lunes, 6 de marzo de 2017

"El sótano" por Esteban Di Lorenzo - Historias de terror



«Uno es uno con otros; solo no es nadie».
Antonio Porchia


La apuesta es un hecho. Camino por la casa de los Quiroga, más que una casa es una mansión, donde el viejo vivió en sus últimos años. Hasta ahora todo lo que dicen por ahí, que está embrujada, es solo un rumor, espero que siga siendo así. Desde lejos se nota cómo los grises de las piedras se alimentan de las sombras, apagando los colores de los edificios cercanos.

Tengo que filmar las dos vueltas y lo único que me dejan llevar es mi celular, ilumino con él cada paso. Estoy con un miedo desmedido, mordiéndome los talones y aumenta cada vez que miro sobre mi hombro, siento que me miran. Una a una, las pisadas que doy me hacen crujir el estómago. Siempre traté de evitar este tipo de lugares; no me gusta exponerme a cosas que desconozco. Las malas lenguas dicen que en el pasado esta casa era únicamente para velar a los muertos; esas reuniones no las entiendo, me parece algo innecesario para la despedida de un simple envase. Cuando perdí a mi padre no asistí a su velatorio, no recuerdo la última vez que fui al cementerio.

Dos vueltas completas, quién me manda a mí a apostar; lo positivo es que no tengo que entrar a la casa. Cuando mis amigos me vieron pasar una vez, se rieron por cómo caminaba, encorvado y temeroso. Me chiflaban y me gritaban, volvían al segundo grado. No entiendo cómo de grande acepto que sean mis amigos, debe ser que tengo la necesidad de pertenecer a algo.

De todo lo que vi en la primera vuelta, lo más terrorífico está grabado como una foto. Si me pongo a pensar en mis recuerdos, los dolorosos están en un álbum de fotos íntimo. Lo bueno se esconde, se me escapa del día a día. Mi mamá siempre dice que somos lo que hacemos, pero yo no hago mi soledad.

La puerta de lo que parece ser un sótano tiene un ángulo llamativo, además, los bordes esculpidos en piedra parecen teñidos por el paso del tiempo. No me sorprende su estructura, que es por demás hermosa, sino la curiosidad que me llenó al verla. Me invita a pasar; pero, tengo que hacer la vista a un lado para que mi mente no cree algo que no está ahí.

Para cuando llegue al portón de salida, por segunda vez, la apuesta va a estar cumplida, mi palabra intacta y un valor agregado para contar algunas anécdotas en los campamentos del próximo verano.

La luna estira mi sombra sobre el piso adoquinado, los segundos me empapan. La niebla de la noche roza mi cara; la humedad se me impregna y la transpiración se clava en mi espina dorsal. Me siento frágil. Necesito salir de acá.

El patio trasero no termina nunca. Los árboles ahogan la luz, se mueven junto a la oscuridad, siendo una sola cosa. Los ruidos se acumulan entre las raíces, me alejan de lo real. Camino con la vista perdida, por las huellas que dejé la primera vez. No me falta nada, sólo un cuarto de los pasos que aposté. Si bien es un juego tonto, no deja de ser una apuesta: «El que pierde en el metegol tiene que aguantase su mayor miedo», y acá estoy, caminando entre la oscuridad y la soledad, mis peores enemigas desde hace años. Si pudiera volver el tiempo atrás, lo haría para callarme ese día que conté sobre la casa de Quiroga. O para despedir a mi papá.

Avanzo por el parque, silencioso. Los ojos de algunos animales me observan desde el fondo de la negrura de los arboles; sé que no era más que algún gato, igual, hizo que lo deje de mirar. El silencio es tan intenso que puedo sentir su eco.

Necesito tener la mente en blanco para poder terminar de la mejor manera. Diez pasos me separan de la puerta de doble hoja del sótano, cuando me golpea un aroma a jazmín tan dulce que me asqueó. Observo alrededor buscando la planta, pero solo encuentro el hormigón empapelando mi vista. No quiero mirar hacia el sótano. Pero la verdad es que no puedo evitarlo, estoy delante de él. Noto algo que antes había pasado por alto: no tiene una de sus tablas; se podía ver hacia dentro. Ahí, el aroma es intenso y entre lo dulce de las flores hay algo más, en el fondo, se puede sentir un picor amargo, un olor a encierro que es difícil de interpretar desde donde estoy.

Me arrimo a la puerta y puedo distinguir que un gran ramo de flores blancas yace sobre el suelo. Miro la cerradura, no me animo a tantear si está abierta. Sigo buscando una excusa para continuar con mi camino. Del interior llega a mí un aire tibio que me invita a entrar. Siento que tengo que hacerlo.

Me echo un poco hacia atrás para ver si los chicos aún están en la entrada; me quedo tranquilo al verlos cómo siguen cada movimiento que doy, me vuelvo a sentir acompañado, me dan un poco más de valor. Tengo que vencer mis miedos y este día es el indicado, no quiero volver a pisar este osario.

Apoyo mi mano sobre el picaporte y cede. Afuera, la brisa trae a mis oídos las quejas de mis amigos, al entrar, todos los gritos se apagan, hay paz. Me acerco al arreglo floral y ahí dentro noto cómo todo tiene otra perspectiva; están sin vida, secas y el aroma que antes era dulce y armonioso pasó a ser el agrio picazón que sentí antes. Es toda una mentira.

Veo a mis costados las placas con los nombres de los cadáveres que descansaban ahí. Entre ellos está el de Silvestre Quiroga, con un tallado de su cara. Se reflejan con un brillo quebrado, entre lo real y lo que alguna vez estuvo vivo. El miedo me atenaza el poco valor que me queda. Me cuesta respirar. El aire viciado y la humedad no me dejan pensar con claridad. Llamo a los chicos varias veces pero parece que mis palabras no salen de la habitación. Voy a la entrada. Intento agarrar el picaporte antes que la puerta se cierre; hace vibrar las paredes. La temperatura baja hasta tal punto que en el vidrio se puede ver la huella de una mano. El mareo no se hace esperar. Siento que me abrazan y no me dejan caer. El polvo que vi en la primera recorrida se vuelve a posar en los bordes. Parece que nadie hubiera tocado el sótano en años.

Trato de gritar. Abro la boca, aprieto la garganta, endurezco el pecho… pero no pasa nada. No se escucha nada.

Busco el celular, pero ya no está. No está en los bolsillos, no está en el piso. Intento gritar otra vez: ¡Dónde está mi celu!
Nada. Ni un hilo de mi voz consigo.

Alguien viene. Una sombra. Una sombra que tardo en reconocer pero que ya frente a mí identifico enseguida: Silvestre Quiroga. Es él.

Quiroga se hace presente —o lo que queda de él—, me agarra de la mano y me tira hacia él, acaso hacia su mundo. Siento sueño, cansancio. Pero es un cansancio distinto. Es… es como si mis latidos fueran apagados por las manos de la oscuridad. O de la eternidad tal vez.

El silencio pesa, lo puedo sentir.

Ya nadie sostiene mi mano. Quiroga se ha ido. Y, por alguna razón, no me siento más solo.

Veo a través de las maderas que alguien se mueve afuera. Soy yo, mi cuerpo de carne y hueso: camina tenue, pesaroso, hacia donde están mis amigos. Sus amigos.

Mis amigos ahora serán otros: el sótano de los cuerpos me adopta como a su nueva presa. Como su nuevo muerto. Y yo ya no temo: yo ya vencí mis miedos.


Autor: Esteban Dilo

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