando son solamente producto de mi imaginación. Ay, no puede ser que me haya quedado ciego así, es imposible, ¡es imposible totalmente!)

Lloriqueó patéticamente un rato, al darse cuenta de que se había quedado ciego, y de que estaba haciendo el ridículo. Tantas cosas que no iba a poder hacer nunca más… toda la tragedia se le desnudó de repente, y siguió donde estaba, agazapado.

(No puede ser que me pase esto, no a mí. Hasta ayer estaba bien, ¡mierda! Creo que la única manera es prender la vela o el encendedor, para saber si yo estoy ciego o me están pasando una serie de cosas, de accidentes casi imposibles)

Se armó de valor, y casi increíblemente para él, se levantó y comenzó a caminar, a ciegas al igual que desde que se levantó de la cama. Dio un par de pasos y ya estaba a punto de llegar a la mesa – de ahí, un par de pasos lo separaban del encendedor – cuando escuchó un sonido tenue, vago, como una respiración. El corazón se le detuvo, y las velas se le cayeron de la mano.

Temblaba. Fue solo un momento que lo escuchó, pero la tensión que acumulaba hacia dos horas lo hizo colapsar. Se quedó paralizado, sin moverse ni medio centímetro. Esperaba un golpe, una mordida, algo que lo mate en cualquier momento y desde cualquier, desde cualquier lado. Estaba indefenso totalmente, esperando su muerte.

Esperó un minuto. Dos. Tres. Cinco. Ocho. El tiempo se le hizo eterno, pero al fin, y con pavor, escucho un roce, como de pies que se movían con sigilo. Su oído ya estaba muy sensible, por la falta de visión y por el miedo que sentían. El sonido de los ¿pasos? se alejaba en dirección al baño. (¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay alguien acá? ¿Qué carajo quiere de mí, por qué no me habla o me mata, que pretende? ¿Estoy ciego y todos estos ruidos son producto de mi imaginación? ¿Hay alguien que está jugando conmigo?)

Despacio, casi en cámara lenta, se movió hacia la mesada. Su sentido de la orientación estaba mejorando bastante, ya era capaz de acordarse la posición de cada cosa. Toqueteó la mesada hasta que encontró el encendedor y lo tomó: era la hora de la verdad. Posicionó el pulgar y lo bajó en un movimiento rápido. Sintió el “schic” pero no vio nada, ni siquiera la chispa (Estoy ciego mierda, estoy ciego, mierda mierda mierda mierda). Probó nuevamente, y cayó en la cuenta de que no era el mismo ruido que siempre. Acercó el encendedor a su oído, y pulsó solamente el botón que expulsa el gas, pero le llegó un ruido casi inexistente: el encendedor agonizaba. La única alternativa que le quedaba para conseguir luz se iba y no volvería jamás.

Su respiración era cada vez más rápida, y su corazón volaba. Dudaba, dudaba de todo. No sabía qué era lo que estaba pasando, y no tenía forma de saberlo. Siguió tratando obsesivamente de prender el encendedor, sin respuesta (Un momento, ¿por qué no veo la chispa?).

Pasaron unos minutos, y no se atrevía a mover de donde estaba. Agradeció al cielo tener los sentidos del tacto y del oído, porque sin ellos ya se abría vuelto completamente loco. Sintió una sed terrible quemándole la garganta, y se movió apenas unos centímetros hasta alcanzar el lavamanos, siempre a ciegas. Abrió la canilla de agua fría, pero el ruido a metal fue lo único que escuchó, en vez del esperado sonido del agua fluyendo. Tocó la canilla del agua caliente, pero tampoco hubo respuesta.

(¿Tampoco hay agua? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo que está pasando???!!!) Se sentía mal, muy mal.




Se sentía peor. Estaba desesperado y, definitivamente, algo terrible estaba pasando. No tenía salida, estaba totalmente perdido. Lloraba, y ahora sabía que definitivamente alguien o algo estaba en la casa, y estaba jugando con su mente, haciéndolo desesperar para hacer quien sabe qué.

Hacía quince minutos que había probado el teléfono. Suele pasar que a veces las ideas más obvias se nos escapan, pero Kevin tuvo suerte – Bueno, relativamente – y se dio cuenta de que podía usar el aparato para llamar a alguien y pedir ayuda. Marcó metódicamente el número de familiares y amigos, pero siempre se escuchaba el “tututututu” tan característico, que indica que el número no está en servicio. Finalmente, y con cierta reticencia a hacer el ridículo, marcó el número de la policía. El alma le volvió al cuerpo cuando escuchó la rutinaria voz de un operador contestándole.

911 ¿Cuál es su emergencia?

-Hola –Respondió Kevin aliviado por escuchar una voz humana pero todavía nervioso-. Creo que hay alguien en mi casa.

-Ok, quédese tranquilo y escóndase en donde pueda.

-¿Van a mandar una patrulla?

-Sí, en estos momentos va a salir una hacia allí, solamente espere y no me cuelgue. Está conversación será grabada por precaución, señor. -Mandela lo más rápido que pueda oficial, estoy muy asustado, en serio.

-Sí, se le nota en la voz –repuso el oficial, risueño -. Trate de calmarse y cuénteme que está pasando – Kevin le contó una versión minimizada, mucho más verosímil, y cuando llegó al punto de que no veía ninguna luz, ni la proveniente de afuera, la voz del oficial le respondió, extrañado

 -. ¿Abrió la persiana y no vio luz afuera? Pero si son las cuatro de la tarde, hombre…

Todo el nerviosismo que había logrado ahuyentar volvió en esas dieciséis palabras. Empezó a respirar rápido, como si tuviese un ataque de asma. Sí, entonces estaba ciego y era todo su imaginación, esto lo confirmaba.

-Señor, ¿todavía está ahí? –dijo la voz del operador, preocupada-. ¿Señor?

-Sí, sí, estoy acá –respondió Kevin, devastado –. Creo que me volví ciego.

-Escúcheme atentamente, señor. Hay una forma médica y segura de saber si perdió la visión o no. Si tiene bicarbonato de sodio cerca, échese un poquito en el ojo. Si perdió la visión le va a arder un poco (un poquito apenas, no se preocupe) y si puede ver no le arderá absolutamente nada. Créame, un tío mío lo hizo una vez. Hágalo y vuelva, no colgaré.

Estaba desesperado, y el policía habló con total seguridad, así que supuso que tenía razón. Fue hasta la alacena, y sacó lo que supuso era bicarbonato. Dudó un poco, pero decidió probar una pizca y estuvo seguro de que era bicarbonato y no otra cosa. Se echó una pizquita en la mano, abrió el ojo y se lo tiró.

El dolor recorrió desde el ojo hasta el cerebro. La cornea le ardía como si se la hubiesen prendido fuego con un soplete, e inmediatamente comenzó a gritar de sufrimiento. Se levantó rápidamente y fue hacia la canilla para enjuagarse, pero otra vez, el grifo se obstinó y no salió ni una gota. Restregándose el ojo, se acercó al teléfono. Tanteó hasta encontrar el cable que salía desde la parte de atrás: estaba arrancado.

-Jajajaja, ¡que imbécil! –sonó la voz del operador, burlona-. No puedo creer que lo hayas hecho, en serio.

-¿Quién mierda sos, hijo de puta? ¿Qué querés de mí?

-Soy tu Dios acá. Soy el que decide como vas a sufrir. Soy el encargado de que sufras. Lo único que quiero es que me temas, y que desees no haber existido. ¿Todavía no te das cuenta de donde estás? –Respondió una voz mucho más grave que la que había escuchado anteriormente – Estoy cerca, muy cerca –en ese momento, Kevin escuchó la puerta del baño cerrarse de un portazo-. Nos vemos pronto, Kevin – hizo una pausa -. Bueno, yo te veré a ti solamente. Suerte con tu ojo.

Ahora, estaba recostado en el suelo en posición fetal, agitado y lloroso. Cada vez se escuchaban más ruidos en la casa. Sillas que se caían, puertas que se cerraban, pasos y respiraciones agitadas, cada vez más cerca.

Sentía como su cordura se escapaba. Por Dios, si por lo menos tuviese una luz, y pudiese ver un objeto, ver cualquier cosa, lo que sea. Pero quizá… quizá era mejor, porque no sabía que podía llegar a ver si tuviese luz. Por lo menos, el tormento se limitaba a la incertidumbre, al sonido y al horrendo dolor en el ojo.

(¿Estoy enloqueciendo? Ya no puedo más, Dios, ayúdame por favor, ayúdame.)

Rezó apenas audiblemente. Había dicho un par de palabras cuando una voz lúgubre llenó la casa, quitándole la poquísima esperanza que aún tenía Kevin.
<<“¿A quién le rezas? Dios no te va a escuchar acá. ¿Por qué no te tanteas el brazo izquierdo, a ver que encontrás, Kevin?”>>

Aterrorizado, comenzó a tocar su brazo menos hábil desde el codo. Despacio fue subiendo hasta la mano, y antes de llegar a la muñeca sintió una ondulación como una cicatriz, que iba en diagonal pasando por la vena.

<<“Así es Kevin. Te suicidaste hace mucho, mucho tiempo. Este es el castigo que se les da a los suicidas acá. Desde que llegaste me divierto viéndote sufrir lo mismo día, tras día, tras día. Es muy divertido ver como reaccionás: una vez hasta me hiciste frente. Pero acá no hay salvación posible. Cuando te duermas te vas a olvidar de todo esto, y a los pocos segundos te vas a despertar y vas a sufrir exactamente lo mismo, pero sin recordar nada: no hay mayor terror que el de lo desconocido. Tenés que pagar tu pecado y estás condenado. Sufrís ahora, y vas a seguir sufriendo por los siglos de los siglos. Amén”>>

Cuando terminó de escuchar esto, Kevin sintió como su cordura se partía en cientos de pedazos. Escuchó amén, y comenzó a reír histéricamente, mientras proseguía el castigo por su rebeldía. Desde ninguna parte, otra risa lo acompañaba, lúgubre y malvada.



El doctor Steiner sonrió y miró a su colega Haupmann.

-Hicimos bien nuestro trabajo, colega. El general estará más que satisfecho con esta nueva cámara de tortura. Cronometre el tiempo que tarda en quebrarse y mande un equipo de limpieza.

Apagó las luces del cuarto de supervisión. Dejó a su compañero a cargo de manejar los ruidos y se fue. A pocos metros, Kevin, el sujeto de pruebas número 27, se suicidaba preso de la locura.


Autor: Matías N. Andión

jueves, 14 de abril de 2016

El susodicho - Historias de terror y Creepypastas


Día 1:
Me he llamado paranoica por las cosas insignificantes que me ponen al límite. No puedo estar en la oscuridad, la sensación de alguien estando ahí sin yo darme cuenta de ello me parece de lo más insoportable. No tolero el silencio tampoco. Pensarían que lo opuesto sería lo correcto, pues al menos en el silencio podría escuchar si algo se aproxima, pero es solo como si estuviera invitando a un sonido que no pertenece. Como si estuviera invitando a que algo sucediera. A que algo haga algo. Duermo con el televisor encendido, resuelve ambos problemas de este instintivo mal.

Ahora dudo que sea solo una paranoia. Últimamente he estado oyendo ruidos a lo largo de mi casa, y a veces cuando miro alrededor noto cosas caídas, perdidas o movidas de lugar. Más de una vez he oído algo correteando justo antes de voltearme y no encontrar nada. Pesadillas, donde una criatura que nunca he visto ni en lo más oscuro del folklore me dice que debo temer, porque seré como él pronto.

Día 4:
Esta mañana, en mis primeros pasos del día, vi algo. Era exactamente como la criatura de mis pesadillas. Me dije que todavía estaba en esos momentos de la mañana en donde el sueño te puede hacer imaginar cosas… No estoy segura de haberme convencido.

Creo que me tocó.

Día 6:
Apareció de nuevo, y esta vez no pude negar que estaba totalmente despierta. Fui a traer una bebida y me lo encontré en el pasillo, bajo la tenue iluminación que resaltaba de mi alcoba. Era pálido, bastante pálido; casi sería blanco sino fuera por su piel tan similar a la de un humano. Sus ojos eran sorprendentemente grandes y negros, reflejando la luz ligeramente. Su piel pálida se estiraba a lo largo de su huesudo cuerpo y sus venas estaban descubiertas, como si su piel fuera demasiado delgada como para cubrirlas. Tenía unas garras enormes, me aterró la idea de que me hubiera rozado con ellas; eran como navajas, y las tres de en medio se extendían a unos treinta centímetros de largo. Las demás no pasaban de cinco centímetros, y las seis eran todas del mismo color que mis uñas.

La escena pareció como capturada en una fotografía por el segundo que me miró fijamente con sus enormes ojos, pareciendo sorprendido de que lo hubiera descubierto, antes de que se lanzara de vuelta a la oscuridad del pasillo doblando en la esquina por la que se había asomado.

Día 7:
Creo que ya abandonó la casa, aunque no dormí por el miedo de despertarme y sentir sus garras tocándome de nuevo. No puedo dejar de pensar en ellas. Se veían como si estuvieran constituidas del mismo material que las uñas… ¿Entonces cómo llegaron a verse tan afiladas?

Día 8:
Cuando desperté estaba observándome dormir, sentado torpemente en el rincón diagonal a mí. No, no me desperté, me despertó. Lo oí respirar. Era un ruido acelerado, tal cual como un animal enfermo sonaría: sin tono, sin emoción, plano. Lo vi todo. Sus piernas traseras eran mucho más pequeñas que las frontales, y recuerdo que mi primera impresión fue preguntarme cómo podía caminar con las cuatro siendo tan desiguales. Pude ver sus costillas… Es tan huesudo. No tenía fibra muscular, ni nada que indicara su género; pude deducirlo por cómo se agachaba, sentaba, o lo que fuera que estuviera haciendo con sus patas traseras. Tenía garras en sus pies, en menor cantidad que en sus manos. Tres largas y una garra pequeña. Su cara era larga y no tenía nada de cabello en su cuerpo… además tenía una repulsiva nariz de esqueleto. Me dejó verlo. Daba la impresión de que lo disfrutaba, que le gustaba que contemplara su horripilantemente pálida y demacrada forma. Él hacía lo mismo también, estudiando cada detalle de mi contextura. Terminamos al mismo tiempo y sonrió antes de irse caminando en cuatro patas, lentamente, dejándome ver cómo era que lo hacía, como si supiera que me intrigaba. Me miró de vuelta en todo momento y nunca parpadeó, no creo que pueda.

Dios, esa mirada…

Día 9:
Estaba en la esquina de nuevo esta mañana. No reaccionó cuando desperté, aun cuando no quería observarlo de nuevo. Continuó estando ahí por más de una hora hasta que me diera cuenta de que estaba esperando que me levantara. En su lugar jalé las sábanas contra mí y me pegué a la pared, enfureciéndolo en el proceso. Acercó su largo antebrazo y clavó sus garras en mis sábanas, quitándomelas con un pequeño movimiento de su muñeca. No sé cómo lo hizo, no tenía músculos, pero fue tan fuerte que la velocidad con que me las arrebató me hizo una quemadura por fricción. Con mi corazón pulsando violentamente en mi pecho y siempre atenta a cualquier otro movimiento de su parte, me moví al borde de la cama, pese a su inexistente respuesta, de alguna forma sentí que se emocionó. Cuando al fin me paré continuó viéndome. Lo hizo desde mis pies a mi cabeza. Luego sonrió, y se marchó.

No me gusta su mirada.

Día 10:
Creo que le agrada ese rincón. Estaba ahí de nuevo esta mañana. Esta vez no me sentí tan insegura de levantarme, creyendo que eso lo haría irse, aunque no fue así. Siguió mirándome, como esperando que hiciera algo más. Cruzamos miradas por un largo tiempo hasta que se desesperó. Se acercó a mí y me alejé por reflejo hasta la pared al lado de mi puerta. Se veía complacido por mi temor, pero me interponía en su camino. Estuve inmóvil cuando caminó en dirección a mí, tirándome a un lado con su brazo para que le diera pasada. Su piel era suave y ligeramente delgada.

Día 11:
No estaba aquí hoy… un pequeño alivio. Sin embargo, mientras me vestía lo caché espiándome. Me congelé con un brazo fuera de la manga y mis pantalones a medio subir. Traté de ignorarlo y terminé de vestirme, y para cuando miré de nuevo a la puerta, preocupada, ya se había ido.

Me da la impresión de que está ideando alguna clase de plan.

El hecho de que tenga la inteligencia suficiente como para hacerlo me pone nerviosa.

Día 12:
No estaba en la esquina de nuevo. Aunque me vestí despacio y atenta en caso de que estuviera afuera. Casi recé porque hubiera obtenido lo que quería con espiarme y se fuera.

Estaba en la cocina expectante, como una mascota. Corrí a mi alcoba apenas lo descubrí y él también lo hizo, siguiéndome, estando delante de mí de un momento a otro, bloqueando mi camino y mirando con sus enormes ojos que no denotaban emoción; mas sabía que estaba enojado. Fui a la cocina y le puse un filete crudo en un plato. Lo azotó contra la pared donde la carne golpeó salpicando de manera repugnante mientras el plato se hizo añicos.

Confundida ante sus deseos, saqué el jugo de naranja y le ofrecí un vaso, dándome solo un quejido débil, el primero que le había escuchado, y del que logré deducir claramente que era hembra. Continuó observándome con el jugo en mi mano hasta que le di un tímido sorbo, y se sentó a gusto. Me preparé tostadas y huevo. Ella no quería nada, sólo que yo comiera. Una vez terminé se levantó y se fue.

Me pregunto si está tratando de engordarme.

Día 13:
Se está adentrando cada vez más en mi vida. Hoy no la vi hasta después del desayuno. Iba a ir al baño y estaba de pronto bajo mis pies, sus garras a centímetros de mis tobillos. Mantuve una postura firme, caminando tranquila con ella a mi lado hasta quedar a dos pasos del baño, cuando corrí hacia dentro y azoté la puerta, poniéndole seguro. Suspiré y tomé asiento en el retrete. Entonces escuché su descomunal rugido venir desde afuera y vi cómo con todas sus garras afiladas destrozó la parte baja de la puerta y entró, sentándose a mi lado con una triunfante sonrisa.

No pude contener las lágrimas. Se retiró hasta que había terminado.

Día 14:
Hoy me siguió afuera de la casa. Continué mi rutina sin una señal de ella, contenta desde que me dirigía a la universidad, hasta que la escuché... su respiración. Miré alrededor temerosa y vi sus ojos negros puestos sobre mí, escondida bajo sombras a pocos metros de mí. Cuando me detuve hizo un pequeño sonido de desaprobación; reanudé mi camino sin más.

Me ha entrenado.

Día 15:
Estoy comenzando a entender cómo opera. Estuve atenta a su llegada hasta que acabó mi horario en la universidad, pero no se presentó. Cuando llegué a casa, como suponía, estaba ahí esperándome. Me precipité a mi siguiente actividad: tarea. Permaneció a mi lado hasta que acabé.

Casi me siento contenta de entender qué es lo quiere.

Día 19:
Tenía razón: me siguió a través del resto de mi rutina diaria hasta que me fui a la cama. He comenzado a preguntarme qué es lo que hace cuando no está estudiándome. También si compilará los datos que saca sobre mí en algún lado. Me doy cuenta de que eso podría significar que los esté compartiendo con otras criaturas como ella. Dormí con dificultad.

Día 20:
Se ha ido. No la vi, aun después de irme a la cama. Estoy preocupada.

Día 23:
Sigue sin asomar la cara. Solo estas entradas y el agujero en la puerta del baño me convencen de que realmente estuvo aquí.

¿Dónde se ha ido?

Día 24:
Llamé a que reparan la puerta. No estoy segura de por qué no lo hice desde que dejó de venir, o en el mismo momento que terminó de observar mis rituales de «limpieza». Me dijeron que tomará tres días.

Día 25:
El hombre me hizo muchas preguntas por el agujero, diciendo que parecía como si alguien le hubiera dado con un hacha. Me preguntó por qué estaba tan abajo y acerca de su tamaño tan extraño. Mentí y se me quedó viendo raro; le dije la verdad y empeoré el asunto. Cuando insistí en que decía la verdad, me amenazó y salió de mi casa.

No fue del todo inútil, hasta me siento un poco mejor por habérselo contado a alguien. En fin, tendré que buscar a alguien más que me repare la puerta.

Día 26:
Todavía estoy temblando. Ha vuelto, pero algo está distinto en ella. Desperté y me encontré con su boca alrededor de mi cabeza, casi engulléndola en su totalidad. Vi todos sus afilados dientes insertados desde la entrada de su boca hasta su garganta. Mi primer pensamiento fue que había vuelto para matarme. Mi segundo fue si era realmente su comida. Mi tercero, cómo todos esos dientes funcionaban en su garganta. Retiró su boca con lentitud y uno de sus dientes rozó mi nariz; apenas me tocó, pero me hirió fuerte, y sangré en cantidad. Lamió la herida y sentí su lengua como la de un gato. Se veía muy satisfecha por mi apariencia horrorizada y se fue abruptamente.

Día 27:
Me despertó de nuevo, esta vez estando encima de mí. La contextura de sus huesos presionados sobre mí fue lo que me hizo reaccionar. Se me quedó viendo con una sonrisa y persistió en enseñarme sus dientes de nuevo. Di un quejido y saltó al rincón.

Día 31:
Nunca me deja sola ahora. Aprendí que no duerme, quizá no lo necesita. Siento sus ojos adondequiera que voy.

Día 33:
Ayer recogí un gato enfermo de la calle en mi camino desde la universidad. Hoy estaba destripado en la mesa de mi cocina. Sonrió cuando vomité.

Día 34:
Estuvo fuera por un rato hoy y noté la puerta de mi clóset abierta. Resulta que es ahí donde ha estado viviendo. Tenía un intenso olor a muerte.

Día 37:
Por la primera vez en mucho tiempo no se mostró. Aproveché la oportunidad y salí toda la noche con unos amigos. Me siento un tanto mejor.

Día 41:
Está ganando peso y despide una sustancia asquerosa que huele a carne roída. No estoy segura de qué se está alimentando.

Día 43:
Me habló. Dijo que ya no puedo volver a salir.

Día 48:
Me he quedado sin comida. Vio que no me había alimentado y me trajo un perro degollado.

Día 50:
Intenté salir a traer comida y me atacó. Tengo la herida de tres de sus garras en mi pierna de donde me agarró para llevarme de vuelta a la casa. La maldije de todas las formas que sabía.

Me comí el perro.

Día 51:
Lloro mucho. No puedo recoger las fuerzas para salir de la cama. La herida está infectada y se mira un tanto serio, pero a ella no parece importarle. Traté de hablarle, preguntarle qué quería. Solo sonrió con sus dientes y se me quedó viendo… es todo lo que hace.

Día 52:
Me levanté para limpiar la herida. Tuve suerte de tener todo lo necesario, creo; viviré. Desearía no haberla curado y morir por la infección aun si tuviera que soportar ese dolor que se extendía por todas mis venas, pero ella me obligó a hacerlo.

Día 53:
Leí un libro y reí. Está adelgazando.

Día 55:
Sonreí. Se miraba triste. Me tomó un tiempo darme cuenta de que su olor se había ido.

Día 57:
Sé cómo matarla.

Día 64:
Finalmente soy libre. Después de una semana de preparación, conseguí acercarme a ella mientras se dirigía al cuarto continuo a mi alcoba, y la abracé; su piel estaba teñida y grasosa por ese horrible líquido. Gritó y trató de atacarme, pero estaba sobre su espalda, tomándola fuerte y rehusándome a desistir ante el miedo, sujetándola aún más fuerte cada vez. Ella corrió y casi perdí el agarre por su velocidad y el olor que había comenzado a marearme; tuve que tragarme la bilis que subía por mi garganta. Besé su cabeza, sintiendo sus venas pulsando exageradamente: fue entonces cuando cayó al suelo dando un horrible grito. Agitada, me levanté y vi que sus ojos estaban blancos, que ya no me seguían más. Al fin había muerto.

Día 68:
El cuerpo se ha ido. No me importa siempre y cuando no tenga que verlo.

Día 71:
Fui despertada por la sensación de esas garras tocándome y de inmediato me lancé para abrazar la criatura, pero batió sus garras contra mi cara, hiriéndome terriblemente. Una voz rió, era macho.

«Ya sabemos de ti. Eso no funcionará dos veces».

Noté que había otro más en el rincón.

No puedo dejar de llorar.

Día 173:
Me enviaron a mi primera casa, el blanco es un niño pequeño. Se orinó encima cuando le pasé mis garras. Fue maravilloso.

miércoles, 13 de abril de 2016

Por favor, abre la puerta - Historias de terror y Creepypastas



Han pasado tres años desde aquella noche.

Yo no debí haber estado ahí, ellos lo sabían. Ese día salí muy temprano a la casa de un amigo, sus padres no estarían y tenía un nuevo videojuego de terror; pasaríamos toda la noche jugando.

Ellos lo sabían, no debí estar ahí esa noche, mi amigo tendría que haber estado solo. Lo habían observado durante días como suelen hacerlo y tenían la certeza de que esa noche sería presa fácil. Desde el momento en que lo eligieron, no había marcha atrás.

Pero tal vez quieras saber quiénes son ellos. Bueno, la verdad… aún no estoy seguro, sigo sin asimilar lo que pasó aquella noche; pero te contaré lo que sé hasta ahora, para que estes preparado.

Ellos se encuentran en todas partes, en ningún lugar estás exento de ser su víctima. Eligen a una persona, no sé bien cómo o en qué características se basan, pero una vez que te seleccionan no cambiarán de opinión: te vigilaran, te estudiaran y observaran a todas las personas que conoces.

Día tras día te examinan cuidadosamente sin que tú te percates de su presencia.

Esperan la noche en que su víctima esté sola. Y ahí es cuando todo empieza.

Aquella noche llegué a su casa alrededor de las 8:00 p.m. Sus padres habían salido desde temprano y mi amigo había preparado todo lo necesario para jugar hasta hartarnos. Al día siguiente no habría clases, así que regresaría a mi casa por la mañana para aprovechar la mayor cantidad de horas. Pasamos un buen rato jugando, el tiempo pasó tan pronto que cuando nos dimos cuenta ya era la una de la madrugada. Nos habíamos llevado algunos sustos con el juego, así que comenzamos a hacer bromas con la situación; fue en ese preciso instante cuando todo se puso raro. Empezamos a escuchar ruidos extraños afuera de la habitación. Al principio pensábamos que no era nada importante, e hicimos algunos chistes en relación a lo que jugábamos. «Deben ser los zombis», nosotros sólo reíamos. Pero nos comenzamos a poner tensos cuando el sonido se oía más claro: eran pisadas, se escuchaban pasos por todo el pasillo de afuera.

¿Crees que tus padres hayan regresado? —le pregunté, a lo que él respondió con toda seguridad que sus padres regresarían recién el día siguiente por la tarde. Además, el número de pasos que se lograba percibir eran demasiados como para ser sólo sus padres.

De pronto, luego de oír aquellas zancadas acercándose cada vez más a la puerta, hubo un profundo silencio.

¿Hay alguien afuera?… ¿Quién está ahí? —comenzamos a cuestionar, nerviosos. Estábamos seguros de que había alguien afuera, pero esos sonidos… ¿quién podría ser? En la habitación en la que estábamos se hallaba una computadora que mi amigo había encendido desde que comenzamos a jugar, era una costumbre suya. Se oyó un sonido que provenía de ella, un ruido familiar, pero que por el miedo que teníamos en ese momento nos provocó una reacción de sobresalto a ambos. Era sólo un correo electrónico que le había llegado, pues también había dejado la ventana de su email abierta. Ver esto nos dio algo de sosiego, y hasta reímos un poco; sin embargo, la tensión volvió a nosotros al notar que la dirección de quien lo enviaba era irreconocible, una combinación aleatoria de números y letras. Dudamos en abrirlo, pero mi amigo se convenció de hacerlo. Quedamos completamente paralizados tras leer lo que decía:

«Pase lo que pase, no abras la puerta».

Con tan sólo leer esas palabras, una sensación completamente rara invadió mi corazón. En ese momento realmente sentí pánico, pero el mensaje no terminó ahí.

«Ellos están afuera. Por favor, hagas lo que hagas, escuches lo que escuches, no abras la puerta. Intentarán convencerte de que lo hagas, tienen muchos métodos; pueden fingir ser alguien que conoces, un familiar, un amigo, y sus voces sonarán igual. Tal vez te pidan ayuda, te dirán que están lastimados, te suplicarán que abras la puerta. Pero escuches lo que escuches esta noche, no abras. Trata de ignorarlos, trata de dormir, mañana todo estará bien. Ellos jugarán con tu mente; no lo permitas. Por favor, créeme, ¡no abras la puerta!».

Cuando terminamos de leer yo no sabía qué pensar. Tal vez era una broma tonta de alguien, tal vez incluso era mi amigo quien me jugaba una broma… pero él tenia esa expresión, estaba tan asustado como yo, lo pude sentir. Ahora sabíamos que había alguien ahí afuera, tras la puerta. De pronto, llegó el momento más aterrador que nos pudimos esperar; en ese instante un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y me dejó paralizado. Una voz se escuchó, provenía de atrás de la puerta. Mi amigo estaba seguro y yo lo puedo corroborar: la voz era la de su madre.

Hijo por favor ábreme, tu padre y yo tuvimos un accidente en el auto, estamos muy lastimados… por favor, abre, ayúdanos. —Al escuchar esto mi amigo sólo retrocedió un paso. Aún puedo recordar esa expresión en su rostro, estaba en shock. Estoy seguro de que ninguno de los dos lo creíamos ni sabíamos qué hacer.

Hijo por favor, abre, ¿qué esperas? Necesitamos tu ayuda… —Sin lugar a dudas, ésa era la voz de su padre. Eran las voces moribundas de sus padres tras la puerta, clamando por ayuda. Mi amigo y yo permanecimos sin reacción por algunos segundos, después él se volteó lentamente, y me dijo:

Esos realmente son mis padres. Necesitan ayuda, abriré la puerta.

Se propuso dirigirse hacia ella, pero lo detuve.

Recuerda el correo, lo que nos dijo que pasaría, ¿no se te hace extraño?, ¿qué tal si es verdad y ellos no son tus padres? —Él me respondió. «No digas tonterías», me dijo. «Tú los escuchaste, ésas eran las voces de mis padres. El correo debe de ser una estúpida coincidencia». Se dirigió a la puerta sin que pudiera hacer nada.

La verdad no sé qué me hizo hacerlo, pudo ser el miedo que me invadía… pero al verlo yendo hacía la puerta, lo único que pensé fue correr hacia el armario que estaba cerca y esconderme ahí. No sabía lo que pasaría, pero en verdad tenía miedo.

Lo que escuché a continuación aún no lo olvido, y hasta el día de hoy tengo pesadillas con ello.

Él abrió la puerta, luego sólo pude escuchar sus gritos. Eran unos gritos desgarrantes, llenos de dolor y terror; yo no pude hacer nada más que permanecer inmóvil, hasta que después de unas horas me quedé dormido.

Al despertar por la mañana, me extrañó ver el lugar en que me encontraba, y luego lo recordé todo. Salí del armario y en la habitación no había nadie. Noté de inmediato que ya era de día y que la puerta estaba abierta, así que decidí salir. Busqué por toda la casa esperando encontrarlo y que me dijera que todo había sido una broma, pero no estaba. En la tarde llegaron sus padres, les conté lo sucedido, llamaron a la policía y lo buscaron por días, pero él nunca apareció. El correo que le había llegado esa noche también desapareció por arte de magia, y para ser honesto creo que nadie creyó nada de lo que les había contado.

Aunque… ya no importa, sé lo que pasó esa noche y sé que ellos estaban ahí afuera. También sé que no debí haber estado ahí y que no debería saber que ellos existen.

Aún no sé por qué lo hacen, creo que sólo tratan de divertirse con las personas con su pánico… alguna especie de juego macabro. Cada día lo analizo y trato de aprender más de ellos; sé que sólo llegan en la noche y que pueden imitar cualquier voz. Si no abres la puerta se irán y también creo que siempre recibirás ese extraño mensaje de advertencia, debe ser parte de su siniestro juego.

Sé que algún día regresaran por mí, pero pase lo que pase, no abriré la puerta.

martes, 12 de abril de 2016

El Hombre que Canta y Baila - Historias de terror



Ya había una multitud bastante grande alrededor de la carpa cuando Bill y yo llegamos. Podíamos escuchar al tipo del cual nos había hablado Sarah; realmente sonaba como un presentador de circo. A empujones avanzamos por la multitud y nos acercamos al lugar en donde estaba.

—¡Vamos todo el mundo, se está acercando, el momento se está acercando, vamos a tener una gran noche! ¡Así es, una noche GRANDIOSA! Cantaremos, bailaremos, lo PROMETO, ¡y El Hombre que Canta y Baila siempre cumple sus promesas!

Aún no podíamos verlo, había demasiada gente bloqueando el camino. Parecía que todo el pueblo hubiese acudido a ver al Hombre que Canta y Baila. Bill me tiró de la manga y apuntó con su dedo. Lo seguí con la mirada y no lo podía creer. Era el Reverendo Harper, el cura baptista. He vivido por mucho tiempo, pero nunca vi otro hombre que pudiese golpear con una biblia tan fuerte como él. Harper predicaba sobre los males del pecado; el pecado en la bebida, el pecado en el tabaco, el pecado en la droga, el pecado en cualquier cosa y por sobre todo, el pecado en la danza. Y aquí estaba, haciendo cola para entrar a la carpa, porque ciertamente no estaba predicando. Lo saludamos, y el viejo baptista se puso del color del Mar Rojo, nos dio la espalda y se alejó. Bill y yo nos miramos sonriéndonos y seguimos caminando hacia El Hombre que Canta y Baila.

Al fin pudimos emerger de entre la multitud y verlo. Estaba parado sobre un cajón viejo y astillado que parecía estar a punto de colapsar. A su lado, sobre el césped, había un estuche de violín con detalles dorados en los bordes. Parecía viejo, más viejo que el cajón, más viejo que el pueblo. Parecía una antigüedad.

Él era puro codos, rodillas y hombros. Alto y larguirucho, su cuerpo se movía al ritmo de sus palabras. Estaba usando una chaqueta roja y blanca, como ésas de los cuartetos que solían cantar en las barberías. Tenía un sombrero de paja en la cabeza, que incesantemente se acomodaba con sus manos de dedos largos. Seis dedos en cada mano. Me sorprendió ver eso. Había leído que algunas personas nacían con seis dedos, pero leer sobre algo y verlo son cosas muy diferentes.

—Bien, bien, falta muy poco. Realmente falta muy poco. ¿Están listos para cantar? ¿Están listos para bailar? Porque estoy listo para tocar mi violín, sí que lo estoy, sí que lo estoy. Tengo el violín a mis pies y estoy listo para tocar, listo para hacer que esas cuerdas CANTEN, ¿pueden creerlo?

Aplaudió, y eso fue lo más cercano a una pausa que estuvo dispuesto a hacer.

Sarah y Sam se acercaron a nosotros después de encontrarnos entre la multitud. Sarah me codeó en las costillas. —¿Qué te dije? Parece que debería estar en un carnaval intentando hacernos ver a la mujer barbuda o algo así.

Sam asintió con la cabeza para saludarnos, lo que hizo que sus anteojos se resbalasen por su nariz y les dio un empujón con su dedo para arreglarlos. Era tan alto como Bill, pero su físico ni se acercaba al de él. Era el chico listo en nuestra pandilla. Uno tiene que tener cerca a alguien así para que le enseñe a hacer cosas como desmantelar el auto del director y rearmarlo en el gimnasio de la escuela. No que hayamos hecho algo como eso.

—¿Qué está vendiendo? —preguntó Sam.

—Un baile, creo yo —le dije.

—¿Cuánto cuesta?

El Hombre que Canta y Baila debió de haberlo escuchado, porque dijo:

—¿Cuánto cuesta, están preguntándose? No cuesta ni un dólar, ni un centavo. Amigos, esto no les costará nada, sólo entren a la carpa y bailen toda la noche al ritmo de la canción.

Nos miramos entre nosotros. Era un buen trato. ¿Música gratis y un lugar para bailar? No había mucho que hacer en el pueblo en aquellos días, y todavía no lo hay. Era casi muy bueno para ser cierto.

El Hombre que Canta y Baila se detuvo, lo que era un pequeño alivio. Hurgó en sus bolsillos, sacó un reloj dorado y miró la hora. Y entonces sonrió, con una sonrisa que mostró cada uno de sus dientes.

—Amigos, es tiempo de bailar, así que entren. Entren todos, porque es momento de que el baile comience. —Y con eso, se bajó de su banco, lo tomó junto con el violín y se metió a la carpa.

Sarah, Bill, Sam y yo casi fuimos arrollados en el apuro de la gente por entrar, pero aún así fuimos los primeros. Era enorme. Había un suelo de madera debajo de nuestros pies que parecía ser de roble, de roble oscuro, y pulido hasta brillar como un espejo. Había velas en candelabros por todos los postes de la carpa y cuando miré hacia arriba no pude ver el techo con tanta oscuridad. Era como mirar a un cielo sin estrellas donde ni siquiera la luna se molestaba en aparecer.

La multitud nos condujo más y más adentro mientras la gente entraba. No era sólo gente joven. Estaba la Señora Crenshaw, nuestra maestra de inglés que ya iba para los cincuenta. Estaba el Señor Hopkins, el director de la primaria. Estaba el buen Reverendo Harper, quien aún se veía avergonzado. Realmente todo el pueblo estaba ahí. Demonios, incluso estaba el alcalde con su mujer, parados y hablando con el jefe de policía.

Pronto todo el mundo estaba adentro y el murmullo de la gente charlando era ensordecedor. Todos buscábamos al Hombre que Canta y Baila, para saber en dónde se había metido. Nadie miró hacia arriba, así que nadie lo vio hasta que hizo sonar las cuerdas del violín con su arco.

Allí estaba, en el medio de la carpa, sentado en una pequeña plataforma de madera a aproximadamente seis metros de altura. Dios sabrá cómo logró subirse ahí, porque la verdad que no había ninguna escalera que llevase hasta arriba. Dejó caer sus pies por la orilla de la plataforma y tomó su violín con una mano y su arco con la otra. Tanto el arco como el violín parecían estar hechos de la misma madera oscura del piso, y brillaban a la luz de las velas como si estuviesen vivos. Llegué incluso a dudar si el violín necesitaba del Hombre que Canta y Baila para hacer que sus cuerdas tarareasen.

Todos lo miramos, y nos sonrió, mientras se ponía de pie rápidamente, haciendo que a la multitud le preocupase que fuese a tirarse en medio de ellos. Y entonces comenzó a tocar.

Hizo a esas cuerdas cantar. Nunca he vuelto a escuchar a alguien tocar así, y doy gracias a Dios por eso cada día. Aflojaba las articulaciones y aturdía a la mente. Sentías la necesidad de mover todos los huesos. Tomé la mano de Sarah y comenzamos a bailar por el suelo de la carpa, y todo el mundo nos siguió. Algunos con pareja, otros solos. Algunos bailando cuadrillas, otros bailando el vals y otros bailando Twist. Bailamos, movimos las caderas, sacudimos el esqueleto y rocanroleamos.

Pasé junto al Reverendo Harper, él moviendo los pies en un torpe baile junto a Eloise Grendel, una vieja fervientemente católica. Vi a la esposa del alcalde bailando un vals con Dan Adams, uno de nuestros bomberos.

Me movía en espiral con Sarah, chocando y empujando a las personas que estaban cerca. Hacía mucho calor y la temperatura subía cada vez más. No pasó mucho tiempo antes de que el lugar empezase a apestar a sudor. Me sentía mareado, pero seguimos bailando, bailando sin parar. También me di cuenta de que El Hombre que Canta y Baila estaba cantando, pero en un lenguaje que no entendía.

Se erguía sobre nosotros, parado en esa plataforma, haciendo a su violín cantar. Su arco se levantaba y caía, se deslizaba sobre las cuerdas de arriba abajo, de lado a lado. Tocaba de la misma forma que hablaba; sin descansos, sin pausas, sólo un diluvio maníaco de notas mientras su lengua se enredaba en palabras que no tenían por qué ser dichas en este mundo.

Sacudí mi cabeza mientras giraba con Sarah y me sentí cansado. Mis pies me dolían y mi espalda baja estaba empezando a palpitar. Vi mi reloj y entendí que habíamos estado bailando por una hora entera. Volví a sacudir mi cabeza, intentando ahuyentar la sensación de adormecimiento que estaba nublando mis pensamientos.

—Sarah… —Me aclaré la garganta. Sólo había podido susurrar. Mi lengua se sentía extraña y gruesa—. Sarah… —Lo intenté de nuevo, esta vez más fuerte, pero ella no respondió y continuamos bailando. La sacudí, pero no respondió. Continué sacudiéndola hasta que noté que lo estaba haciendo al ritmo de la música.

Entonces intenté parar. Y no pude. No podía parar.

Debajo de la niebla de mis pensamientos, empecé a sentir temor. Vi los rostros de las otras personas y pude ver su miedo. La cara del Reverendo Harper se había puesto más roja que antes; el sudor caía a chorros por su rostro, pero él seguía moviéndose junto a la señora Grendel, cuya cabeza se balanceaba de lado a lado. Se había desmayado, pero sus pies aún se movían. Pasamos cerca de Bill, quien bailaba con Susie Watkins, y vi que los ojos aterrados de la chica recorrían todo el salón, pero Bill sólo movía su cabeza al ritmo de la música y sus ojos vidriosos estaban perdidos en la nada. El Hombre que Canta y Baila se rió desde su plataforma y continuó tocando.

Escuché un grito y giré mi cabeza para ver a una mujer tirarse al piso, sosteniéndose la pierna con sus manos. Se había acalambrado. Le tenía envidia. Ella había conseguido parar, había conseguido descansar. Mis piernas se sentían como madera muerta y el dolor en mi espalda se había profundizado.

Entonces su pareja de baile se paró en su tobillo y escuché el crujido desde mi lado de la sala. Él seguía bailando, con los ojos en blanco mientras se movía. Ella gritó de nuevo e intentó arrastrarse, pero en lugar de ello terminó parándose. Comenzó a bailar, dejando caer su peso sobre el tobillo roto. Una y otra, y otra vez. Me di la vuelta, pero no pude dejar de escuchar sus sollozos.

La música continuaba.

Miré mi reloj nuevamente y ya habían pasado tres horas. No paramos, no aminoramos el ritmo. Seguíamos moviéndonos al compás del violín. Sin importar las ampollas. Sin importar los dedos o tobillos rotos. Sin importar el profundo dolor de espalda que se rehusaba a desaparecer. Sin importar los corazones viejos ni las rodillas malas. Seguimos ese ritmo frenético como una masa: una criatura con una sola mente que se bamboleaba y saltaba.

El Reverendo Harper murió. Vi cómo pasaba. Estaba sosteniendo a la todavía desmayada Sra. Grendel, cuando la soltó. Ambos cayeron al suelo. Él se retorció una vez, sus pies atinaron un súbito ritmo staccato, y luego se quedó tieso.

La Sra. Grender se levantó y siguió moviéndose. Yo miraba a Harper mientras bailaba, intentando ver si respiraba.

No lo hacía. Les juro que no lo hacía. Pero aun así se levantó. Estaba muerto, pero aún así se levantó y empezó a bailar de nuevo. Se dio vuelta para verme, y sonrió con la misma sonrisa del Hombre que Canta y Baila. Sus ojos estaban rojos, llenos de la sangre de lo que sea que se hubiese roto en su cerebro.

Harper no fue el último. Probablemente no fue el primero. Los viejos y enfermos fueron los que más pronto caían. Agotamiento, ataques al corazón, hemorragias en algún lugar del cuerpo: murieron. Y entonces se levantaban y seguían bailando, sonriendo con aquella siniestra sonrisa.

Pasé cerca de Sam y Lisie. El había perdido sus anteojos. Sus ojos se movían por todo el lugar, totalmente conscientes. Miré su pierna y vi una quebradura expuesta, que rasgaba sus jeans. Dejaba tras de sí un rastro de sangre y cuando giraba, manchaba a las personas que estaban a su alrededor. Se paraba en esa pierna rota, saltaba sobre ella. Todo al ritmo del violín.

El olor de la sangre se mezcló con el del sudor y ya no podía respirar. El aire era denso y por todas las direcciones escuchaba llantos, gritos, aunque nada acallaba el sonido del violín o del canto del Hombre que Canta y Baila.

Y entonces se detuvo. Bailé un último paso y luego me hice parar. Miré hacia arriba, todos lo hicimos. Él estaba mirando su reloj de bolsillo.

—¡Está bien amigos! ¡Es todo por esta noche! El baile ha termiando y la mañana ha llegado. Pueden irse si es que pueden caminar y deberían caminar rápido porque este Hombre que Canta y Baila se está yendo.

Nos quedamos de pie allí, como aturdidos. Comenzamos a caminar a la salida de la carpa. Nadie corría, porque nadie podía hacerlo. Era un milagro que pudiésemos caminar. Sarah se me adelantó y se fue, pero yo me quedé. Me di vuelta y vi al menos veinte personas que aún estaban paradas allí, entre ellas Harper. Todas estaban sonriendo y sus ojos estaban vacios. Se mantuvieron de pie sin dar señales de querer irse.

—Vete amigo, El Hombre que Canta y Baila ya tiene lo que quiere, pero le encantaría añadirte a su colección si te quedas ahí por mucho tiempo. —Lo miré y lo vi sonreír. Entonces le di la espalda y dejé la carpa. Cuando me volví a voltear todo había desaparecido, incluida la gente que estaba adentro.

Ésa es la historia de lo que ocurrió. Los otros no la dirán o pretenderán que nunca ocurrió. Sin importar las 21 personas que desaparecieron esa noche, entre ellas la esposa del alcalde. Prefieren no pensar en ello.

Sarah y yo llevamos a Sam al hospital del pueblo vecino, lejos de las personas que estaban enteradas de lo que había ocurrido. Tuvieron que quitarle la pierna. Sam ya era una persona callada y luego de esto lo fue aún más. No se mueve mucho últimamente, sólo se sienta en el frente de su casa con un bastón en su regazo y masajea el muñón con su mano. Dice que le molesta en las noches frías, y en las cálidas, y en las húmedas, y en las secas.

Bill dejó el pueblo y se unió a la armada, se quedó lo suficiente como para pelear en Vietnam y ganó un puñado de medallas. Volvió y sentó cabeza para beber (y beber mucho). Si quieres encontrarlo, puedes hacerlo en el bar de Eddie Dixon. Aunque no importa cuán borracho esté, no va a querer hablar de esa noche.

Ninguno de nosotros se enteró mucho de Sarah después de lo ocurrido. Parecía estar bien, pero  siempre parecía estarlo. Dejó el pueblo y comenzó la universidad, aunque al igual que Bill fue arrastrada de vuelta a Belle Carne. Ahora enseña inglés en la secundaria del pueblo.

Y yo me quedé aquí, en la tienda de hardware. Incluso la administré por un tiempo, pero ahora no hago demasiado. Sólo me siento con Sam y a veces hablamos de algunas cosas. No tan a menudo, porque si me quedo hasta muy tarde o mucho tiempo, veré sus ojos llenarse de lágrimas mientras se encierra en sí mismo. Y podré escucharlo tararear el pequeño fragmento de una canción, los cabellos de mi nuca se erizarán y sentiré escalofríos recorrer todo mi cuerpo.

Entonces sé que mi pie empezará a golpetear a un pequeño ritmo en el piso de madera, y una amplia sonrisa se dibujará en el rostro de Sam. La sonrisa del Hombre que Canta y Baila.

jueves, 7 de abril de 2016

Los BEK: niños con ojos demoníacos - Artículos


Ojos tan negros como sus almas

Los Niños de Ojos Negros, o "BEK" (Black Eyed Kids) por sus siglas en inglés, son seres que semejan niños o niñas de entre 10 y 14 años (generalmente), pero tienen los ojos absolutamente negros, sin diferenciación entre la esclerótica (parte blanca del ojo), la pupila o el iris. Quienes han visto a estos niños, cuentan que infunden un profundo e intenso miedo, y que en su presencia hay algo de sobrenatural y maléfico. Sobre su naturaleza, se ha dicho que pueden ser híbridos extraterrestres, vampiros o demonios.

Dentro del Internet, se dice que el fenómeno empezó a aparecer en los noventa, pero el primer reporte de fuente verificada fue el de Brian Bethel, en 1998.

La historia de Brian Bethel

El 16 de enero de 1998, el periodista estadounidense, Brian Bethel, documentó en una página web de temas paranormales su experiencia con una pareja de BEK. En su relato, Brian cuenta que estaba en su coche de noche, cuando de pronto se acercaron dos niños que parecían tener entre 10 y 14 años: uno era moreno, más alto que el otro, con cabello ondulado, de actitud confiada y gran elocuencia,  usaba jeans y una sudadera a cuadritos con capucha; el otro era blanco y pecoso, menos alto que el otro, de cabello naranja brillante, silencioso y nervioso, vestía una sudadera verde claro y también tenía jeans. Los niños querían que Brian los llevase a su casa para que recogieran un dinero que habían olvidado y así pudiesen ir al cine; además, uno de ellos le pidió a Brian que le dejase ver su cámara fotográfica.

Brian no entendía bien por qué, pero los niños le inspiraban temor. Tenían una presencia que lo hacía sentirse en peligro, y él se puso a dar rodeos para no decirles directamente que no accedería a sus peticiones. Al final Brian terminó notando que los ojos de los niños eran completamente negros, y entonces comprendió que no eran humanos y el temor se convirtió en un terror que le heló la sangre. Al darse cuenta de eso, naturalmente se negó a complacer a los niños, y estos se empezaron a poner algo agresivos, en parte porque habían notado que él vio que no eran humanos. En tal situación, Brian no se lo pensó más, y pisó el acelerador de su coche para dejar atrás a los diabólicos niños.

Lo anterior es evidentemente un resumen, que hemos puesto porque la historia original es bastante larga; sin embargo y dado que el lector ya conoce de qué va la cosa, podemos citar el final del relato original traducido, cuyas palabras difícilmente dejarán sin inmutarse a quien las lea y se imagine aquello que está leyendo; veamos:

‹‹ "Vamos, señor... déjenos entrar. No podemos entrar hasta que nos deje, ya sabe." Dijo suavemente el hablante. "Solo déjenos entrar y nos iremos antes de que lo sepa. Iremos a la casa de nuestra madre."

Entablamos contacto visual.

Para mi horror, me di cuenta de que mi mano estaba en la manilla de la puerta y estaba en el proceso de abrirla. La retiré de inmediato y de forma algo violenta. Pero eso me obligó a no mirar a los niños.

Los miré de nuevo. "Er... Umm...", dije débilmente y entonces mi mente volvió en sí, en un enfoque agudo. Por primera vez vi sus ojos: eran negros como el carbón; sin pupila, sin iris, solo dos orbes negros que reflejaban la luz roja y blanca de la marquesina.

Entonces mi expresión me delató. El silencioso tenía una expresión de horror que parecía indicar dos cosas: A) Ocurrió lo imposible, y B) "¡Ya se dio cuenta!". El hablante, por otro lado, estaba furioso. Sus ojos brillaron intensamente en la media luz. "Vamos, señor", dijo, "no lo lastimaremos, tiene que DEJARNOS ENTRAR, no tenemos armas...". Esto me asustó a más no poder, porque con ese tono prácticamente estaba diciéndome: "No necesitamos armas" Entonces se dio cuenta de que estaba moviendo mi mano hacia la palanca de velocidad. Las palabras finales del hablante contenían una furia que era absoluta, y aún así parecía también sentir pánico:""¡NO PODEMOS ENTRAR SI NO NOS... DA... PERMISO!".

Entonces arranqué en reversa (gracias a Dios no había nadie detrás) y salí del estacionamiento. Vi a los chicos en mi visión periférica y entonces volteé súbitamente para verlos bien.

Se habían ido. La banqueta frente al cine estaba desierta. ››

Los rasgos de los encuentros y de los niños de ojos negros

A raíz del encuentro de Brian, en la red comenzaron a aparecer montones de testimonios de personas que habían tenido encuentros con los temibles niños de ojos negros. Un escéptico pensaría que todos los relatos posteriores a Brian son inventados o producidos por la sugestión o el engaño de terceros (que pretenden hacerse pasar por niños BEK), y un ingenuo creería que casi todos los relatos posteriores a Brian son verídicos, y que simplemente las personas no contaban tanto esas experiencias antes por temor a que las considerasen farsantes o chifladas; pero, después de que hablase alguien con la importancia de Brian, ya podían sentirse libres de decir lo que habían vivido recientemente o hace mucho. Dejando ambos extremos, lo más probable es que, la mayoría (sin llegar a "casi todos") de relatos de BEK escritos después de que Brian publicara su experiencia, sean meras invenciones, mientras que los sobrantes se dividirían en los siguientes tipos: a) errores de percepción, en los cuales la persona, por una serie de factores (iluminación, estado mental y emocional, sustancias que pueda haberse metido, etc), ha creído ver ojos completamente negros donde no los había, b) recuerdos distorsionados de encuentros algo incómodos e inquietantes con niños extraños y de ojos negros (pero no totalmente negros) que inspiraban desconfianza, que se dieron en medio de la noche y que por tanto se prestan fácilmente a una reelaboración, en la cual la persona, guiada por el condicionamiento de la sugestión, se engaña creyendo que estaba más atemorizada de lo que estaba cuando vio a los niños, y que éstos tenían los ojos completamente negros y no simplemente negros, y c) encuentros con niños bromistas que compraron lentillas de contacto especiales (son muy caras estas lentillas, lo cual vuelve poco probable esto) para parecer niños BEK, y d) encuentros con niños que en realidad tenían los ojos completamente negros, y cuya naturaleza, suponiendo que existen, resulta un verdadero misterio... Aclarado esto, cabe mencionar que, de los diversos testimonios (al margen de su verdad o falsedad), se desprenden las siguientes características comunes, tanto en relación al encuentro como a los niños BEK:

1. Los niños surgen de la nada, como si se hubieran materializado en un sitio concreto.

2. Los niños tienen los ojos absolutamente negros, tan negros que casi siempre la gente los describe como refractantes.

3. Los BEK suelen usar ropa vieja (no en el sentido de desgastada, sino de perteneciente a épocas anteriores), aunque siempre del siglo XX; o bien, si la ropa no es vieja, es típica y no va con lo que los niños usan, ejemplo de lo cual podría ser que, en el Oeste Norteamericano, se aparezca un BEK con ropa de vaquero...

4. Cuando un BEK habla (algunos son muy silenciosos, pero los silenciosos no aparecen solos), muestra gran manejo del idioma, como si fuera un adulto con facilidad de palabra, con elocuencia incluso.

5. Los BEK generalmente aparecen en parejas, y solo en una minoría de casos aparece un BEK solo. Como ya se dijo, cuando un BEK aparece solo, es de los que habla, y cuando se presenta una pareja de BEK, suele ocurrir que uno solo habla y el otro es silencioso.

6. Generalmente la edad de un BEK parece estar entre los 10 y los 14: rara vez parecen menores o mayores; y, cuando parecen mayores, jamás parecen de 18 o más...

7. Los BEK parecen estar rodeados de un aura sobrenatural, de un aura cuya naturaleza expresa poder y maldad, y que además produce intenso temor en cualquiera que llegue a sufrir la desgracia de sentirla.

8. Casi todos los avistamientos se producen de noche o al atardecer; y, dentro de estos, la gran mayoría se dan en la noche.

9. Los BEK suelen mostrar nerviosismo y agresividad cuando las personas se oponen a sus peticiones. Generalmente, quien ve un BEK comienza aceptando lo que éste pide, hasta que ve el negro absoluto de sus ojos y entonces el miedo hace que ya no acepte las peticiones del BEK, sea directa o indirectamente: debido a esto, el BEK se enfada y se muestra insistente. Algunos creen que, en esto de las peticiones, los BEK muestran habilidades de control mental, que primero ejercen sin el temor, cuando la persona se muestra extrañamente solícita, y después ejercen inspirando temor, cuando la persona les ha visto el negro absoluto de los ojos y entonces emplean justamente los ojos para que la persona, aunque no complazca tanto, se muestre al menos dócil, mansa...

10. Cuando la persona escapa, los BEK desaparecen súbitamente, rápidamente, como si se hubiesen desvanecido, siempre sin dejar rastro. Lógicamente, esto se sabe porque algunos se han atrevido a mirar atrás.

Teorías

Aquí solo nos referiremos a las teorías que explican los BEK suponiendo que estos son reales, y no a las teorías que niegan la existencia de los BEK, porque estas no explican a los BEK como una realidad objetiva, sino como una creencia que, en los menos falsos de los casos, esconden otras realidades erradamente interpretadas. Por otro lado, implícitamente ya se expusieron estas teorías del fraude en la introducción del apartado titulado como "Los rasgos de los encuentros y de los niños de ojos negros". Dicho esto, revisemos las teorías sobre los BEK:

Hibridación Alienígena: Existen muchísimos casos de mujeres que efectivamente creen haber sido abducidas por extraterrestres, y que en las naves copularon con algún extraterrestre a fin de crear un híbrido, fueron usadas con el fin de producir híbridos aunque sin contacto sexual, o bien no se dio ninguna de las cosas anteriores pero vieron híbridos en la nave... Sería absurdo e injusto afirmar que todas esas mujeres han mentido (en el sentido de contar algo sabiendo que es falso), y una muestra de eso son los abundantes documentales que existen sobre el tema, aunque lógicamente lo que cuentan puede no ser verdad, y aquí entran diversas teorías, pero no viene al caso mencionarlas y además hay unos cuantos casos en que los análisis psicológicos parecen mostrar que la mujer tuvo una experiencia objetiva, aunque no existan evidencias de esa experiencia objetiva. En este contexto, se sugiere que los BEK son híbridos que tienen ADN humano y extraterrestre, siendo los grises la raza más señalada, debido a que éstos son pequeños y tienen ojos grandes y negros.
Evidentemente la teoría es descabellada y no se sostiene ni siquiera como especulación; ya que, las mujeres que supuestamente han visto híbridos extraterrestres, dicen que estos tienen la piel oscura y los ojos almendrados, y ni todos los BEK tienen piel oscura, ni se ha hablado de que tengan ojos almendrados como rasgo general.

Posesión demoníaca: Esta teoría cuenta con excelentes evidencias; ya que, en muchos casos de posesión demoníaca, el poseído a veces muestra los ojos completamente negros, tal y como sucedió con la famosa Anneliese Michel, de la cual en realidad pueden encontrarse fotos verdaderas que la muestran con los ojos anormalmente grandes y absolutamente negros... El problema del planteamiento es que, si bien parece encerrar una verdad teórica de orden demonológico, en la práctica no se sostiene mucho porque se sabe que los demonios no entran súbitamente en nadie, que siempre precisan que se les abran puertas a través de cosas como el satanismo, la magia negra, los actos atroces y ciertos estados de crisis. Resulta así que la posesión, en los pocos casos que se da, nunca es algo que se da abruptamente, sino un proceso que va mostrando una sintomatología que progresivamente se agrava hasta degenerar en un cuadro donde surgen fenómenos de índole paranormal. De ese modo, sabemos que no se dará el caso de niños que súbitamente sean poseídos por demonios y que después vayan y se aparezcan ante ciertas personas: si un niño fuese poseído, de seguro no lo dejarían salir de casa, y estaría bajo tratamiento psiquiátrico, sesiones de exorcismo, o ambas cosas.

Demonios: Esta es la mejor teoría de todas, ya que los niños BEK pueden mover objetos físicos y son completamente sólidos, aunque sin embargo parecen ser capaces de desvanecerse. Teniendo eso en cuenta, se sabe que hay muy pocos fantasmas con suficiente poder como para influir en el mundo material, y que aquellos que aparecen con aspecto sólido no son en realidad sólidos como los BEK. De ese modo, esas atribuciones escapan a cualquier espíritu desencarnado, aunque no a los demonios, ya que en ciertos exorcismos se ha sabido de poseídos que escupen sapos, clavos u otras cosas que parecen haber surgido de la nada, aunque en realidad no surgen de la nada sino que son una manifestación de la condensación de la energía del o de los demonios en nuestro mundo material: si esto es así, es razonable pensar que muy posiblemente pueden emplear ese mismo proceso para materializarse ellos mismos. Lo anterior toma aún mucha más fuerza debido a que hay testimonios, sobre todo de santos, que dicen haber visto al Diablo bajo diversas formas materiales: por ejemplo, el Padre Pío cuenta que una vez apareció un sujeto en el confesionario, que tenía una elocuencia fabulosa (que usaba para justificar todo tipo de pecados) y que después, misteriosamente, se desvaneció. En síntesis, la literatura sobre el tema parece indicar que: a) ningún fantasma puede materializarse, y solo pocos pueden producir fenómenos en el mundo material, b) los demonios pueden materializarse de diversas maneras, sostener por tiempo indefinido las materializaciones que elijan, y desvanecerse después. En base a esto, desde una visión que combine la Parapsicología y la Demonología, lo más razonable es suponer que los BEK, en caso de existir, son demonios. Cosa aparte es la razón que los lleva a tomar aspecto de niños: quizá elijen materializarse como niños para así divertirse con el acercamiento inicial (posibilitado por su aspecto inocente) y el temor final que infringen en la víctima; quizá lo hacen porque siempre les gusta corromper, y es una corrupción simbólica el combinar la naturaleza demoníaca (expresada en los ojos absolutamente negros) con la ternura infantil; quizá lo hacen por las dos cosas antes referidas, o tal vez por otras causas, que bien podrían ir solas o acompañadas de las aquí mencionadas como posibles.

Vampiros: Se ha dicho en la cultura popular y creencias antiguas que los vampiros no son de este mundo, que básicamente son demonios. En el imaginario de The Masquerade (juego de rol, gran referente del mundo vampírico), que está basado o que toma ideas de los cultos paganos y neopaganos en los que se basa el vampirismo actual (en la corriente neo-pagana de creencias religiosas), los vampiros poseen diversas cualidades:

1) Control mental y manipulación de los sentidos, además de hablar con elocuencia incluso con lenguaje muy magnánimo y antiguo o señorial.

2) Movimiento tan veloz e imperceptible por eso "aparecen de la nada" y "desaparecen de igual forma", Anne Rice, ávida del tema, se inspiró en ello y ahora puedes ver una sutil interpretación cinematográfica de esto en Entrevista con el Vampiro.

3) Los ojos negros se cree que es producto por la ausencia del alma.

4) El hecho de necesitar permiso para pasar (cosa que los vampiros tradicionales también).


FUENTE: pasarmiedo.com

miércoles, 6 de abril de 2016

Robert el Muñeco Maldito - Artículos


Mucho más que una leyenda urbana

Desde hace algún tiempo se rumorea que las películas de Chucky, el muñeco asesino, se basaron en parte en el caso del Muñeco Robert, que actualmente tiene más de 100 años. A primera vista Robert es solo un muñeco de trapo, que representa en tamaño real a un pequeño niño marinero, que viste de blanco y lleva un osito bajo el brazo. Sus ojos son negros, pequeños e inexpresivos, carentes del realismo que usualmente se ve en las muñecas embrujadas; sin embargo, algo habita en Robert, y eso ha hecho que su presencia siembre el terror en cada inocente familia que ha tenido el infortunio de poseerlo, pues nunca faltó quien afirmara que Robert se movía, que estaba vivo...

El Muñeco Robert (conocido también como "Robert el Muñeco Embrujado", "Robert el Muñeco Maligno", "Robert el Muñeco Poseído" o "Robert el Muñeco Encantado") tuvo como primer propietario a un talentoso artista y escritor de Key West: Robert (Gene) Eugene Otto, quien lo recibió de manos de un sirviente nativo de las Bahamas versado en el vudú y la magia negra (esto ocurrió en 1906, cuando tenía apenas seis años). Según los rumores, la familia de Otto (Robert Eugene Otto) maltrataba a una pequeña niña sirvienta emparentada con el sirviente que sabía de vudú, de modo que El Muñeco Robert fue una venganza disfrazada de regalo, pues supuestamente estaba embrujado y hasta contenía cabello real (conseguido cuando el chico se cortaba el pelo en casa) del propio Otto.

Pese al hechizo, el muñeco tenía aspecto amable y pronto consiguió el cariño de su joven dueño, que lo bautizó con su primer nombre y, según cuentan, lo llevaba casi siempre con él. De hecho, esta amistad llegó a tanto que los padres de Otto (a quien llamaban por "Robert", pues era su primer nombre) le pusieron al juguete "El Muñeco Robert", a fin de evitar confusiones con su hijo.

El principio del horror

Los padres de Otto señalaron que a menudo le oyeron hablar con su muñeco. Pronto comenzaron a escuchar que Robert respondía en las conversaciones, e inicialmente creyeron que Otto estaba simplemente cambiando su voz; pero, cuando los vecinos dijeron haber visto al muñeco moviéndose solo desde una ventana a otra cuando no había nadie en la casa, llegaron a sospechar que el muñeco  estaba vivo. Robert no se apartaba del lado de Gene. Incluso tenía su propio lugar en la mesa familiar. Sin embargo, a pesar del cariño que Otto seguía teniendo por su muñeco, los poderes de éste se volvieron más intensos y... aterradores. Así, la familia del pequeño reportó que el muñeco emitía una risita aterradora, que se movía al no haber nadie cerca; y que en algunas ocasiones, en medio de la noche, escuchaban gritar a su hijo y al entrar al cuarto, encontraban los muebles volteados y al niño (asustado) en la cama junto con Robert, diciendo que éste había causado todo el desorden. La familia de Otto y sus vecinos no eran las únicas personas que presenciaban las extrañezas del muñeco, pues varios invitados juraron que, al mirar a Robert, éste había cambiado de expresión e incluso parpadeado. De hecho, algunos huéspedes terminaron por finalizar sus visitas únicamente porque el muñeco los había asustado, aunque esto también se dio con trabajadores, como un fontanero que salió corriendo después de que vio al Muñeco Robert, luego cuando volvió a trabajar, no resistió la tentación de mirarlo y se encontró con que éste le hacía una mueca burlona y malvada.

Otto crece pero Robert se niega a salir

Cuando Otto perdió a sus padres, él y su esposa heredaron la casa familiar. En el momento que estaban instalándose (Otto se había ido a vivir a un sitio alquilado), encontraron al Muñeco Robert en el ático de la vivienda. Apenas descubierto el muñeco, la esposa de Otto se quejó de haberlo visto cambiar de expresión. En ese mismo instante le pidió a su marido que lo encerrase bajo llave, pero este se negó y dijo que el muñeco debía tener su propia habitación desde la cual pudiese ver la calle...

Quizá, la decisión anterior se basaba en el miedo, pues hay que recordar que solo Otto había conversado con Robert. Sin embargo, el muñeco siguió produciendo fenómenos paranormales logrando finalmente el hartazgo de su dueño que lo encerró en el ático, pero incluso así el muñeco continúo causando hechos atemorizantes, al punto de que algunos huéspedes afirmaron escuchar pasos y movimientos en el piso de arriba, e incluso risas demoníacas, cosas que tomaban más fuerza con el testimonio de inquilinos desconocidos que timbraban solo para informar que habían visto moverse un muñeco en la torreta del ático.

Posteriormente, el rumor del muñeco maldito corrió y, los niños que transitaban por ahí terminaron adoptando el hábito de no ir por la calle que daba a la casa de Otto, ya que contaban que Robert les hacía gestos burlones... Por su parte, el dueño afirmaba que en algunas ocasiones el muñeco aparecía en la mecedora de la planta baja, cuando se había cerciorado que había sido colocado en su lugar habitual (el ático) y también que su esposa no le estaba jugando una broma. Este hecho ocurrió reiteradas veces confirmando la extrañedad del caso.

La muerte de Otto

En el año 1974 Otto falleció y su esposa Anne, guiada por una mezcla de respeto y temor, no quemó al Muñeco Robert, sino que lo metió en un baúl con llave, en el lugar establecido para él (osea el ático de la casa), que para aquel entonces ya se conocía como la Casa del Artista, gracias a la fama del difunto Otto.

Ahora bien, tiempo después una familia de tres integrantes (padres e hija) se mudó a la morada en cuestión (la casa del fallecido Otto), cuando descubrieron al Muñeco Robert, la niña pequeña, que en aquel entonces tenía solo 10 años, quedó fascinada y le tomó cariño, queriendo conservarlo.

Otra vez la historia del lobo disfrazado de cordero se repitió, pues primero la pequeña simplemente informó que, sin explicación alguna, las muñecas que estaban cerca de Robert habían aparecido decapitadas... ¿había sido él? Sí, y eso lo supo poco después. Sus padres la empezaron a escuchar gritar por las noches, ya que El Muñeco Maldito se movía por la habitación e intentaba atacarla... sabían que algo extraño pasaba, aunque la versión del muñeco viviente no acababa de convencerlos; sin embargo por simple prevención, encerraron a Robert en el ático después de que encontraran al perro de la familia fuertemente atado con cable en la sala de estar (sería improbable que su hija lo hubiese hecho conociéndola, tendría que haber perdido la cabeza para maltratar a un animal de esa manera, y tampoco es probable que su perro se hubiese dejado  hacer eso sin oponerse, sin dudas no era propio de su pequeña niña). Como se ve claramente, esto hizo que tuviesen fuertes sospechas, aunque aún no estaban plenamente convencidos de que Robert tenía vida. Los años pasaron y su hija, ya convertida en una mujer adulta, continuaba afirmando que Robert se movía y era malvado...

Una fama imperecedera

Actualmente, la Casa del Artista es una panadería bastante popular donde se venden desayunos y se realizan tours de fantasmas por la ciudad. De hecho, la fama de Robert fue tal que Discovery Channel filmó un episodio de "¿Lo pueden creer?" en la casa en que alguna vez vivió el primer dueño del muñeco maldito. En dicho episodio, se reportó que, dentro del ático donde solía estar Robert, el fantasma de Anne había sido visto, aunque con la bella apariencia que tenía cuando usó por vez primera el traje de novia con que se manifestaba ahora espectralmente... Aparte de Discovery Channel, también filmaron allí William Shatner y Travel Channel.

En cuanto al Muñeco Robert, hoy en día se encuentra en el Museo Martello, aunque ocasionalmente sale para ser grabado o fotografiado, casi siempre permanece en su recipiente sellado de plástico, y aún sigue asustando gente. Muchos miembros del personal del recinto han reportado cosas inusuales, y un ejemplo fantástico es el caso de uno de los trabajadores el cual se encargaba de abrir y cerrar el museo. El hombre encontró todas las luces prendidas luego de cerciorarse de haber cerrado el lugar y haber apagado todas las luces. Por supuesto nadie entraba antes que el. Y también se había percatado de que Robert estaba en una posición diferente dentro de su caja, y sus pies tenían polvo fresco, como si hubiese caminado por aquel sitio... Adicionalmente, los visitantes del museo han reportado experiencias raras, como golpes en el cristal o parpadeos del muñeco. De hecho, tal es su reputación de maldito, que se rumorea que nadie debe fotografiar a Robert sin su permiso: hay que pedirlo y, si Robert mueve ligeramente la cabeza hacia abajo, entonces se prosigue, pues en caso contrario lanzará una maldición sobre el hozado y sus familiares.

Bien se ve que la gente continúa temiéndole, la mayor muestra de eso son las numerosas cartas que cubren las paredes del museo, solicitando que Robert sea exorcizado para que deje de estar maldito...


FUENTE: Este artículo fue extraído de pasarmiedo.com, el mismo es mayoritariamente una traducción de una publicación realizada en la web altereddimensions.net

 
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