Mostrando entradas con la etiqueta Historias de terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de terror. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de enero de 2018

Sr. Bocón (Mr. Widemouth) - Historias de terror



Durante mi infancia, mi familia era como una gota de agua en un río vasto, nunca permaneciendo en una misma locación por mucho. Nos asentamos en Rhode Island cuando tenía ocho años, y ahí nos quedamos hasta que fui a la universidad en Colorado Springs. La mayoría de mis recuerdos están arraigados a Rhode Island, pero hay fragmentos en el ático de mi cerebro que pertenecen a los varios hogares en los que vivimos cuando era mucho menor.

Gran parte de estas memorias son vagas y sin sentido —perseguir a otro niño en el patio de una casa de Carolina del Norte, tratar de construir una balsa para flotar en el lago detrás del apartamento que rentamos en Pensilvania, etc—. Pero hay un repertorio de memorias cristalinas, como si las hubiese experimentado hace solo una temporada. Con frecuencia, me preguntaba si estos recuerdos eran simplemente sueños lúcidos causados por la enfermedad prolongada que contraje en primavera. Sin embargo, en lo profundo de mi corazón, sé que son reales.

Vivíamos en una casa afuera de la metrópolis desbordante de New Vineyard, Maine. Era una estructura grande, en especial para una familia de tres integrantes. Incluso hubo varias habitaciones que nunca me molesté en revisar durante los cinco meses que residimos ahí. Por donde se lo mirara, era una pérdida de espacio. De todas formas era el único domicilio a la venta en aquel momento, al menos que quedara a una hora de viaje de donde mi papá trabajaba.

Transcurrido mi quinto cumpleaños (al que solo atendieron mis padres), caí en cama enfermo por fiebre. El doctor dijo que era mononucleosis, lo que significaba que no podía sobreesforzarme y que la fiebre se quedaría conmigo por tres semanas más. La necesidad de estar encamado no pudo ser más inconveniente, puesto que estábamos en el proceso de empacar nuestras cosas para mudarnos a Pensilvania y la mayoría de mis posesiones ya habían sido confinadas a cajas, dejando mi habitación desértica. Mi mamá me traía ginger ale y libros varias veces al día. El aburrimiento siempre acechaba desde el otro lado de la esquina, queriendo asomar su desagradable rostro y martillar sobre mi miseria.

No recuerdo precisamente cómo conocí a Mr. Widemouth (Señor Bocón). Creo que fue alrededor de la semana en la que me dieron el diagnóstico. Mi primera memoria de la pequeña criatura fue preguntarle si tenía nombre. Me dijo que lo llamara Mr. Widemouth, porque su boca era larga. De hecho, todo en él era grande en comparación a su cuerpo, su cabeza, sus ojos, sus orejas curvadas, pero su boca era, por mucho, lo más prominente.

Te ves como un Furby —le dije en tanto él se sumergía en uno de mis libros.

Mr. Widemouth se detuvo y me lanzó una mirada de confusión.

¿Furby? ¿Qué es un Furby? —preguntó.

Me encogí de hombros.

Ya sabes, el juguete. El robot pequeño de orejas grandes. Lo puedes acariciar y alimentarlo, casi como si fuera una mascota.

Ah.

Mr. Widemouth retomó su actividad, para luego decir:

No necesitas uno de esos. No son iguales a tener un amigo de verdad.

Recuerdo que Mr. Widemouth desaparecía cada vez que mi mamá se pasaba para ver qué tal seguía. «Me escondo debajo de tu cama —me aclaró después—. No quiero que tus padres me vean, porque temo que no nos permitirán seguir jugando».

No hicimos mucho durante los primeros días. Mr. Widemouth solo ojeaba mis libros, fascinado por las historias y las imágenes que contenían. A la tercera o cuarta mañana luego de haberlo conocido, me saludó con una gran sonrisa en su rostro.

Tengo un juego nuevo. Aunque debemos esperar hasta luego de que tu mamá termine de revisarte como lo hace todas las noches, porque ella no nos debe ver jugar. Es secreto.

Después de que mi madre me trajera más libros y soda a la hora usual, Mr. Widemouth se deslizó de debajo de mi cama y me tomó de la mano.

Tenemos que ir a la habitación al final de este pasillo.

Me opuse al comienzo, dado que mis padres me habían prohibido abandonar la cama sin su permiso; pero Mr. Widemouth persistió hasta que desistí.

El cuarto en cuestión no tenía ningún mueble o papel tapiz. Su única característica distintiva era una ventana en el lado opuesto a la entrada. Mr. Widemouth corrió por la habitación y abrió la ventana con animosidad. Luego me alentó a ver hacia el terreno debajo.

Estábamos en el segundo piso de la casa, pero ahora nos ubicábamos en una colina, y desde ese ángulo la caída era mucho más precipitada debido a la inclinación.

Me gusta fantasear aquí —explicó Mr. Widemouth—. Pretender que hay un trampolín grande y acolchonado bajo la ventana, y saltar. Si fantaseas con esmero, rebotas hasta acá como una pluma. Quiero que lo intentes.

Yo era un niño de cinco años con fiebre, así que solo una pizca de escepticismo atravesó mis pensamientos en tanto miraba hacia abajo y consideraba la posibilidad.

Es una gran caída —le dije.

Pero eso es parte de la diversión. No sería entretenido si solo fuera una caída corta. Si fuera así, mejor saltas en un trampolín real.

Jugué con la idea, imaginándome mientras buceaba entre la delicadeza del aire, solo para rebotar devuelta hacia la ventana en algo que era invisible para el ojo humano. Pero el realismo prevaleció.

Quizá en alguna otra ocasión —concluí—. No sé si tengo suficiente imaginación. Me podría lastimar.

Apenas por un instante, el rostro de Mr. Widemouth se contorsionó en un semblante de desaprobación. Y el enojo dio lugar a la decepción.

Si tú lo dices —me contestó.

Pasó el resto del día bajo la cama, tan callado como un ratón.

La mañana siguiente, Mr. Widemouth llegó sosteniendo una caja.

Quiero enseñarte a hacer malabares —me dijo—. Aquí hay unas cosas que podemos usar para practicar antes de que comience con las lecciones.

Miré la caja. Estaba llena de cuchillos.

¡Mis padres me van a matar! —le grité, aterrorizado de contemplar esos elementos filosos en mi habitación, objetos que mis padres nunca me permitirían tocar—. ¡Me van a nalguear y castigar por un año!

Mr. Widemouth frunció el ceño.

Es divertido hacer malabares con estos. Quiero que tú lo intentes.

Empujé la caja lejos de mí.

No puedo. Me meterá en problemas. Los cuchillos no se tiran al aire.

El ceño de Mr. Widemouth se acentuó. Agarró la caja y se deslizó bajo mi cama, permaneciendo ahí por el resto del día. Me comencé a preguntar qué tan a menudo estaba debajo de mí.

Tuve problemas para dormir luego de aquello. Mr. Widemouth me despertaba por las noches con frecuencia, diciéndome que había puesto un trampolín real en la caída de la ventana, uno grande, uno que no podría ver por la noche. Siempre lo ignoré y traté de volver a dormir, pero Mr. Widemouth insistía. Más de una vez se quedó despierto a mi lado hasta temprano por la mañana alentándome a saltar.

Ya no era divertido jugar con él.

Una mañana mi mamá me dio permiso para caminar afuera. Pensó que el aire fresco me caería bien, especialmente luego de estar confinado a mi habitación por tanto tiempo. Eufórico, me puse mis zapatillas y troté hacia el porche, añorando la sensación del sol en mi rostro.

Mr. Widemouth me estaba esperando.

Tengo algo que quiero que veas —me dijo. Debí de haberle respondido con una miraba reticente, porque luego acotó—: Es seguro, te lo prometo.

Lo acompañé por el inicio de un sendero que se extendía desde el bosque tras la casa.

Este es un camino importante —me explicó—. He tenido muchos amigos de tu edad. Cuando están listos, los llevo por este sendero hacia un lugar especial. Tú no estás listo aún, pero un día espero poder llevarte.

Regresé a casa preguntándome qué clase de lugar yacía más allá del camino.

Dos semanas después de que conocí a Mr. Widemouth, la última carga de nuestras cosas había sido empacada en un camión de mudanza. Yo iría en la cabina del camión, sentado junto a mi padre, durante el largo viaje hacia Pensilvania. Consideré decirle a Mr. Widemouth que me marcharía, pero incluso a los cinco años de edad comenzaba a sospechar que las intenciones de la criatura no tenían en mente mi bienestar, a pesar de que él estipulara lo contrario. Por esta razón, decidí mantener mi partida en secreto.

Mi papá y yo estábamos en el camión a las cuatro de la madrugada. Él esperaba llegar a Pensilvania por la tarde del día siguiente con la ayuda de suministros infinitos de café y bebidas energéticas. Parecía más un hombre que estaba por correr en un maratón que uno que estaba a punto de pasar dos días sentado.

¿Suficientemente temprano para ti? —me preguntó.

Yo asentí y coloqué mi cabeza contra la ventana, esperando dormir antes de que el sol saliera.

Abrí mis ojos en tanto nos colocábamos en la carretera. Vi la silueta de Mr. Widemouth en la ventana de mi cuarto, parado y sin moverse hasta que el camión avanzó por la carretera principal. Entonces se despidió lastimeramente con una mano. No le devolví el gesto.

Regresé a New Vineyard luego de varios años. La parcela de tierra sobre la que se alzaba nuestro hogar ahora estaba vacía, excepto por los cimientos, dado que la casa sucumbió a un incendio años después de que nos mudamos.

Por curiosidad, seguí el camino que Mr. Widemouth me enseñó en el bosque. Una parte de mí esperaba que apareciera por detrás y me sacara un buen susto, pero sentí que se había ido, como si estuviera atado de alguna forma a la casa que ya no existía.

El camino terminó en un cementerio de New Vineyard. Noté que muchas de las lápidas pertenecían a niños.


Fuente: Escrito por perfectcircle35. Extraído de www.creepypasta.org traducida por Tubbiefox (Administración de Creepypastas.com)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El ángel de la muerte - Historias de terror



Todos describen a los ángeles como seres cuya belleza es majestuosa y que su canto es lo más dulce del universo. Después de lo que me sucedió, no puedo estar de acuerdo con eso…

Era una fría noche de julio, estaba solo en mi casa, y como de costumbre, me encontraba sentado en la computadora de mi cuarto navegando en internet. Eran aproximadamente las 3 de la mañana cuando escuché un ruido extraño en la planta baja, fue un golpe seco. No le di mucha importancia y continué mis quehaceres. Al cabo de un rato percibí otro golpe, esta vez más fuerte, así que decidí bajar a comprobar el motivo.

Apenas salí de la habitación la puerta se cerró detrás de mí y todas las luces se apagaron. El ambiente se envolvió en una oscuridad absoluta. En ese instante comencé a sentir un frío congelante y enseguida empecé a tiritar. Me dispuse a bajar las escaleras. Cuando ya casi llegaba a la planta baja, pude oír ruidos de cristales rompiéndose. Cada estruendo me provocaba un dolor inimaginable en la cabeza, hasta que de pronto volvió la electricidad. Escuche que la puerta de mi cuarto se abrió lentamente, el sonido que produjo me crispó tanto los nervios que decidí salir de la casa. Corrí incansablemente hasta alejarme lo suficiente. Al darme vuelta lo vi, allí estaba, parado en la puerta, una silueta oscura de lo que parecía ser un ángel. Cometí la terrible estupidez de contemplarlo por un rato. Se aproximaba hacia mí a una velocidad considerable. Solo podía verle la cara, que por cierto era bellísima, y además, cantaba con una voz tan dulce que relajó todos los músculos de mi cuerpo al instante.

Sin embargo a medida que acortaba la distancia conmigo, su rostro se tornaba horrible, y por si fuera poco su canto se distorsionaba progresivamente hasta convertirse en gritos desgarradores. En ese momento tome la decisión de correr con todas mis fuerzas, me alejé lo que más pude, precipitándome tanto que inevitablemente tropecé y gracias al fuerte golpe que me di en la cabeza me desmayé.

Cuando desperté estaba en el domicilio de mi tío, que vive a unas pocas cuadras de mi casa. Me había encontrado tirado en la calle con un moretón en la cabeza al venir del trabajo y decidió traerme acá. Desde ese día no he vuelto a asistir a una iglesia, y cuando veo la imagen de un ángel me altero y empiezo a convulsionar, será el trauma que me causó aquella experiencia. Ahora, para evitar problemas, vivo encerrado en la casa que pertenecía a mi difunto padre, y nunca más volveré a lo que una vez fue mi hogar.


Fuente: creepypastas.com

martes, 17 de octubre de 2017

Piso 11 - Historias de terror



El edificio donde se mudó Miguel solo tenía un ascensor. Esto podría haber sido un inconveniente considerando los 11 pisos que tenía el lugar, pero al no haber muchos inquilinos nunca se presentaron problemas. Al llegar se encontró a un anciano fregando el piso de la entrada. Era muy extraño encontrar a alguien trabajando a esas horas de la noche, por lo que supuso que estaba a tiempo completo. Sin darle importancia, se encaminó a su habitación, ubicada en el décimo piso.

-¿Eres el nuevo?- Preguntó el anciano cuando el chico pasó a su lado.

-Eh... sí señor. Me acabo de mudar.

-Bien, eso significa un cuarto más que limpiar- Contestó secamente -Más te vale no causar alboroto.

-No se preocupe, no suelo ser muy sociable…- Respondió Miguel bajando la vista.

-Eso es bueno…- Continuó el conserje dirigiéndole una mirada inquisidora y sonriendo, dejando entrever una hilera de dientes careados -Aquí solo tenemos una regla, chico. Puedes ir a cualquier lugar del edificio, pero está terminantemente prohibido ir al último piso. Dicho esto, el anciano recogió sus cosas y se alejó rengueando, dejando a Miguel anonadado y sin una explicación sobre aquella misteriosa norma. El chico suspiró y tomó el ascensor para ir a su cuarto.

El día siguiente resultó muy normal por la mañana. Se despertó temprano y se preparó para ir a estudiar. En la entrada volvió a encontrarse con el anciano, pero esta vez ni siquiera lo miró. Miguel volvió ya muy entrada la noche, muerto de sueño y con el único deseo de tumbarse en la cama hasta el día siguiente. Esta vez no encontró al viejo en el vestíbulo, aunque no se dio cuenta de ello. Siguió de frente y entró al ascensor, donde presionó el botón con el número 10. Estuvo adormecido siendo arrullado por el suave movimiento del ascensor hasta que vio que se acercaba a su piso. Sin embargo algo sucedió… el ascensor siguió subiendo hasta el último piso. Ahora tenía prendida la luz en el botón desvencijado donde se mostraba un número 11 casi borrado. Sorprendido supuso que en su trance somnoliento había apretado mal, así que abrió las puertas y salió a curiosear.

-¿Qué haces aquí?- Preguntó una voz ronca a su espalda. Miguel se volteó y se encontró con el viejo, que gruñendo y lanzando juramentos lo apresuró a que se volviera a meter al ascensor y lo escoltó hasta su cuarto. Miguel, por su parte, tenía tanto sueño que se tiró en su cama y durmió plácidamente.

El día siguiente fue muy similar. El joven se despertó, salió y no volvió hasta la noche. En la entrada recibió una llamada de su hermano Julius, el cual le había pedido hace unos días que le comentara si valía la pena mudarse al edificio, así de paso, hacerse compañía. Inmediatamente le respondió que sí, por lo que su hermano le comunicó con agrado que ya tenía todo listo y posiblemente en tres días estaría por allí. Miguel guardó su celular y entró al ascensor. Apretó el botón 10 con toda seguridad y esperó pacientemente. Pero algo volvió a fallar… Piso 11 nuevamente. Miguel se asustó, estaba convencido de que el viejo lo regañaría otra vez, así que volvió a apretar el botón 10; más el ascensor no se movió un ápice. Siguió oprimiendo impacientemente hasta que de imprevisto las puertas se abrieron. Salió con lentitud, mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad del lugar. Todo parecía antiguo, con signos de quemaduras y hollín en las paredes. El chico continuó avanzando tanteando en la negrura del cuarto hasta que logró vislumbrar una débil luz al fondo. Se acercó y se topó con el anciano, que se encontraba de espaldas, sosteniendo una vela que emitía una tenue luz.

-Disculpe, señor- Murmuró Miguel -El ascensor se malogró y me trajo hasta aquí… El decrépito viejo no respondió ni se volteó. Se quedó dándole la espalda mientras siseaba unas frases con una voz desagradable y áspera.

-Ya van cinco años desde el accidente… todo el piso explotó… todos muertos… nadie se salvó… ni… yo. El viejo volteó y mostró su rostro desfigurado por el fuego, con una horrenda mueca. Miguel intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca. Estaba petrificado del miedo, y no pudo hacer nada cuando aparecieron multitud de figuras a su alrededor que se abalanzaron sobre él, obligándolo a acompañarlos en su mundo de sufrimiento y penitencia por la eternidad.

By Dark Funeral

martes, 7 de marzo de 2017

"Ana" por Esteban Di Lorenzo - Historias de terror



Terminé el libro y lo dejé sobre la mesita de luz. Cerré los ojos y traté de no pensar en la historia para poder dormir, pero se me hizo imposible desprender la protagonista del fondo de mi cabeza. Los demás personajes que sobrevivieron eran parte de mí. Ya formaban parte de mi historia. Al cabo de unas horas logré dormirme, despejado.

Llegó un nuevo día y me levanté para vivirlo, sin pensar en su ausencia. Fui a trabajar y las horas pasaron pesarosas. Una parte de mí se mantenía con la misma historia que había terminado la noche anterior, y la otra armaba artefactos metálicos como si estuviera en el auge del fordismo: sin respiro.

Salí cansado, pero con ganas de seguir con las horas que quedaban. Llegué a casa y me puse a acomodar todo de mala gana. Si no había alguien para que lo disfrute, si ya no estaba Ana para ver lo que hacía, ¿de qué servía? Si era por mí, ni siquiera me haría de comer, pero por algo tenía que seguir.

Cansado, no cené. Ni siquiera me había acordado de prender las luces. La iluminación del exterior relucía entre el barniz limpio de los muebles que había heredado de mis abuelos.

Una vez acostado, decidí volver a leer el libro para olvidarme de los días que estaba viviendo. Eso hice. No tuve que levantarme para ir a trabajar, no me había dormido.

Ese día pasó a mitad de marcha. Todo fue en cámara lenta. Los recuerdos de ella me tumbaban. Distintos puntos de mi vida quedaron marcados para siempre.

La casa estaba limpia. Todavía mantenía el olor a desinfectante que había usado el día anterior. Entré directo a la habitación y abrazado por las sombras recorrí con la vista el lugar, esperando que se acostumbre a la oscuridad. Noté que algo se movía sobre la cama. Una figura. Una pequeña estaba sentada en el borde, apoyada en el velador. Prendí la luz asustado y desapareció. El libro estaba abierto en la última página. Lo cerré de un golpe. Esa noche no lo iba a tocar más. No quise pensar que pasaba. Me acosté, vestido como estaba y con los recuerdos de mi Ana sobre mi piel oré lo mismo que todas las noches:

“Daría lo que fuera por tenerla algunos años más. Si es posible… cambiaría parte de mis años, de mi vida.” y al momento me dormí.

El sábado había sido fatal. Extrañaba trabajar para despejarme pero pasó. La tormenta del domingo me despertó alrededor de las cinco de la tarde. El despertador no sonó, la luz se había ido mientras dormía. Así como me olvidaba de comer, me olvidaba de las velas. No me levanté de la cama salvo para ir al baño. Me llevé algo por delante, pero no paré a tantear que era. Al volver, no pude entrar a la habitación. La figura que se había aparecido antes estaba situada en el mismo lugar, con su rostro sobre el libro. No quise prender la luz para que no se fuera. Decidí acercarme, opacando los ruidos. Pasé el ancho de la cama e intenté mirar su rostro. Me acerqué un poco más y al estirar mi mano para tocarla… se desvaneció.

El libro estaba abierto en la última página.

“Pá, él te cumplió mis visitas. Él te va a cumplir todo”.

Me petrifiqué. Tenía la fecha del día que la vi por primera vez. Tembloroso como las palabras de mi nena seguí leyendo.

“Pá, voy a seguir viniendo, pero mañana tendrías que ir al médico. Un día mío, son dos tuyos”.

Cerré el libro y leí sobre el lomo un garabato escrito con crayón “Diario íntimo de Ana”.

Me senté, respiré hondo y aguanté la punzada de dolor en mi pecho, aceptando el trato desde ese momento.

Hola, pá —susurró en una caricia.


Autor: Esteban Dilo

lunes, 6 de marzo de 2017

"El sótano" por Esteban Di Lorenzo - Historias de terror



«Uno es uno con otros; solo no es nadie».
Antonio Porchia


La apuesta es un hecho. Camino por la casa de los Quiroga, más que una casa es una mansión, donde el viejo vivió en sus últimos años. Hasta ahora todo lo que dicen por ahí, que está embrujada, es solo un rumor, espero que siga siendo así. Desde lejos se nota cómo los grises de las piedras se alimentan de las sombras, apagando los colores de los edificios cercanos.

Tengo que filmar las dos vueltas y lo único que me dejan llevar es mi celular, ilumino con él cada paso. Estoy con un miedo desmedido, mordiéndome los talones y aumenta cada vez que miro sobre mi hombro, siento que me miran. Una a una, las pisadas que doy me hacen crujir el estómago. Siempre traté de evitar este tipo de lugares; no me gusta exponerme a cosas que desconozco. Las malas lenguas dicen que en el pasado esta casa era únicamente para velar a los muertos; esas reuniones no las entiendo, me parece algo innecesario para la despedida de un simple envase. Cuando perdí a mi padre no asistí a su velatorio, no recuerdo la última vez que fui al cementerio.

Dos vueltas completas, quién me manda a mí a apostar; lo positivo es que no tengo que entrar a la casa. Cuando mis amigos me vieron pasar una vez, se rieron por cómo caminaba, encorvado y temeroso. Me chiflaban y me gritaban, volvían al segundo grado. No entiendo cómo de grande acepto que sean mis amigos, debe ser que tengo la necesidad de pertenecer a algo.

De todo lo que vi en la primera vuelta, lo más terrorífico está grabado como una foto. Si me pongo a pensar en mis recuerdos, los dolorosos están en un álbum de fotos íntimo. Lo bueno se esconde, se me escapa del día a día. Mi mamá siempre dice que somos lo que hacemos, pero yo no hago mi soledad.

La puerta de lo que parece ser un sótano tiene un ángulo llamativo, además, los bordes esculpidos en piedra parecen teñidos por el paso del tiempo. No me sorprende su estructura, que es por demás hermosa, sino la curiosidad que me llenó al verla. Me invita a pasar; pero, tengo que hacer la vista a un lado para que mi mente no cree algo que no está ahí.

Para cuando llegue al portón de salida, por segunda vez, la apuesta va a estar cumplida, mi palabra intacta y un valor agregado para contar algunas anécdotas en los campamentos del próximo verano.

La luna estira mi sombra sobre el piso adoquinado, los segundos me empapan. La niebla de la noche roza mi cara; la humedad se me impregna y la transpiración se clava en mi espina dorsal. Me siento frágil. Necesito salir de acá.

El patio trasero no termina nunca. Los árboles ahogan la luz, se mueven junto a la oscuridad, siendo una sola cosa. Los ruidos se acumulan entre las raíces, me alejan de lo real. Camino con la vista perdida, por las huellas que dejé la primera vez. No me falta nada, sólo un cuarto de los pasos que aposté. Si bien es un juego tonto, no deja de ser una apuesta: «El que pierde en el metegol tiene que aguantase su mayor miedo», y acá estoy, caminando entre la oscuridad y la soledad, mis peores enemigas desde hace años. Si pudiera volver el tiempo atrás, lo haría para callarme ese día que conté sobre la casa de Quiroga. O para despedir a mi papá.

Avanzo por el parque, silencioso. Los ojos de algunos animales me observan desde el fondo de la negrura de los arboles; sé que no era más que algún gato, igual, hizo que lo deje de mirar. El silencio es tan intenso que puedo sentir su eco.

Necesito tener la mente en blanco para poder terminar de la mejor manera. Diez pasos me separan de la puerta de doble hoja del sótano, cuando me golpea un aroma a jazmín tan dulce que me asqueó. Observo alrededor buscando la planta, pero solo encuentro el hormigón empapelando mi vista. No quiero mirar hacia el sótano. Pero la verdad es que no puedo evitarlo, estoy delante de él. Noto algo que antes había pasado por alto: no tiene una de sus tablas; se podía ver hacia dentro. Ahí, el aroma es intenso y entre lo dulce de las flores hay algo más, en el fondo, se puede sentir un picor amargo, un olor a encierro que es difícil de interpretar desde donde estoy.

Me arrimo a la puerta y puedo distinguir que un gran ramo de flores blancas yace sobre el suelo. Miro la cerradura, no me animo a tantear si está abierta. Sigo buscando una excusa para continuar con mi camino. Del interior llega a mí un aire tibio que me invita a entrar. Siento que tengo que hacerlo.

Me echo un poco hacia atrás para ver si los chicos aún están en la entrada; me quedo tranquilo al verlos cómo siguen cada movimiento que doy, me vuelvo a sentir acompañado, me dan un poco más de valor. Tengo que vencer mis miedos y este día es el indicado, no quiero volver a pisar este osario.

Apoyo mi mano sobre el picaporte y cede. Afuera, la brisa trae a mis oídos las quejas de mis amigos, al entrar, todos los gritos se apagan, hay paz. Me acerco al arreglo floral y ahí dentro noto cómo todo tiene otra perspectiva; están sin vida, secas y el aroma que antes era dulce y armonioso pasó a ser el agrio picazón que sentí antes. Es toda una mentira.

Veo a mis costados las placas con los nombres de los cadáveres que descansaban ahí. Entre ellos está el de Silvestre Quiroga, con un tallado de su cara. Se reflejan con un brillo quebrado, entre lo real y lo que alguna vez estuvo vivo. El miedo me atenaza el poco valor que me queda. Me cuesta respirar. El aire viciado y la humedad no me dejan pensar con claridad. Llamo a los chicos varias veces pero parece que mis palabras no salen de la habitación. Voy a la entrada. Intento agarrar el picaporte antes que la puerta se cierre; hace vibrar las paredes. La temperatura baja hasta tal punto que en el vidrio se puede ver la huella de una mano. El mareo no se hace esperar. Siento que me abrazan y no me dejan caer. El polvo que vi en la primera recorrida se vuelve a posar en los bordes. Parece que nadie hubiera tocado el sótano en años.

Trato de gritar. Abro la boca, aprieto la garganta, endurezco el pecho… pero no pasa nada. No se escucha nada.

Busco el celular, pero ya no está. No está en los bolsillos, no está en el piso. Intento gritar otra vez: ¡Dónde está mi celu!
Nada. Ni un hilo de mi voz consigo.

Alguien viene. Una sombra. Una sombra que tardo en reconocer pero que ya frente a mí identifico enseguida: Silvestre Quiroga. Es él.

Quiroga se hace presente —o lo que queda de él—, me agarra de la mano y me tira hacia él, acaso hacia su mundo. Siento sueño, cansancio. Pero es un cansancio distinto. Es… es como si mis latidos fueran apagados por las manos de la oscuridad. O de la eternidad tal vez.

El silencio pesa, lo puedo sentir.

Ya nadie sostiene mi mano. Quiroga se ha ido. Y, por alguna razón, no me siento más solo.

Veo a través de las maderas que alguien se mueve afuera. Soy yo, mi cuerpo de carne y hueso: camina tenue, pesaroso, hacia donde están mis amigos. Sus amigos.

Mis amigos ahora serán otros: el sótano de los cuerpos me adopta como a su nueva presa. Como su nuevo muerto. Y yo ya no temo: yo ya vencí mis miedos.


Autor: Esteban Dilo

jueves, 9 de febrero de 2017

"La tabla ouija" (microrelato) por Mauro Croche - Historias de terror



-No debes jugar con esa maldita tabla ouija. Ya te lo he dicho mil veces. Es peligrosa, puede atraer malos espíritus.

-Si no fuera por esa tabla, no estarías hablando conmigo, madre.

miércoles, 8 de febrero de 2017

"La apuesta" por Mauro Croche - Historias de terror



-Quiero hacer una apuesta a todos los hombres aquí presentes- dijo el tipo gordo del bar.

Todos giraron para verlo. El tipo vestía un saco gris y algo raído, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente pese a que se había sentado frente al aire acondicionado, y en conjunto parecía un borracho triste que no tenía nada para perder. El hombre sacó un pañuelo de tela y se enjugó la cara aceitosa, a la espera de respuestas. El primero en hablar fue el cantinero:

-Diga la apuesta, y nosotros diremos sí o no.

-Les voy a mostrar algo- dijo, guardándose el pañuelo en el bolsillo trasero del pantalón. -Lo más horroroso y repugnante que verán en sus vidas.

-¿Y cuál es la apuesta?- dijo un anciano solitario, sentado frente a su vaso de ginebra, que miraba al gordo con una mezcla de interés y repulsión.

-Bueno… pues esa. Que lo que les mostraré será lo más horroroso y repugnante que jamás hayan visto.

-No será algo de maricas, ¿verdad?- el cantinero había dejado de hacer sus tareas y dirigía al gordo una mirada amenazante. -Es decir, no nos mostrarás tus partes íntimas, o alguna cosa así, ¿verdad?-.

-No es nada relacionado con eso.

-¿Lo más horroroso y repugnante?- el viejo solitario arrimó su silla unos diez centímetros, con los ojos de repente brillantes. -En mi vida vi muchas cosas feas, amigo. Una vez vi a un tipo cortado en dos en las vías del tren. Y también vi un ahorcado. Su cara estaba verde y la lengua le colgaba como un trozo de alga sangrienta. ¿Usted dice que lo que mostrará es más horroroso que eso?-.

-Mucho más horroroso- dijo el gordo, con una triste sonrisa.

-¿Lo tiene usted consigo?

-Claro- dijo el gordo, siempre mostrando su sonrisa distante y lacónica, como quien recuerda algo agradable que no regresará jamás. -Está aquí conmigo-.

-¿Dónde?

-No puedo decir eso todavía. ¿Aceptan la apuesta o no?

-Aguarde un momento- dijo el cantinero, frunciendo el entrecejo y colocando sus manazas sobre el mostrador. -Hace mucho, cuando era joven, atropellé a un chico en la calle. Yo iba en mi automóvil y el pobre se atravesó para buscar una pelota. Detuve el auto y me bajé, agarrándome la cabeza y pensando que me había metido en un gran lío. Pero cuando miré hacia atrás, el chico no estaba. Lo busqué debajo del auto y en un zanjón que corría paralelo al camino: no había nadie. Estaba comenzando a creer que había imaginado todo cuando se me ocurrió abrir el capó: el niño estaba ahí, metido entre el cigüeñal y la caja de transmisión. Fue lo peor y más triste que vi en mi vida. Aún después de tantos años, sigo soñando con eso. ¿Y usted me dice que lo que me enseñará es peor que eso?

-Así es- dijo el gordo, volviendo a enjugarse el sudor con su pañuelo roñoso. -Es mucho peor-.

-Entonces me gustaría ver eso- dijo el cantinero, aunque un escalofrío recorrió su cuerpo. -Apuesto cincuenta dólares-.

-Y yo cincuenta más- agregó el anciano.

-Y yo otro tanto- dijo un tipo que bebía su whisky barato.

-Lo que vi yo es mucho peor que todo lo de ustedes juntos- dijo una voz en las sombras. Era un hombre calvo sentado en la punta, donde una lámpara se había quemado y nunca más había sido repuesta. Lo envolvía una bruma de cigarrillo que permanecía estática en el aire. Se acodó en la barra y empinó un trago. Luego, con ojos vidriosos, dijo: -Mi mujer murió a los treinta y cinco. Mi vida se terminó ahí. La enterramos en el cementerio del pueblo, pero entonces sucedió el famoso terremoto de San Juan días después. Yo justo estaba en el cementerio cuando ocurrió, visitando la tumba de mi esposa. Vi cómo la tierra se abría, el cajón salía a la superficie y se partía como un huevo. Mi esposa, mi pobre y querida esposa… vi que asomaba su rostro, como un niño jugando al escondite. Pero su rostro… su rostro... no era el que yo había amado. Era…-

El hombre tomó otro trago, y los otros permanecieron en un respetuoso y horrorizado silencio durante unos segundos.

-Era el de una pesadilla triste y horrorosa a la vez- miró al gordo y luego su cuerpo se convulsionó en un sollozo. -Discúlpeme, pero no creo que pueda igualar ese horror-.

-Siento mucho lo de su esposa- dijo el gordo con voz suave, secándose por enésima vez el sudor que le corría a auténticos baldazos, -pero lo que yo tengo… es peor. Mucho peor-.

-Cien dólares- dijo el hombre, dando un puñetazo de rabia sobre el mostrador. -Le daré cien dólares si me muestra algo peor que lo que yo vi-.

-Aceptado- dijo el gordo.

-Muéstrenos de una buena vez- se impacientó el cantinero.

El aire del bar de repente parecía haberse enrarecido. El chirriar del aire acondicionado se hizo distante, como si estuviese en otra habitación. El gordo se paró y se sacó el traje, dejando al descubierto una camisa totalmente empapada en sudor.

-¿Qué está haciendo?- se sobresaltó el cantinero. -Le dije que no quiero nada de cosas maricas en mi bar-.

-Sólo me saqué el traje- dijo el gordo, mientras colgaba la prenda al respaldo de la silla. -Es este calor. Siempre tengo calor. Les mostraré en un minuto, pero primero quiero refrescarme un poco. ¿Puedo sacarme la camisa?-

-Claro que no- dijo de inmediato el cantinero. -Aquí no hay lugar para esas cosas. De verdad le digo. Más vale que no… ¡Hey, le dije que no lo haga!-.

Pero el gordo, sin escuchar las amenazas, se sacó la camisa de un tirón. Quedó al descubierto un estómago blanco e hinchado, realmente enorme, que se movía como si fuese una bolsa que contenía algún tipo de líquido en ebullición. Y luego, ante los gritos del cantinero, comenzó a arrancarse la piel. Primero fue la de los brazos, que se desprendió como si fuesen guantes, dejando al descubierto los músculos ensangrentados y pulsantes. Después siguió con la piel de la cara y del resto del cuerpo. El gordo iba dejando los jirones de piel sobre la mesa, y al final había una montaña increíble de piel sangrienta y de apariencia resbaladiza. El gordo caminó hacia la barra, dejando un rastro de sangre tras de sí, y se sentó sobre un taburete. Los otros hombres gritaban y se apartaban de él. El cantinero se había perdido en la trastienda, y los clientes entrechocaban entre sí en busca de la salida.

El gordo metió la mano en su abultado estómago y sacó unos dos kilos de grasa con los dedos.

La arrojó a un lado y el bofe de adiposidad cayó al suelo con un húmedo y repugnante ¡plaf! El gordo siguió escarbando. La grasa acumulada en su estómago era realmente cuantiosa, había unos cuarenta kilogramos de tejido adiposo pegado a los músculos, que el gordo pacientemente fue desprendiendo con sus dedos y arrojando a un costado del taburete. Unas ratas, que habían olfateado la sangre y la comida, salieron de sus cuevas y comenzaron a comer de la grasa del gordo. Cuando el tipo finalmente terminó de escarbar su cuerpo, tomó un trago del whisky que había dejado alguien y miró alrededor. El bar estaba vacío. El aire acondicionado chirriaba y las ratas a sus pies masticaban con fruición los trozos de adiposidad de su cuerpo.

-Ahora se está mejor- dijo el gordo en voz alta, con evidente alivio. -Ahora ya no tengo calor- miró hacia uno y otro lado y dijo: -¡Hey chicos, vuelvan! ¡Ya no tengo calor! ¡Y todavía no les mostré esa cosa horrorosa que habíamos apostado!-.

Nadie le respondió. Al cabo de un rato, el gordo se encogió de hombros y dejó el importe de su consumición sobre la barra, propina incluida. Luego se paró del taburete y, lentamente, se encaminó a la puerta entreabierta, donde un Sol agobiante, casi infernal, lo esperaba con su paciencia de mil millones de años...

lunes, 6 de febrero de 2017

"El dedo" (microrelato) por Mauro Croche - Historias de terror



El médico examinaba inquieto la mano izquierda de la mujer. Tenía el dedo índice amputado.

-¿Qué fue lo que sucedió señora Olson?

-Mi marido - respondió la mujer -. Discutimos y me arrancó el dedo de un mordisco. Eso fue lo que pasó-.

-Discúlpeme que me entrometa, pero como profesional debo hacerlo. ¿Hizo la denuncia en la policía?

La mujer lo miró y sonrió con malicia, pero no dijo nada.

Dos pisos más abajo, en la morgue del hospital, el forense extraía un dedo de la garganta del hombre muerto y escribía en el informe: "Causa de muerte: Asfixia por obstrucción".


lunes, 23 de enero de 2017

La inmaculada concepción de María Rosenthal - Historias de terror



Esta es una historia que ha pasado de generación en generación por los pasillos de los monasterios y conventos religiosos, tal como aquel relato de los túneles que conectaban a los sacerdotes con las monjas, ha sobrevivido por siglos en un boca a boca feligrés.

Se cuenta que en el Monasterio Hohenwart (Alemania) allá por 1742 la Hermana Josephine Rosenthal apareció repentinamente embarazada. Se la sometió a varios exámenes dando como resultado la confirmación de su virginidad, además se determinó la imposibilidad de quedar preñada en su estadía en el monasterio. Su historia había llegado a los oídos del abad y, embarazada de 6 meses, fue llevada ante el Consejo de Benedicto XIV. Fue inspeccionada nuevamente, y se ratificó que Josephine había sufrido inmaculada concepción. A pesar de los intentos de sofocar la popularidad de esta historia, el Padre Aaric acordó que el supuesto evento sagrado debía ser visto como buena señal, y Josephine fue movida de su convento a una capilla donde se la podía venerar.

Fue un momento auspicioso para el monasterio, fundado en 1074 por el conde Ortolf y su hermana Wiltrudis, el último de la familia noble de la Ratoponen. Josephine había nacido en el convento de monjas, y había vivido una existencia ortodoxa. Su único contacto con los hombres era el abad, aunque su estilo de vida fue examinado por cuestiones de fe.

Josephine dio a luz una niña a los 8 meses de embarazo, lamentablemente moriría en la labor de parto debido a la pérdida de sangre. La niña fue bautizada como María siendo recibida con entusiasmo por las monjas más no así por el consejo de Benedicto XIV quienes esperaban un varón para usarlo como un nuevo seudo mesías y anunciar la segunda venida de Cristo.

A pesar de esto la multitud empezó a venerar a la niña, la consideraban una santa, la visitaban todos los días y pronto se convirtió en un estandarte femenino. Escribiría varios libros sobre el mal trato que recibía la mujer en la institución eclesiástica, tratados que eran recibidos de muy buena manera por el pueblo.

Poco a poco la iglesia católica temía el ascenso de una nueva María amenazando ser cabeza de la institución.

Súbitamente, a la edad de 33 años, María cae enferma. Los síntomas se agravan y muere repentinamente. Al inicio su deceso fue visto como otro signo mesiánico, al ser la misma edad en la que supuestamente murió Jesucristo. Las monjas, compañeras inseparables de María, embalsamaron sus restos y en el proceso descubrieron que estaba embarazada, el feto había muerto quien sabe hace cuánto y fue el responsable de ocasionar el fallecimiento de María.

El secreto fue guardado y sus restos pasaron de generación en generación. Lo único que quedó de ella fue una parte de su cráneo colocado con su rosario en una caja de madera, un vial de su sangre dentro de un pequeño recipiente de vidrio, y acompañando al conjunto dentro de una caja de pan de oro un mechón de su pelo y un fragmento de su segundo tratado religioso en pro de la mujer.

Debido a la fama sus restos fueron analizados tanto a inicios del siglo XX como en la década de 1950, y dichos estudios encontraron que sus despojos contenían desequilibrios hormonales únicos.

María, al igual que su madre, había sido hermafrodita, capaz de autofecundarse espontáneamente y dar a luz, una condición extremadamente rara que puede llegar a ser mortal.

Un mito verdaderamente fascinante que bien podría explicar las inmaculadas concepciones de los tiempos bíblicos, una teoría más para la supuesta concepción de Jesucristo.

Se dice que el cuerpo de María fue decapitado luego de su muerte a manos de los clérigos fanáticos conscientes del embarazo de ésta, creyendo que fue obra demoníaca más que divina.

Sea como fuere sabemos muy bien que cada mito esconde algo de realidad, quizá esta historia está hermanada con aquella de la carta de Tarot ‘La Papisa’, la única mujer que logró ser sumo pontífice disfrazándose de hombre y delatándose al dar a luz en plena recreación del vía crucis para luego morir apedreada por la multitud.

jueves, 19 de enero de 2017

Le Nuit - Historias de terror



Charles era un músico francés especializado en el Ambient, un género musical enfocado a evocar entornos o ambientes, antes que en crear melodías. Admiraba a The Orb, a Pete Namlook, a Aphex Twin (antes de despertar su vena electrónica), y a muchos otros grandes del género, pero sobre todo a Tangerine Dream y a Lustmord, padre del Dark Ambient, que lo había deslumbrado con Metavoid y su poder para transmitir los abismos del cosmos, o Heresy y sus sonidos subterráneos, idóneamente combinados para un gran viaje imaginario al infierno.

Charles ya había hecho cosas grandes, pero ahora tenía en mente algo más experimental y, en cierta forma, personal. Le llamaría “La Nuit” (“la noche” en francés) a su nuevo álbum, en el cual tendrían protagonismo los propios sonidos que él hacía al dormir. Imaginó su bostezo, el viento agitando su ventana, los perros que a veces ladraban en la lejanía, las lechuzas y su poder para darle a las tinieblas un ropaje acústico que reflejara a las temidas brujas de la Edad Media: esos y otros ruidos naturales, dispuestos sobre un sutil fondo melódico, casi seguramente con varias capas en algunos intervalos de la composición… Podría ser magnífico, podría orientarlo hacia evocaciones que topen con lo surrealista, o probar a crear algo equivalente al realismo mágico pero en el campo musical.

Visionando su nuevo proyecto, Charles compró equipos acústicos de avanzada tecnología, eligiendo las mejores marcas disponibles. Esos equipos debían captar no solamente los ruidos que él hacía al dormir, sino todos los sonidos de su entorno, tanto cercano como, hasta cierto punto, lejano. Y es que vivía en un área rural, dentro de una casa grande que no compartía sino únicamente con invitados ocasionales. Eso resultaba perfecto para el proyecto, porque no se escucharían alarmas de coches, ni nada que demostrara la agitación de la urbe y el artificio de la tecnología, tan distante de la naturaleza y su potencial para reflejar la esencia primigenia de la noche.

Así, fue un 27 de septiembre cuando por fin tuvo todo listo, durmiéndose pocos minutos antes de la medianoche. Cabe aclarar que, para Charles, “dejar todo listo” no implicaba únicamente ubicar los equipos en posiciones estratégicas, sino también impedir que ciertos “objetos” aparecieran en la grabación, por lo cual desconectó los teléfonos y todos los aparatos que pudieran hacer ruido. Cerró la puerta de su cuarto y de la sala. Además trasladó a su perro con un pariente, ya que a veces el animal se ponía a ladrar de noche, y podría resultar un problema en el audio. Finalmente, antes de dormir revisó cada rincón de la casa, asegurándose de que estuviese completamente solo.

A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol entraron por la ventana y lo despertaron, Charles corrió a recolectar la grabación obtenida a través de los aparatos. Su tos nocturna, la cama chirriando cuando él intentaba acomodarse, los perros de una granja cercana, un avión que infortunadamente pasó cerca. Todo bien, excepto cuando revisó el intervalo que va desde las 3:00 am hasta las 4:00 am. Y es que, a las 3:24 am precisamente, escuchó claramente que la puerta de su cuarto se abría. No, no era otra puerta: era esa, y lo sabía porque aquella puerta siempre hacía un ruido particular al abrirse, debido a un problema que no había solucionado por considerar de poca importancia. Estaba aterrado, más aún cuando recordó lo que siempre había considerado una superstición: que las 3 de la madrugada era la hora de mayor actividad paranormal, la Hora del Diablo. Intentando calmarse, revisó los equipos y se enfocó en el que estaba cerca de la puerta de la sala: escuchó obsesivamente cada hora de grabación, sin encontrar que en momento alguno se haya abierto tal puerta… ¿Cómo podía ser? era la única puerta para ingresar en aquel cuarto, y las ventanas de abajo no se podían abrir ni cerrar, eran de vidrio fijo colocadas sobre cemento. Además las puertas tenían cerrojo; entonces: ¿era acaso un fantasma? Siempre había escuchado que de noche los espíritus se manifestaban más, porque el mundo y los vivos hacían menos ruido. Sí, ahora ya lo tenía claro, ahora por fin comprendía que “Le Nuit”, el título de su álbum, era mucho más grande de lo que había pensado, mucho más misterioso y… algo aterrador.

jueves, 12 de enero de 2017

El experimento ruso del sueño - Historias de terror y Cortos



A fines de los años 40, cuando aún la Unión Soviética era gobernada por el puño de acero de Stalin, un grupo de científicos rusos decidió llevar a cabo un experimento en que, a base de un gas estimulante, se mantendrían despiertos a cinco sujetos por un periodo de quince días.

Primeramente los cinco individuos fueron conducidos a un entorno cerrado a fin de que se pudiese monitorear el empleo de oxígeno, ya que el gas estimulante resultaba letal en elevadas concentraciones. A fin de observar cuidadosamente cada detalle del experimento, y ya que en ese entonces todavía no existía el sistema de “circuito cerrado” con cámaras de vigilancia, se emplearon micrófonos y unas ventanas con vidrios de 5 pulgadas de espesor. Por otro lado, la habitación contaba con libros, mantas para dormir cómodamente (aunque sin camas), agua corriente, un baño y provisiones alimenticias que alcanzaban para que los cinco sujetos sobreviviesen un mes entero.

Pero… ¿qué habían hecho aquellos individuos para estar allí? Eran prisioneros políticos y militares enemigos capturados durante la Segunda Guerra Mundial. Stalin había dicho una vez que “la violencia es el único medio de lucha, y la sangre el carburante de la historia” y, en concordancia con esa manera de pensar, miles de individuos habían sido torturados, enviados a trabajos forzados en Siberia, o asesinados con un tiro en la nuca. Pero el destino de estos prisioneros sería aún peor…

Durante los primeros cinco días todo estuvo relativamente bien y pocas eran las quejas, en gran parte porque los habían engañado, prometiéndoles la libertad si se sometían a la sencilla prueba de no dormir por 15 días. Curiosamente y ya en ese breve intervalo inicial de 5 días, los investigadores notaron que, mientras más tiempo pasaba, los sujetos se mostraban más propensos a hablar sobre eventos traumáticos de su pasado.

El primer punto de inflexión vino después de los 5 días iniciales, pues los sujetos comenzaron a quejarse de los hechos que, según ellos, los habían conducido a terminar en el experimento. Sus miradas ya no eran las mismas, sus gestos y actitudes denotaban el inicio de la paranoia. La camaradería de los días pasados se resquebrajó y dio paso a cinco individuos desconfiados, que ya no hablaban entre sí y que murmuraban alternativamente en los micrófonos, tratando de no ser vistos por sus compañeros y evidenciando que pretendían ganarse la confianza de sus captores al traicionar a sus camaradas. En opinión de los científicos, los cambios de conducta de los sujetos eran un efecto del gas y la privación de sueño.

Ya en el noveno día, uno de los reclusos comenzó a correr como loco por toda la habitación, gritando sin parar… Así se mantuvo unas tres horas, en un espectáculo atroz donde su voz, como consecuencia del desgaste de las cuerdas vocales, se tornó cada vez más ronca; además, naturalmente el hombre cayó algunas veces, pero siempre se volvía a levantar, pese a que estaba bañado en sudor e incluso llegó a escupir sangre antes de no poder dar más que alaridos ocasionales y, finalmente, caer presa del silencio, debido al evidente deterioro de sus cuerdas vocales.

En cuanto a sus compañeros, mostraron inicialmente una escalofriante indiferencia: seguían murmurando en los micrófonos, encerrados en sí mismos. Sin embargo, cuando un segundo sujeto se puso a correr y a gritar como el primero, dos de los tres que permanecían callados agarraron algunos libros, les arrancaron las páginas, defecaron, las cubrieron con sus heces y las empezaron a pegar en las ventanas de la habitación, tras lo cual los dos que habían tenido un episodios de locura dejaron de correr y, el que aún gritaba dejó de chillar.

Tres días después, los investigadores quisieron revisar los micrófonos; puesto que, desde lo sucedido con las ventanas, no se había escuchado palabra alguna o ruido en los micrófonos, pese a que el consumo de oxígeno indicaba que los sujetos vivían y que el nivel de utilización de dicho recurso era propio de quienes realizan ejercicios extenuantes…

Llegado el día 14, la preocupación por el estado de los voluntarios era muy grande y los científicos hicieron algo que inicialmente no pensaban hacer ya que podía alterar el curso del experimento: trataron de llamar la atención de los sujetos de prueba. Para ese fin, emplearon un intercomunicador que hasta el momento había pasado desapercibido por los cinco prisioneros, quienes en ese momento escucharon una voz fría y autoritaria que les decía: “Abriremos el cuarto para comprobar el estado de los micrófonos. Aléjense de las puertas y acuéstense con las manos atrás en el suelo o se les disparará. A uno de ustedes se le otorgará la libertad si obedecen”. Entonces, desde uno de los micrófonos, una voz dijo, en tono terminante y sin encontrar oposición en otras voces, algo que dejó atónitos a los investigadores: “No queremos ser liberados”.

Lo antes descrito suscitó gran debate entre los científicos y los militares responsables del proyecto. Se intentó varias veces y en vano comunicarse de nuevo con los sujetos, pero estos no respondieron ante lo escuchado desde el intercomunicador. Así pues, al anochecer del día 15 se decidió abrir la puerta de la habitación y ver lo que por días cubrieron aquellas páginas arrancadas y llenas de excremento que, como viles trofeos de la miseria humana, tapaban los gruesos cristales del maldito recinto.

Antes de entrar, los investigadores extrajeron el gas de la habitación y empezaron a introducir aire fresco en ella, pero entonces comenzaron a escucharse montones de quejas en los micrófonos. Eran tres voces que, rogando en nombre de sus seres queridos, pedían que volvieran a mandarles más gas estimulante. No haciendo caso a su pedido, el suministro de gas no se repuso y, cuando por fin abrieron la puerta, los sujetos de prueba vociferaron, con excepción del que tenía dañadas las cuerdas vocales, los alaridos más fuertes y espantosos que jamás habían escuchado en toda su vida aquellos aterrorizados soldados. Y es que nada, ni siquiera las balas zumbando en el campo de batalla o los cadáveres regados por las calles de Stalingrado, se equiparaba al horror dantesco que tenían en frente…

Gran parte de la comida, que habría bastado para los últimos cinco días del suplicio, quedó intacta. Todo el suelo estaba cubierto de una repugnante mezcla de sangre, agua, heces, orina, producto de que el hueco de drenaje en el centro de la habitación, había sido tapado con trozos de carne de las costillas y pantorrillas del sujeto muerto, cuyo cadáver yacía arrimado en la esquina izquierda del fondo, con la boca abierta, la cabeza ladeada, y la mirada inerte, aunque con un inusual gesto que parecía congelar la experiencia inefable de quien ha alcanzado la escabrosa cima del tormento.

En cuanto a los supervivientes, estaban en tales condiciones que habrían hecho parecer criaturas de aspecto agradable a los zombis: se notaba que se habían arrancado pedazos de piel y carne con sus propias manos, ya que las puntas de sus dedos estaban destrozadas, y el hueso estaba expuesto en zonas donde no habrían podido sacar carne con sus propios dientes. Por otra parte, además de las heridas provocadas por la carne y la piel que se habían arrancado, todos tenían incontables lesiones, la mayoría de ellas autoinfligidas. Y en cuanto al daño causado a sí mismos, era algo tan atroz que, debido principalmente a toda la cantidad de músculo intercostal que ya no tenían, podían vérseles los órganos internos, a causa de no haber comprometido suficientemente a sus órganos vitales como para perecer, excepto aquel que ahora reposaba muerto en la esquina, pues le faltaba aproximadamente medio hígado… Tenían los intestinos expuestos, palpitando por la comida que habían ingerido recientemente, y que no era el atún ni nada que contuvieran las latas en conserva que les dejaron para alimentarse decentemente, sino su propia carne.

Ninguno de los soldados quiso volver a entrar, pese a que la gran mayoría formaba parte de las Fuerzas Especiales. Por si fuera poco, uno de ellos se puso a llorar como si hubiese visto a su madre cortada en trozos… En cuanto a los cuatro supervivientes, pedían con desesperación que se les volviese a suministrar gas. “¡No quiero dormir, no quiero dormir!”, gritaba uno de ellos con la voz empañada en llanto y desesperación, tal y como quien, ante la amenaza de ser ejecutado, grita histéricamente “¡no quiero morir, no quiero morir!”. Y es que todos querían estar despiertos: esa era su adicción, eso era lo único que importaba. La dignidad, la esperanza, las memorias del pasado, todo se había hundido, el sentido de la vida se había reducido a la persecución desesperada de mantener los ojos abiertos, y el cerebro activo, no ya para pensar la realidad u orientarse en ésta, sino porque, la sensación de vitalidad propia de estar bien despierto, había pasado a tener el valor de la vida misma.

Ahora, y si bien ningún soldado quería regresar, tuvieron que obedecer las órdenes de sus superiores y volver a aquella pequeña sucursal del infierno, donde los cuatro dementes, que sólo querían permanecer en el cuarto para recibir más gas, presentaron la fuerza de auténticos poseídos por el Demonio, mostrándose tan salvajes que incluso lograron matar a uno de los guardias abriéndole la yugular de un mordizco, y lastimando a otro de gravedad al presionar fuertemente la arteria femoral y los testículos, con tanta rabia que literalmente se los reventaron. Los soldados tenían la orden de preservar la vida de los sujetos de prueba así que no pudieron dispararles. Continuando con las desgracias dos militares más fueron víctimas por accidente del experimento y otros cuatro acabaron suicidándose en las semanas posteriores al nefasto día, sumando cinco los que murieron por causa del experimento sin ser parte del mismo.

Otro caso lamentable fue el de uno de los sujetos de prueba. El hombre sufrió una hemorragia después de dañarse el bazo cuando intentaba agredir a los soldados; intentaron sedarlo, pero ni siquiera con la dosis de morfina multiplicada por diez se consiguió controlarlo, pues seguía agitándose como un animal salvaje, y hasta logró romperle el brazo y las costillas a uno de los médicos que intentaban ayudarlo. Habiendo destrozado los amarres y estando fuera de sí, el sujeto fue acorralado en una esquina de la sala médica por los guardias. Nadie se le acercaba, todos se limitaban a impedir que la bestia humana cometiera más destrozos. “¡Máaaaas, máaaaas!”, gritaba el sujeto, con los ojos desorbitados, la cara marcada por arañazos que se había autoinfligido en su desesperación por el gas, y las manos puestas en un ademán de ira, impotencia y súplica. Así permaneció por tres minutos enteros donde su corazón latía al máximo posible: “¡Máaaaas, máaaas!”, se escuchaba por toda la sala, primero como un alarido brutal e intimidante, posteriormente como un alarido atenuado, después como un murmullo agónico y vencido, y finalmente como una boca abierta de cuyo fondo no salía otra cosa sino el silencio, triste presagio de la muerte que lo tocó cuando se desplomó de improvisto.

En cuanto a los supervivientes restantes, se los pudo inmovilizar y conducir a distintas instalaciones médicas: dos de ellos, aún con las cuerdas vocales intactas, no dejaban de vociferar pidiendo gas… El tercero, que era el más herido, no pudo ser calmado con morfina, por lo que usaron un sedante distinto que sí logró contenerlo, sin embargo su corazón dejó de latir cuando sus ojos se cerraron; posteriormente, en la autopsia, se determinó que sus niveles de oxígeno en la sangre eran anormalmente altos.

Otro de los sujetos, aquel que tenía destruidas las cuerdas vocales, giraba la cabeza en señal de negación cuando le plantearon anestesiarlo para la cirugía. Se decidió no sedarlo, y sorprendentemente el sujeto empezó a hacer movimientos violentos de afirmación: era increíble, tanto le importaba estar despierto que prefería aguantar el dolor de la cirugía con tal de no dormirse… Seis largas horas duró la intervención, dentro de la cual se intentó cubrir los principales daños que el propio sujeto había causado en los órganos de su caja torácica. Según relató una traumatizada enfermera que colaboró con los médicos durante la operación, el paciente sonreía de una manera extraña y enfermiza cada vez que hacía contacto visual con ella. Era como si se complaciera en mostrarle la capacidad que tenía para deleitarse ante su propio tormento, como si eso que le estaban haciendo fuera algo rutinario, algo habitual…

Una vez que la cirugía acabó, el paciente miró a los que estaban allí presentes y empezó a hacer gestos para indicar que quería algo para escribir. Entonces el cirujano tomó un cuadernillo que estaba cerca, y se lo dio junto con un bolígrafo. “SIGUE CORTANDO”, escribió el sujeto, con letras mayúsculas que evidenciaban un pulso tembloroso, producto de un insano estado de alteración emocional.

En cuanto al último de los supervivientes, fue enviado a la sala de cirugía, donde decidieron operarlo sin anestesia después de ver lo ocurrido con el sujeto antes descrito. En su caso, tuvo que inyectársele un líquido paralizante porque no dejaba de reírse a carcajadas, agitándose tanto que hacía imposible la intervención sin anestesia. Lo único que podía mover eran los ojos, y aún en tan pequeño margen de libertad motriz se evidenciaba la locura, el disfrute ante lo que estaban haciéndole…

Una vez que pasaron los efectos del líquido paralizante, el sujeto volvió a pedir gas. Cuando le preguntaron por qué él y sus compañeros se lastimaban y por qué necesitaban tanto el gas, el hombre se limitó a decir en forma lacónica y con tono de absoluto convencimiento en sus palabras: “Debo permanecer despierto”.

Los dos supervivientes finales continuaron siendo atendidos por los médicos.

Cuando los militares que idearon el proyecto vieron que las cosas no habían salido tan bien como se esperaba, les reclamaron fuertemente a los científicos e incluso ordenaron ejecutar con inyección letal a los dos sujetos de prueba que aún vivían. No obstante, antes de que se cumpliese la orden de ejecución, el líder de los militares al mando del proyecto, un ex agente de la KGB, volvió a pensarse la decisión inicial y, contemplando potencial en los resultados, hasta ahora desalentadores, ordenó mantener vivos a los dos supervivientes, a fin de ver qué pasaba si los exponían nuevamente al gas que tanto habían pedido y que hasta el momento se les había negado. Los científicos, traumatizados por su experiencia, se negaron rotundamente y aludieron tanto por razones éticas de carácter humanitario, como razones de pura conveniencia personal; aunque, como era de esperarse, el militar impuso su autoridad: “Continúen con el experimento y háganlo bien, si no quieren terminar siendo ustedes los sujetos de prueba”. Nadie osó reír: sabían que para muchos militares soviéticos no representaba nada acabar con una vida humana, e incluso uno de los investigadores, al escuchar las amenazas del comandante, recordó el caso de su primo Yuri, que murió con una bala en el cerebro por negarse a experimentar con un prisionero de guerra nazi.

Una vez que los dos supervivientes se enteraron de que al fin recibirían el gas, mostraron una alegría inmensa. Hasta el momento, se las habían ingeniado para permanecer despiertos: uno de ellos cantaba una canción, y el otro, que tenía dañadas las cuerdas vocales, se la pasaba dibujando. Cuando el sueño parecía vencerle, se mordía la boca hasta sangrar… su sonrisa fue demencial cuando supo que le darían gas nuevamente como si estuviese viendo quién sabe qué maravilla inaccesible a la imaginación común…

Antes de ser reintroducidos en la habitación, se les colocaron medidores de ondas cerebrales que sorprendentemente, se mostraban normales casi todo el tiempo, aunque con breves líneas rectas que después desaparecían, y que eran semejantes a las experimentadas durante la muerte cerebral. El prisionero que aun podía hablar, al sentir que se adormecía durante cada intervalo de línea recta, entró en desesperación y comenzó a gritar: “¡El gas, rápido, rápido! ¡El gas, el gaaaas, el gaaaas!”. Conteniendo sus ganas de reír, el comandante ordenó que se cerrara la habitación con tres de los científicos. Al escuchar la orden uno de ellos recordó una conversación que había escuchado entre uno de los soldados y el comandante mientras estaba de incógnito en el baño:

Dígame, capitán, ¿qué le parece si dejo a algunos de los científicos junto a los locos? Quizá también a ellos les guste el gas, ¿no cree? Sobre todo Ivanov, que ha estado mirándome de manera resabiada, no vaya a ser que se le suba el gas a la cabeza e intente matarme, ¡hahahahahahahahaa!

Si me lo permite, creo que la medida es demasiado severa, mi comandante. Creo que mejor sería mandarlos a Siberia.

¿A Siberia? Pero si van a estar bien felices con el gas, ¿no ve que el gas es el sentido mismo de la vida? Quien prueba el gas, no quiere ya nada. Imagínese, capitán, una inhaladita y nunca más sufrirá por dinero, por mujeres, por ideales, ¡por nada! Vamos, no me mire así, estoy bromeando, camarada.

“No, no estás bromeando, bastardo”, pensó Ivanov tras recapitular la conversación en su cabeza.

Antes de que se cerrara la puerta y llegaran tres soldados enviados para encargarse de la situación, reparó en que el escolta de su superior había dejado su revólver en una silla, y temblando de ira lo tomó, le disparó al comandante, le voló la cabeza al prisionero mudo y se puso en una esquina, apuntando al único sujeto de prueba que quedaba, aprovechando que los otros dos científicos habían huido y el escolta también. No quería matar ni morir, pues si moría dejaría de ser para siempre (era un marxista en toda regla), y si vivía se sentiría aún más culpable por matar a un hombre de ciencia en nombre de un proyecto perverso, cuyos abominables frutos lo habían hecho replantearse su lugar en el mundo desde el día en que abrió esa puerta maldita y ver aquellos que no podían ser llamados “humanos”, “bestias” o “monstruos”, que eran como cinco espejos crueles y a la vez como cinco preguntas: espejos, porque mostraban lo peor que sabemos de nosotros mismos, eso que se refleja en las maldades que les hacemos a nuestros semejantes; preguntas, porque mostraban algo escalofriante, una parte de nosotros que no conocemos, que solo intuimos levemente, que no nos atrevemos a preguntarnos qué es, pero ahora, en esos cinco ex-humanos, se erguía poderoso e imponía, en cualquiera que lo percibiese, la necesidad de preguntarse qué era “eso”…

“¡No me encerrarán con esta cosa! ¡No contigo! ¡¿Qué eres?! ¡Necesito saber!”, dijo el científico de bata blanca, mirando a “eso” que tenía en frente suyo, esperando una respuesta antes de que le dispararan o lo detuviesen, cosa que increíblemente no había ocurrido aún.

Con una sonrisa demencial y perversa, tal y como si fuera el portador de un secreto prohibido empañado en decadencia, el prisionero miró al techo, volvió a mirar al científico y le dijo con deleite, queriendo perforarle el alma con la negrura de una verdad encarcelada por la cordura: “¿Tan fácilmente te has olvidado de mí? Somos ustedes, somos la locura que está encerrada en todos ustedes. Somos la locura que ruega por libertad en cada momento de sus vidas, desde lo más profundo de sus mentes animales. Somos aquellos de lo que se esconden en sus camas todas las noches. Somos lo que duermen, silencian y paralizan cuando se van a su cielo nocturno, donde nosotros ya no los podemos alcanzar.”

Nadie habló mientras “aquello” hablaba a través del prisionero, excepto el científico que sostenía el arma y, sin poder soportar el Evangelio de la Locura, apuntó al corazón de aquel demente y disparó. “Casi…tan…libre”, le escuchó musitar, sin creérselo porque acababa de destrozarle el corazón y allí, en la sala de control, sus compañeros veían que la pantalla de actividad cerebral no mostraba señal alguna de vida. “Eso” que habló ante el asombro de todos había callado por fin, pero solo en los labios del pobre individuo que se sometió a aquel experimento. En las mentes de los investigadores, de los soldados, del lector de este creepypasta, “eso” seguirá susurrando en cada uno de nosotros, quizá mostrándose en aquellos breves lapsos que algunos de nosotros tenemos, lapsos en que el gobierno de la razón colapsa ante el peso de la realidad, y la locura, siempre más fuerte que las mayores calamidades de la vida, toma el control con voluntad libertadora…

lunes, 9 de enero de 2017

IM_HAPPY.GIF - Historias de terror



El 12 de marzo del año 2007, un usuario anónimo publicó una imagen de formato .gif en el foro /b/ de 4chan. El título de la misma era “IM_HAPPY.GIF”, y mostraba el conocido emoticon de la carita feliz amarilla (tan utilizado en las redes sociales hoy en día), aunque con los ojos y la boca realistas, sobrepuestos en el círculo amarillo como tres rectángulos en blanco y negro, que mostraban los labios y los ojos de una mujer, respectivamente.

Quienes hicieron clic sobre la imagen, vieron que la sonrisa inicial se transformaba en una mueca grotesca, que los ojos tomaban un aspecto furioso y de pronto la cara gritaba, tan fuerte que, quienes estaban con auriculares, tuvieron que desconectarlos, o bien bajar el volumen, con el riesgo de exponer sus tímpanos a graves daños. Pero lo peor estaba por venir:

Animales torturados, que se revolcaban con mirada inocente en medio de mataderos, o a los cuales les arrancaban la piel, les prendían fuego, les quitaban extremidades u otras cosas similares; violaciones reales, cuya autenticidad se notaba en detalles como escombros de casas y edificios al fondo (algunas eran de la Segunda Guerra), compañeros de prisión o enfermos de centros psiquiátricos, todos mirando de una manera particular la cual sólo grandes actores podrían conseguir; Hiroshima y Nagasaki estallando, Londres siendo bombardeado; fetos abortados, moviéndose con horror en la placenta, tratando de escapar de las pinzas metálicas de algún médico sin corazón; cuerpos colgando de gente ahorcada, cabezas rodando tras recibir el golpe de la espada, sujetos gritando de forma desgarradora en las sillas eléctricas, individuos llorando antes de la inyección letal; y muchas, muchas atrocidades más, todas pasando a gran velocidad, tan rápidamente que el espectador no podía percibir cada cosa aisladamente, pero todo iba quedando en su mente, como los huevos que pone la mosca y después son larvas, que se multiplican, incrementando la putrefacción…

Un verdadero infierno, comprimido en 5 minutos y finalizado con estas sarcásticas palabras: “Have a nice day”, que en español significa “tenga un buen día”… Después de eso, todas las ventanas y pestañas de internet se cerraban solas, y las computadoras se quedaban paralizadas, sin poder apagarse o reiniciarse manualmente.

Se cuenta que, aquellos cuyas computadoras fueron infectadas, fueron encontrados en sus casas desollados y mutilados, sobre enormes charcos de sangre, y con una carita feliz en el suelo, junto a sus cadáveres.

El fundador de 4chan, m00t, ha afirmado que jamás existió el gif, y que los asesinatos de los que se habla no tienen relación alguna con el gráfico en cuestión. Pero entonces… ¿fueron reales tales asesinatos?, y en caso de ser afirmativa la respuesta ¿dejaron aquel famoso emoticon en la escena del crimen?.

Finalmente si m00t dice que la imagen jamás existió (con las características que le atribuyen): ¿por qué banea a todo aquel que intenta publicarla? Dicen que la imagen sigue oculta en algún lugar de los archivos del foro, aunque no hay constancia de esto. Y es que, si en verdad existe una carita feliz con el poder destructor del que se ha hablado, es mejor que siga oculta…

ORIGEN: Se desconoce el origen de esta leyenda, pero es posible que haya habido un gif, actualmente desaparecido o muy difícil de encontrar, que realmente se transformaba, gritaba y daba paso a escenas atroces, aunque la ficción del creepypasta ha exagerado el carácter de estas escenas, y ha inventado los supuestos asesinatos con caras felices junto a los cadáveres. Quizá, quien inventó el creepypasta se inspiró en el asesino serial Keith Hunter Jesperson, conocido como “El Asesino de la Cara Feliz”.


FUENTE: www.creepy-pastas.com

jueves, 5 de enero de 2017

¿Con quién hablaba? - Historias de terror



Hace unos días conocí a Laura, una chica realmente atractiva. Luego de hablarle conseguí entablar una pequeña amistad con ella y le pedí su número de contacto para continuar la conversación a través de Whatsaap.

Hola, ¿cómo estás?— Preguntó la chica.

Muy bien— Respondí mientras me acostaba en la cama.

¿Sabes? Hoy te vi caminando cerca de mi casa. Creo que vivimos en el mismo barrio, es increíble que no te hayas dado cuenta—.

Wow, no puedo creerlo, que tonto soy...

jajaja, oye he pensado en ir visitarte, estoy sola y aburrida, ¿Qué tal si me das tu dirección?, la pasaremos bien—.

Con gran rapidez le di la información de mi domicilio y organicé todo para su llegada. Cabe aclarar que estaba solo y mis padres no volverían en todo el día.

Pronto me di cuenta que le había pasado erróneamente la numeración de mi casa, por lo que le volví a escribir explicándole mi despiste. Note en seguida que no recibió el mensaje, tal vez tenía el celular apagado, pensé. Entonces llamé a su teléfono fijo y del otro lado un policía atendió:

Se encuentra llamando sobre la escena de un crimen, ¿quién habla?—.

¿Qué?, ¿Cómo la escena de un crimen?— Pregunté extrañado.

Encontramos el cuerpo de una joven hace unas 3 horas, ¿Es usted un familiar?.

Colgué de inmediato. Después de asimilar la situación me convencí a mi mismo de que era imposible que hubiera hablando con ella hace unos instantes.

Minutos después mi celular recibió una notificación, ¡Otra vez ella! ¡No puede ser!. Con mano temblorosa la eliminé de entre mis contactos.

Ahora estoy confundido, no es fácil digerir todo lo que pasó. Sin embargo por otra parte me siento aliviado de mi error. Aún me sigo preguntando ¿Con quién diablos estaba hablando?.

martes, 3 de enero de 2017

El bailarín sonriente - Historias y videos de terror



... Doble en la esquina con la intención de volver al departamento cuando lo vi por primera vez. Lejos, al final de la calle y en el mismo lado de la acera que yo, estaba la silueta de un hombre bailando. Era un baile extraño, casi como un vals, pero terminaba cada paso avanzando un poco hacia delante. Se podría decir que danzaba y caminaba hacia mí al mismo tiempo.

Creyendo que probablemente estaba borracho, me alejé de la vereda para darle espacio y que pudiera pasar. Era alto, delgado, y vestía un viejo traje.

Al acercarse pude contemplar su rostro. Sus ojos estaban abiertos, casi salían de sus órbitas. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y miraba al cielo perdidamente. Su boca estaba abierta en una sonrisa dolorosa.

Al ver aquello crucé la calle inmediatamente antes de que el hombre se arrimara lo suficiente.

Le quité la vista por un instante y cuando llegué del otro le regresé la mirada … me quedé paralizado. Había dejado de bailar, estaba con un pie en la calle y el otro en la vereda como si justo lo hubiese descubierto asomándose hacía mí. Continuaba vislumbrando el cielo. La sonrisa en su rostro parecía haberse hecho más grande.

Sentí un profundo miedo. Comencé a caminar nuevamente sin quitarle la vista. No se movía.

Cuando ya estaba a más de media cuadra de él, voltee para ver el camino que tenía delante. Todavía conmocionado, volví a enfocar mis ojos hacía donde estaba el bailarín pero ya se había ido. Por un instante me sentí aliviado, hasta que lo visualicé de nuevo por el rabillo del ojo a mis espaldas. Había cruzado a la misma acera que yo y estaba en cuclillas. No tuve la certeza en ese momento, debido a la oscuridad y a la distancia, pero estoy casi seguro de que me estaba observando. No había apartado los ojos de él más que unos pocos segundos, por lo que claramente se había movido rápido.

Estaba bloqueado y me quedé allí, parado. Entonces comenzó a desplazarse nuevamente en mi dirección. Daba pasos exagerados sobre la punta de sus pies, como si fuera un personaje de alguna caricatura avanzando sigilosamente, aunque su ritmo era apresurado.

Me gustaría decir que en ese punto comencé a correr, que tomé mi spray de pimienta o mi celular, pero no hice nada de eso. Sólo me quede de pie, completamente congelado mientras aquel hombre sonriente se arrastraba hacía mí.

Se detuvo a unos dos metros de distancia, aun con aquella sonrisa larga, aun mirando hacia el cielo.

Cuando finalmente recuperé mi voz, le dije lo primero que se me vino a la mente. Pretendía preguntarle “¿Qué diablos quieres?” con un tono autoritario. Pero la única cosa que salió de mi boca fue “¿Qué diaaablo…?” bastante inaudible.

No sé si los seres humanos son capaces de oler el miedo, pero al menos pude escucharlo. Escuché el miedo en mi propia voz, y eso sólo me hizo empeorar. Él no reaccionó. Se mantuvo allí de pie, sonriendo.

Después de lo que pareció una eternidad, se volteó lentamente, y comenzó a bailar retirándose sin más.

Sin querer volver a darle la espalda, me mantuve contemplándolo hasta casi no distinguirlo en la lejanía. Entonces me di cuenta de algo. Ya no se alejaba, no bailaba. Observé con horror cómo la distancia entre nosotros disminuyó rápidamente. Ahora corría y esta vez estaba dispuesto a alcanzarme.

No dudé, yo también corrí. Corrí hasta que logre llegar a otra calle más iluminada y con más tráfico. Miré hacia atrás pero ya no pude verlo en ningún sitio. Durante todo el camino de regreso a mi apartamento, me mantuve vigilando por encima de mi hombro, siempre con el temor de volver a ver su estúpida sonrisa, pero afortunadamente no apareció más.

Viví seis meses en aquella ciudad, y nunca más volví a caminar en la noche. Recuerdo algo en su rostro que siempre me asustará. No parecía borracho, ni drogado. Aparentaba estar completamente loco. Y eso es algo muy aterrador de ver.


martes, 27 de diciembre de 2016

"Carta de un loco" de Guy de Maupassant - Relatos de terror



...Ese terror confuso de lo sobrenatural que acosa al hombre desde el nacimiento del mundo es legítimo, porque lo sobrenatural no es otra cosa que lo que permanece velado para nosotros. Entonces he comprendido el espanto. Me ha parecido que rozaba constantemente el descubrimiento de un secreto del universo. He intentado aguzar mis órganos, excitarlos, hacerles percibir por momentos lo invisible.

Me he dicho: «Todo es un ser. El grito que pasa en el aire es un ser comparable a la bestia, puesto que nace, produce un movimiento y se transforma incluso para morir. Por lo tanto, el espíritu pusilánime que cree en seres incorpóreos no se equivoca. ¿Quiénes son?»

¡Cuántos hombres los presienten, se estremecen cuando se acercan, tiemblan con su imperceptible contacto! Uno los siente a su lado, alrededor, pero es imposible distinguirlos, porque no tenemos los ojos que los verían, o mejor dicho el órgano desconocido que podría descubrirlos.

Así pues, sentía en mí, más que nadie, a esos transeúntes sobrenaturales. ¿Seres o misterios? ¿Lo sé acaso? No podría decir lo que son, pero siempre podría señalar su presencia. Y he visto -he visto un ser invisible- hasta donde puede verse a esos seres.

Permanecía noches enteras inmóvil, sentado ante mi mesa, con la cabeza entre las manos y pensando en esto, pensando en ellos. De pronto creí que una mano intangible, o más bien un cuerpo inasequible, rozaba ligeramente mi pelo. No me tocaba, por no ser de esencia carnal, sino de esencia imponderable, incognoscible. Pero una noche oí crujir el entarimado a mis espaldas. Crujió de un modo singular. Me estremecí. Me volví. No vi nada. Y no volví a pensar en ello.

Pero al día siguiente, a la misma hora, se produjo el mismo ruido. Tuve tanto miedo que me levanté, seguro, completamente seguro de que no estaba solo en mi cuarto. No se veía nada sin embargo. El aire estaba límpido y transparente en todas partes. Mis dos lámparas iluminaban todos los rincones.

El ruido no se repitió y fui calmándome poco a poco; sin embargo, permanecía inquieto y me volvía a menudo. Al día siguiente me encerré a hora temprana, buscando la forma en que podría conseguir ver lo Invisible que me visitaba.

Y lo vi. Estuve a punto de morir de terror.

Había encendido todas las bujías de mi chimenea y de mi lustro. La habitación estaba iluminada como para una fiesta. Sobre la mesa ardían mis dos lámparas. Frente a mí, la cama, una vieja cama de roble con columnas. A la derecha, mi chimenea. A la izquierda, la puerta, con el cerrojo echado. A mi espalda, un grandísimo armario de luna. Me miré en él. Tenía unos ojos extraños y las pupilas muy dilatadas.

Luego me senté como todos los días.

La víspera y la antevíspera el ruido se había producido a las nueve y veintidós minutos. Esperé. Cuando llegó el momento preciso, percibí una sensación indescriptible, como si un fluido, un fluido irresistible hubiera penetrado en mí por todas las parcelas de mi carne, sumiendo mi alma en un espanto atroz. Y se produjo el crujido, justo a mi lado.

Me incorporé volviéndome tan deprisa que estuve a punto de caerme. Se veía como en pleno día, ¡pero yo no me vi en el espejo! Estaba vacío, claro, lleno de luz. Yo no estaba dentro, y sin embargo me hallaba enfrente. Lo miré con ojos enloquecidos. No me atrevía a avanzar hacia él, sintiendo que entre nosotros se interponía él, lo Invisible, y que me tapaba.

¡Qué miedo pasé! Y he aquí que empecé a verlo envuelto en bruma en el fondo del espejo, en una bruma como a través del agua; y me parecía que aquella agua fluía de izquierda a derecha, lentamente, volviéndome más preciso segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me tapaba no tenía contornos, sino una especie de transparencia opaca que iba aclarándose poco a poco.

Y finalmente pude verme con claridad, como hago todos los días cuando me miro.

¡Lo había visto! Y no he vuelto a verlo. Pero lo espero sin cesar, y siento que mi cabeza se extravía en esa espera. Permanezco horas, noches, días y semanas delante del espejo esperándolo. ¡Ya no viene!

Ha comprendido que yo lo había visto. Mas yo sé que lo esperaré siempre, hasta la muerte, que lo esperaré sin descanso, delante de ese espejo, como un cazador al acecho. Y en ese espejo empiezo a ver imágenes locas, monstruos, cadáveres horribles, toda clase de bestias espantosas, de seres atroces, todas las visiones inverosímiles que deben acosar la mente de los locos.

Ésta es mi confesión, querido doctor. Dígame qué debo hacer.



Autor: Guy de Maupassant

martes, 20 de diciembre de 2016

El miedo de la psicóloga - Cuentos



¿Por qué no hablamos sobre el miedo?

Durante horas había ensayado la pregunta frente al espejo.

Hasta entonces, sus preocupaciones como terapeuta recién graduada habían sido únicamente organizativas: amueblar el consultorio, iluminarlo adecuadamente, dotarlo de cierto aire profesional, impersonal, sin referencias casuales a su vida, a sus vínculos, a sus verdaderos intereses.

El único detalle que delataba algo sobre su vida era la fotografía de su padre: un hombre de aspecto erudito, casi marcial, con una barba prusiana recortada con minuciosidad. La había ubicado en su escritorio, de espaldas a sus pacientes, de tal modo que esa mirada no perturbara la verba del neurótico y, de paso, no brindara información secundaria al potencial psicópata.

Deseó que la fotografía de su padre se hubiese extraviado durante los arreglos del consultorio. En seguida se sintió culpable, y hasta en deuda con él. Después de todo, su influencia había sido decisiva para que ella siguiera la carrera de psicología.

Me parece bien.

La voz de la paciente la sobresaltó, y se sintió miserable, totalmente inadecuada para el trabajo. Se había distraído en su primer minuto en la profesión.

Los ojos de su padre la fulminaron desde el retrato.

Digo, que me parece bien que hablemos sobre el miedo —volvió a apiadarse la paciente.

Evidentemente, la chica tenía experiencia en terapia.

Entonces —dijo la psicóloga, asumiendo las astucias del oficio—, hablemos un poco de tus miedos.

Eso no fue lo que usted me preguntó.

Le pareció extraño que la tratara de usted. Probablemente tenía su misma edad.

Es exactamente lo que me interesa que hablemos.

Usted preguntó por qué no hablábamos sobre el miedo, no sobre los míos.

¿Hay alguna diferencia?

No mucha, supongo.

Hagamos lo siguiente: por qué no me habla sobre sus miedos y entonces veremos qué pueden tener en común con el miedo en general.

La maniobra no fue elegante.

Hubiese jurado que el retrato de su padre gruñía.

Me parece un ejercicio interesante —dijo la paciente.

Entonces la escucho.

No sé si podría hablarle de mis miedos. Solo tengo uno.

Trate de describirlo en una sola frase —y en seguida rectificó, entendiendo lo inútil de la simplificación— Trate de explicarme el lugar que el miedo ocupa en su vida.

La paciente se reclinó sobre el sillón.

En realidad, mi único miedo ocupa el mismo lugar desde que soy chica: está en la luz que brilla debajo de la puerta de mi cuarto, en la sombra de mi padre que la atraviesa, en el sonido del picaporte al abrirse.

Durante horas había ensayado la pregunta frente al espejo.

Esa fue la única respuesta que se obligó a confesar antes de arrojar el retrato a la basura.



FUENTE: elespejogotico.blogspot.com.ar

jueves, 15 de diciembre de 2016

Los muertos de Stonhenge - Historias de terror



Todos los viernes, después de tener relaciones con ella, en la oscuridad cómplice de nuestra habitación, solía pensar en los hombres que levantaron Stonhenge.

No sé qué ocurrió realmente, ni por qué. Tampoco sé si esto me sucede únicamente a mí o si hay otros, en alguna parte. Lo único que sé es el cuándo: la noche del apagón.

Todo el sistema colapsó. Todo: electricidad, servicios públicos, transporte, internet. La radio a baterías alcanzó a emitir un mensaje de alerta antes de ser devorada por la estática.

Desde entonces no supe mucho más de lo que ocurre afuera. No me atrevo a salir.

Siempre fui un tipo ermitaño, sabe, y esa tendencia natural se intensificó la noche que ella regresó.

Su forma de llamar a la puerta no había cambiado —tres golpes sordos—, pero esa noche sonaron diferente, como disonantes, inarticulados.

Los que regresan no vienen a saciarse con nuestros cerebros. Eso lo supe apenas abrí la puerta. Solo regresan, se quedan, deambulan por la casa.

Hay algo horrible en la forma en la que intentan comunicarse.

Pero lo peor no son los balbuceos, ni esa mirada ausente, catatónica, de ojos secos y sin párpados: los muertos tratan de vivir, o mejor dicho, de continuar los pequeños hábitos que aprendieron en vida.

Ella regresó un viernes.

Su sonrisa radiante había sido reemplazada por un rictus maniático. Gruñó algo. Sus encías estaban ennegrecidas por el musgo que repta en los nichos. Un dedo lívido señaló nuestra habitación. Dando tumbos se precipitó en el cuarto de baño. Se oyeron ruidos, como si forcejeara con algo. Al salir estaba desnuda, con los labios pintados con sangre coagulada.

Entonces pensé en los hombres que levantaron Stonhenge, y supe que todavía la quería.


FUENTE: elespejogotico.blogspot.com.ar

 
Design by Free WordPress Themes | Bloggerized by Lasantha - Premium Blogger Themes | Online Project management