miércoles, 27 de abril de 2016

The Holder of Life (El portador de la vida) - Historias de terror y Creepypastas



En cualquier ciudad, en cualquier país, ve a cualquier institución mental o centro de reinserción social donde puedas ir por ti mismo. Cuando llegues al escritorio principal, pregunta por visitar al que se hace llamar The Holder of Life. El trabajador intentará suprimir un gruñido y tendrás que preguntar de nuevo. Entonces te llevará a un cuarto de operaciones que parece igual a cualquier otro que quizás hayas visto o quizás no. El recepcionista te dará un escalpelo y te dejará solo en el cuarto, cerrando la puerta tras de sí.

Tendrás que esperar. Aguarda al menos una hora. Entonces la puerta se abrirá y varias personas entrarán en la habitación, incluyendo a una mujer embarazada. La misma se recostará en la mesa de operaciones; los demás, que lucirán como doctores, prepararán todo lo necesario para el nacimiento del bebé. Mientras acomodan las cosas, podrás hacerle una pregunta a la futura madre, la cual deberá ser: ¿Como pueden ser recongregados? sin excepción, caso contrario los doctores empezarán a desollarte y desmembrarte. Estarás totalmente consciente mientras realizan aquel brutal acto.

Si hiciste la pregunta correcta, la mujer comenzará a gritar, el bebé estará a punto de nacer. Tienes que esperar hasta que termine, y uno de los ayudantes te dará al niño para que lo sostengas. Observarás como el pequeño modula su boca, pero ningún sonido saldrá de sus labios. Tan pronto como acabe de hablar en silencio sonreirá. En ese preciso instante tendrás que tirarlo al piso y clavar el bisturí en su cabeza. Si no llegas a hacerlo te romperá la caja torácica y te arrancará el corazón con una fuerza inhumana.

Pero si lo has hecho a tiempo responderá la pregunta que hiciste anteriormente (a pesar del escalpelo en su cabeza). Hablará con una voz demoníaca que podría llevarte a la locura. Mientras esté hablando, las demás personas en el cuarto se desvanecerán sin dejar rastro. Después de que el niño acabe su discurso, simplemente morirá y la puerta del cuarto se abrirá. Eres libre de irte ahora, si no te has vuelto loco por aquella voz siniestra, claro.

El bebé muerto es el Objeto 11 de 538. ¿Te atreves a remover el escarpelo?

martes, 26 de abril de 2016

Despertando - Historias de terror y Creepypastas



Desperté.

Está brillante aquí. Demasiado brillante. ¿Qué es este lugar? ¿Un hospital?, ¿una prisión? Tiene cuatro paredes, un catre rígido y un respiradero. ¿No hay una puerta?

Piensa… ¿Qué pasó? Algo pasó, ¿dónde estaba anoche?, ¿dónde quedé dormido? Maldición… no puedo pensar. No puedo pensar en nada. ¿Es esto alguna clase de experimento? No puedo pensar. ¡No puedo tan siquiera recordar mi maldito nombre!

Mira a tu alrededor, idiota. Paredes sólidas, encerrado en una habitación. Estoy en un psiquiátrico. ¡Eso es! ¡Soy un desquiciado! O lo era, al menos. Estoy en paz con ello ahora. ¿Estoy curado? ¿Me puedo ir?

Me levanto. Me reviso; estoy desnudo. Aunque bastante limpio, como el resto del cuarto. Todo cuanto me rodea es blanco y pulcro. Está demasiado brillante aquí.

—¿Hola?… ¿Hay alguien aquí?… ¡Necesito ayuda! —grito. No hay respuesta—. ¡Alguien, por favor, ayuda!

Camino alrededor palpando las paredes. ¿Dónde está la puerta? Tiene que haber una. ¿Qué demonios? ¡Tiene que haber una puerta!

No la hay, simples paredes. Miro bajo el catre en busca de algo, lo que fuese. Nada, tampoco.

¿Sí estoy en un psiquiátrico? Esto parece tan irreal. ¿Por qué no puedo recordar mi nombre?

—Ey, al fin te levantaste. —Escucho la voz de un hombre venir por el respiradero. Corro hacia él emocionado.

—¡Sí! ¿Qué está pasando? ¿Quién eres? —le grito entusiasmado.

—¿No recuerdas nada, cierto? —me pregunta.

—No. No recuerdo nada antes de despertarme, hace un momento.

—No te preocupes —dijo con un tono divertido en su voz—, creo que te irá bien.

¿Me irá bien?

—Por favor —ruego—, ¿qué está sucediendo?

Solo escucho silencio.

—¡Dime! —grito. Se hace eco por el respiradero, y nunca llega una respuesta.

Horas pasan.

Se me ha dejado a solas con mis pensamientos. Intento llegar a los rincones de mi mente, descubrir quién rayos soy. Esto es todo tan ajeno para mí.

Camino sintiendo cada centímetro, buscando una salida. Tiene que haber algo. ¡No es como si este lugar se construyera a mi alrededor! ¿Por qué no puedo encontrar nada? Grito por ayuda hasta que mi garganta se seca. Si alguien está escuchando, si ese hombre sigue allí afuera, no va a responder.

Exhausto, me recuesto.

Al despertar encuentro comida. Una bandeja con pan, arroz y un filete puestos al otro extremo del cuarto. Hay un vaso con agua a un lado. Estoy muy hambriento; sin vacilar, camino para comer el platillo. Está delicioso. Cuando me lo acabo, recobro conciencia de donde estoy.

Me muevo hacia el respiradero y grito.

—¡¿Hola?!

—¡Hola! —Escucho de vuelta, en un tono alegre.

—¿Quién eres? —pregunto.

—¿Disfrutaste tu comida? —me da de respuesta.

—¡¿Dónde estoy?! ¡Déjame salir!

—Saldrás pronto. ¡Tenemos que asegurarnos de que estés saludable!

¿Qué? ¿En serio soy un jodido experimento? Estoy suficientemente saludable. Quiero respuestas. Quiero saber dónde estoy.

—¡Déjame salir ahora, desgraciado!

La voz se fue de nuevo. Por más que le grito no me responde, estoy solo.

Repaso mi rutina de buscar una salida, y claro, no la encuentro. Siento que necesito usar el baño, pero no hay nada parecido aquí. Tengo demasiada dignidad como para hacerlo en una esquina. No dejaré que me vean hacer eso.

Eventualmente me recuesto y lloro. Grito y grito y lloro hasta estar agotado. No tardo en quedar dormido de nuevo.

Algo extraño pasa entonces, sueño.

En mi mente estoy volando. Veo tres árboles, ríos, todo iluminado por rayos de sol. Puedo sentir una incómoda sensación en mi estómago y boca; me duelen un poco. Despierto de nuevo en la prisión. Todavía siento un poco de dolor en mi estómago. Lo sobo con mi mano y palpo algo rugoso. Cuando miro abajo, veo una protuberante cicatriz allí. La misma cosa está en mi mejía. Estoy asustado, pero sobre todo, enojado. Están jugando conmigo. Esperan a que me duerma y comienzan con sus malditos juegos. Miro a las paredes y grito. Quiero salir de esto.

—¿Estás bien? —Escucho esa familiar voz de nuevo.

—¡Me heriste desgraciado! ¡Me abriste! ¡¿Qué demonios me hiciste?! —Golpeo el respiradero tan fuerte como puedo. Lo voy a romper. Voy a hacer a golpes mi camino hasta ese hombre y obligarlo a que me dé respuestas. Lo golpeo y golpeo una y otra vez. Mi mano duele demasiado, creo que la rompí. No me importa. Continúo golpeando y gritando.

—Por favor, cálmate. Siento haberte hecho daño. Te lo compensaré pronto. ¿Te sientes solo?

Me rehúso a contestar. Lo ignoro, justo como él me ignora a mí. Al diablo con él. No parece importarle si respondo o no. No le importo. A nadie, de hecho. Soy un animal, un jodido experimento.

—Por favor, no te preocupes. Las cosas mejorarán, ¡lo prometo! —Y con eso se fue.

Me siento en mi rígida y pequeña cama, viendo a mi mano. No puedo mover mis dedos sin que un punzante dolor asalte mi brazo. Es ahora que me doy cuenta de cuán jodido está esto. ¿Qué me hice? Ese respiradero no se va a mover ni romper, sin importar lo que haga. Nada se va a mover o romper. Estoy atascado. Eso es todo lo que hay. Estoy atascado y no me iré a ningún lado.

Mi mente divaga, y el tiempo pasa.

Despierto. Me han dejado más comida. La voz habla de vez en cuando, diciéndome tonterías encriptadas que ni me importa tratar de entender. Luego duermo. Sueño a veces, no siempre. Algunos son pesadillas, que las paredes se achican y achican hasta que no queda más espacio para mí y soy aplastado; mis huesos se quiebran y mis pulmones colapsan. Estoy aterrado. Quiero salir.

Me despierto de nuevo para ser abordado por más dolor en mi cuerpo. Hay una nueva cicatriz en mi pecho a lo largo de mi costilla, y otra en mi cabeza. Estas se ven un poco más grandes que las usuales, y también duelen más. Pero esto no es, en lo absoluto, lo más inusual del día.

Miro a lo largo de la habitación y no puedo creer lo que veo. Hay una mujer aquí. Una mujer, de unos diecisiete, recostada en el suelo, completamente desnuda. Es hermosa. Estoy lleno de alegría. No sé qué tienen en mente, pero no me importa. ¡Hay otra persona aquí! Alguien a quien puedo tocar, ¡y mirar! Alguien que sé que es real. Que quizá pueda ayudarme a salir de aquí.

Me levanto y camino hacia ella. Toco su hombro y comienzo a hablarle.

—Ey, ¿hola?… Despierta. —Sus ojos parpadean y dirige su mirada a mí. Está asustada. No sé por lo que ha pasado, pero no comparte mi entusiasmo por estar con otro ser humano. Grita y se arrincona en el extremo de la habitación. Intento calmarla, en vano.

—¡Por favor, no! ¡No voy a lastimarte! —digo lo más sosegado que puedo—. ¡Estoy de tu lado! Por favor, cálmate. Confía en mí —Ella solo queda encogida en el rincón — Escucha, he estado aquí por tanto tiempo. ¿Sabes algo acerca de todo esto?, o ¿quién nos retiene aquí? — Solo responde con un callado sollozo. — Bueno, no tienes que preocuparte, ya veremos qué hacer. Saldremos de aquí, ¿sí? Saldremos de aquí. — Me doy cuenta de que puede necesitar algún tiempo para volver a la realidad. Voy al respiradero, dándole su espacio.

—Estará bien — escucho desde dentro del respiradero — solo necesita un momento para acostumbrarse. —Y tengo que darle la razón.

Eventualmente, después de horas de llorar, se calma. Me siento con ella e intento hacerle algunas preguntas. Nunca responde; de hecho, no creo que pueda comprender lo que le digo. Pero siento que el sonido de mi voz la calma un poco, así que sigo hablando. Le cuento de mis experiencias comenzando desde que desperté. Intento repasar cada detalle en el que puedo pensar de mi tiempo en esta prisión. Entonces me abraza y me siento increíble. La cálida, suave piel de su desnudo cuerpo contra mí es diferente a cualquier cosa que haya experimentado en esta dura y fría habitación. Corro mis dedos por su cabello y gime ligeramente. Nos sentamos allí en el piso por horas. Ahora veo que sí comprende. A pesar de esta jodida situación, me siento mucho mejor ahora.

Los días continúan pasando. Las cicatrices se desvanecen y ninguna nueva aparece. La comida viene y ahora se nos ha dado el «lujo» de tener un lugar para ir al baño. La chica y yo nos hemos intimado mucho. Incluso hicimos el amor unas cuantas veces.

Estamos sentados en el suelo besándonos. Acabamos de hacer el amor y fue hermoso. Ella confía en mí, y yo en ella. Nunca le haría daño, y nunca dejaría que nadie más lo hiciese.

—Te amo —le digo, y beso su cabello. Me sonríe y lo repite. Sé que entiende su significado, puedo oírlo en su voz. En lo que se prepara para dormir me prometo que saldré de esta habitación, y la llevaré conmigo.

Entonces pasa. Despierto y no está. Desesperado corro al respiradero.

—¡¿Qué has hecho con ella?! ¡Devuélvemela!

—¡No te preocupes! — dice la voz a la que estoy acostumbrado—, ella está bien. ¡Solo fue a un nuevo lugar! Es algo en lo que hemos estado trabajando por un tiempo, ¿te gustaría verlo?

Estoy confundido, molesto y asustado. No tiene punto luchar. Él tiene el control. Tiene mi voluntad. Me seco las lágrimas y le digo que sí. Le ruego, de hecho. Le prometo que seré bueno, que haré cualquier cosa que desee. Que no trataré de huir ni golpear las paredes ni nada malo.

—Solo por favor, déjame estar con ella. Por favor.

—Pronto — me responde, casi burlándose con sus palabras.

—¡Por favor! — No puedo hacer esto sin ella. La voz se va y me deja solo de nuevo y me quiero morir. Haría lo que fuese para matarme y terminar con todo esto. Pero no puedo dejarla. Me necesita, y le prometí que nunca la dejaría. Lloro y grito en el rincón hasta que toso sangre. Finalmente vomito y me desmayo del cansancio.

Despierto en un lugar extraño. ¿Es un sueño? Veo que tiene árboles, pasto. El hermoso cielo por encima de mí. ¡No estoy en la prisión! ¡Esto no puede ser real!, pero lo es. ¡Lo es! Un momento, ¿qué significa?

Corro. Corro por todos lados buscándola. Me lo prometió. Ella tiene que estar aquí. Comienzo a encariñarme realmente de este lugar. Miro a mi alrededor y veo que todavía estoy confinado. Grandes muros blancos rodean el área extendiéndose por al menos seis metros sobre el suelo. Me preocuparé de eso cuando esté con ella de nuevo. Por ahora solo tengo que encontrarla. Los árboles son tan bellos. Todo lo es, solo falta ella.

La escucho. Grita de alegría y corre hacia mí. Nos abrazamos y lloramos así como nos besamos apasionadamente. Estoy feliz. Estoy tan feliz porque me dejaron estar con ella de nuevo. Luego de que ambos nos calmamos, decidimos dar un recorrido por el lugar.

Vagamos el área por horas. Quien sea que es nuestro captor, en serio se esforzó en este lugar. Hay un río que fluye a través de la entera instalación. Una inmensa máquina que se alza más allá de los muros y hasta el cielo. Cuando nos acercamos a ella nos ofrece comida. Toda la comida que podríamos desear, y toda es deliciosa. Esto es increíble. Nos servimos todo cuanto podemos hasta estar saciados. El hombre del respiradero nunca nos habla aquí, pero sé que nos observa.

Pero nos topamos con algo. Ella sonríe emocionada al notarlo. «¡Mira, mira!», me susurra. Lo que vemos es un árbol, justo como los otros. Aunque está peligrosamente cerca del muro y de un alto suficiente como para poder subirlo y saltarlo. Sería una tremenda caída, y valdría la pena solo para llegar al fondo de todo esto. Esta es nuestra forma de escapar, pero tenemos que ser cuidadosos. Le digo que tenemos que esperar, calmarnos. Si nos apuramos podríamos arruinarlo todo. Ella entiende. Sé que no le gusta. Le digo que espere un día o dos para ingeniar la mejor manera de hacer esto.

Esa noche escucho de nuevo la voz de mi viejo amigo. Está fuera de mi vista, como siempre.

—Olvídalo — me dice —Solo disfruta de tu nuevo hogar.

—Prisión —le corrijo—. Esta es una jodida prisión. Y todo lo que he esperado desde que desperté ha sido la maldita verdad, y no he recibido nada de ti. Estás enfermo. He estado aquí, como rehén, por meses, ¡años! ¡Solo dime quién soy! — Silencio.

Está decidido, saldremos de aquí.

El sol se levanta y hago mi trayecto hasta mi amada. Supongo que estará en el árbol. Cuando por fin llego veo que ya ha escalado la mitad del camino.

—¡Espera! — le grito. Me mira y sonríe. Hace un ademán para que vaya hacia ella. Todavía estoy asustado, pero me doy cuenta de que no me puedo permitir tal cosa. Tengo que darle la cara a estas personas, estos bastardos. Voy con todo lo que tengo.

Juntos rápidamente llegamos hasta la cima del árbol. Ella alcanza la rama más alta y se apoya por el lado del muro. Miro a su rostro y veo una expresión de total y desenfrenado éxtasis. Ha ganado. Lo sabe. Lo que sea que ve al otro lado, sabe que es la libertad. Me sonríe y veo la curiosidad infantil en sus ojos. Sin ser capaz de esperar más, se inclina hacia mí, me besa y sube al muro.

¡Demonios! La escucho llegar abajo con una caída. Ella grita y oigo su cuerpo golpear el suelo del otro lado. Por favor, que esté bien. ¡Que nada le haya pasado! Sin pensar me movilizo a la cima del muro y salto de allí.

La caída resulta fuerte para mí también. Cuando caigo al suelo siento un dolor como ningún otro que he sentido de mis cicatrices, aunque no creo que nada esté roto. Ella está llorando sobándose la pierna. La reviso, pero parece estar bien. Veo algo diferente en ella. Quizá es por la luz: su piel se mira más áspera. Está sucia por la caída, yo también. Finalmente me pongo de pie y reviso en dónde estamos ahora.

Miro arriba en la pared que acabamos de escalar, orgulloso de nuestro logro. Luego escucho algo. Un tanto cerca de nosotros veo otro edificio. Uno grande en forma de platillo con una puerta mecánica que acaba de abrirse.

Caminamos hacia él lentamente, teniendo cuidado de no lastimarnos más. Mis piernas todavía me están matando. Así como nos acercamos, el edificio hace un increíble sonido que nos detiene en seco. Fuera de la puerta caminan… otros. Las únicas otras personas que he visto.

No son como nosotros. Son más altos. Son más delgados. Visten con prendas y el tono de su piel es mucho más claro que el nuestro. Tienen que haber al menos dos docenas de ellos. Uno se nos acerca, camina hasta unos metros de distancia de nosotros y se detiene. Nos mira intensamente. Todo lo que podemos hacer es devolverle la mirada, cuando por fin habla me golpea con fuerza. Este hombre, este hombre que estoy viendo de cara a cara, es el hombre del respiradero. Él es la voz que me ha enjaulado y atormentado por tanto tiempo.

—¿Pero qué han hecho? — nos dice. No puedo definir por sus grandes y negros ojos si está molesto o triste. — Han arruinado todo lo que hemos hecho por ustedes.

—¡Jódete!— le grito. —¡No estamos para ser tus malditos esclavos!

Congela su mirada en nosotros por minutos. Voltea a sus compañeros, todavía dentro del edificio. Deja salir un fuerte suspiro y nos mira de vuelta.

—Sabíamos que era solo cuestión de tiempo. Tendrán que hacer las cosas por su cuenta ahora. Esta es, me temo, la única forma en que pueden aprender.

No sé qué decir. No estoy seguro de a qué se refiere. No sé tampoco si me interesa. Solo lo quedo viendo, abrazando a mi amada.

Camina de vuelta al edificio y la puerta se cierra. La construcción entera se desplaza al aire. En medio de un intenso destello, las paredes y todo dentro de nuestra antigua prisión, desaparece, sin dejar rastro. El edifico volador se eleva más y más hasta que lo perdemos de vista. Finalmente, estamos solos.

Juntos vagamos por el área, buscando respuestas. Estoy comenzando a sentirme intranquilo ahora. Tengo hambre, y por la primera vez que puedo recordar, no tengo comida. No hay ningún dispensador, no hay ninguna máquina, ninguna bandeja mágica esperándome.

Ha sido muy diferente este último par de años. Estábamos tan perdidos cuando se fueron. Me odio por admitirlo, pero quiero volver con ellos. Quiero volver a escuchar su voz y tener mi comida, que me limpien y se encarguen de mí. Lo que comemos ahora sabe terrible. La forma en que vivimos es terrible. Nos ensuciamos. Nos lastimamos. Cuando dormimos ya no somos limpiados ni curados como antes. Nos despertamos de la misma forma en que nos fuimos a dormir.

No fue sino hasta que se fueron que nos dimos cuenta de cuánto los necesitábamos.

Es helado aquí afuera. Tenemos que matar animales que merodean y usar sus pieles para mantenernos calientes. Nos sentimos estúpidos, sucios y sin esperanza. Odiamos en lo que nos hemos convertido. A veces me despierto por la noche y trato de regresar su voz a mi cabeza. Intento hablar con él y seguir esperando y esperando por una respuesta. Pero no la hay. Quien sea que fuesen, se han ido para siempre. Solo somos Eva y yo ahora.

Hemos trabajado fuerte para construir un refugio estable que albergue a nuestra familia. Estamos esperando nuestro primer hijo. Es difícil, pero sé que podemos hacerlo. En la cansada noche ella se recuesta, yo tomo su mano y acaricio su cabello.

—¿Dónde crees que hayan ido, Adán? ¿Crees que alguna vez volverán por nosotros?

Intento ser valiente por ella. —No lo sé, quizá lo hagan. Nos aman, sé que todavía lo hacen.

Beso su cabello como lo he hecho tantas veces antes. Y espero, más que nada, que lo que acabo de decirle sea verdad.

miércoles, 20 de abril de 2016

Levitación - Historias de terror y Creepypastas



Morris Hobster fue mi mejor amigo por aquellos años en los que la sociedad condenaba estoicamente la actitud tan impetuosa y dinámica de la juventud. No puedo decir que éramos rebeldes porque no era así: simplemente, teníamos otras ideologías más profundas y el bello don de la curiosidad.

Es que así éramos Morris y yo: nos encantaba experimentar cosas nuevas como a cualquier joven de nuestra etapa. Era normal que todos se comportasen así, ¿no? La verdad es que nunca pude comprender por qué nuestros padres y demás familiares se escandalizaban ante nuestras filosofías, actos y cuestiones. En realidad nos daba igual lo que creyeran acerca de nuestra mentalidad tan abierta e ilimitada, siempre dispuesta a conocer más cosas sobre la realidad que nos rodeaba. Y es que mi amigo y yo éramos de aquellos que gustaban de buscar nuevas expectativas y definiciones de la existencia que llevábamos, leyendo por aquí, tomando fotos por acá, y luego compartiéndolas entre los dos; sacábamos conclusiones desde nuestro punto de vista y más tarde buscábamos información sobre los resultados a los que habíamos llegado. Definitivamente, no me puedo quejar de mi juventud, pues disfruté tanto como jamás lo he hecho.

Si existía una palabra para definir la ideología de Hobster, esa era extraordinaria. Ni yo poseía tal habilidad para concebir las costumbres cotidianas como un mero escudo ante lo desconocido, ante aquello que el ser humano siempre temió. Él mencionaba constantemente en sus pláticas que el hombre no tenía la más mínima idea de lo que había más allá de sus actos, y que siempre estaba buscando la forma de evadir su decadente e inevitable destino. Sencillamente, Morris era de aquellos jóvenes que, si se lo hubiera propuesto, habría llegado a la cima más encumbrada entre los sabios del mundo. Debo admitir que me sentía muy bien a su lado, pues era el único que lograba comprender mi concepción de la vida e incluso compartíamos puntos de vista iguales que, de no haber sido porque no compartíamos ningún parentesco familiar, podría haber jurado que ese chico era mi «gemelo ideológico», por así decirlo.

Sin embargo, el tiempo, maldito verdugo que inevitablemente te obliga a enlazarte con tu inverosímil destino, quiso que ambos nos separásemos y mi amigo se mudó junto con su familia a otra ciudad. Cuando él fue a comunicarme la desagradable noticia, no pude contener la agonía que estaba experimentando en mis adentros, y juntos nos despedimos con muchas lágrimas; lo que más me dolió de aquel aviso fue que claramente sentí cómo se desgarraba una parte de mi ser y era extraída por algún ser desconocido que deseaba ver mi sufrimiento. No puedo describir con otras palabras lo que padecí en aquel instante en el que mi destino estaba por cambiar, quizá para siempre, o tal vez era solo una prueba de valor para ambos; pero todavía hoy me pregunto qué había que comprobar con esa separación. Actualmente, mi ilimitada imaginación me permite hacer una especulación sobre aquella circunstancia que decidió todo por nosotros. Tal vez la vida nos vio como una amenaza, algo que podía romper su cuidadosa y bien estructurada coreografía de falsedad y egoísmo. Siendo así, no había lugar para nosotros en este mundo.

Aún recuerdo bien esa sombría tarde en que lo vi irse: su cara transmitía una serenidad impresionante, aunque yo sabía perfectamente que aquello era una máscara que estaba usando para evitar mostrar su dolor ante su familia, la cual era muy severa y conservadora. Su caso familiar no era la excepción por aquellos tiempos: muchos jóvenes de nuestra edad pasaban por la misma experiencia, incluso yo lo vivía; aquel que no tuviera unos padres así podía considerarse afortunado, muy afortunado. Tengo bien plasmada en mi memoria su cara al momento en que el carro encendió con todo aquel maletero encima, casi marcada a fuego su expresión: me estaba comunicando con la mirada que ni la misma distancia nos separaría, y que algún día, en un futuro no muy lejano, volveríamos a vernos. Yo entendí su silencioso lenguaje, y con el mismo idioma le dije que así sería, y que tarde o temprano, estaríamos juntos de nuevo para descubrir más cosas.

Las cosas continuaron su marcha normal, desde el punto de vista de la sociedad que me rodeaba, claro. Pero desde que Hobster se fue, supe que mi vida, a pesar de su creciente monotonía, ya no sería la misma. Me resultaba imposible el concordar con los adultos, quienes aseguraban que las amistades de juventud eran fácilmente olvidadas, y los jóvenes de mi ciudad me daban los ánimos que necesitaba para afrontar a esa terrible ideología a la que llamaban madurez adulta.

¡Qué grande fue mi alegría cuando recibí una carta de Morris! Recuerdo que mi padre acababa de llegar de su trabajo, y siempre tenía por costumbre revisar el buzón antes de llegar a casa. Escuché sus pasos subiendo las escaleras y supuse que pasaría de largo por mi cuarto sin saludarme, como siempre lo hacía; me sorprendió sobremanera que tocara la puerta de mi habitación, pero después comprendí que solo lo había hecho porque entre las cartas que llegaron, había una para mí. Tengo que admitir que me extrañó demasiado que me enviaran algo, pero así era, mi padre me entregó el sobre y salió de mi cuarto. Me quedé observando la carta por un tiempo: ¡quien me la había escrito era Morris! Imaginen mi emoción cuando la comencé a abrir y descubrí, con total alegría, la pequeña pero fina letra de mi mejor amigo. Sin más tiempo que perder, comencé a leerla:

Mi muy apreciable e incomparable amigo Randolph Gordon:

No puedo concebir la emoción de este momento en el cual estoy redactando estas líneas, me siento feliz de poder escribirte por primera vez luego de que fuese forzado por mi familia a abandonar el lugar donde pasé los mejores momentos de mi vida, con el amigo que jamás podré olvidar. Te parecerá increíble, pero desde que estoy acá, no logro adaptarme a mi nueva forma de vida: la ciudad en la que vivo ahora es mucho más caótica que la tuya, los jóvenes se apegan ciegamente a las enseñanzas de los adultos y, por desgracia, no ejercen su libre albedrío como debería ser; si los adultos de mi anterior pueblo eran severos y conservadores, estos van más allá de esas erróneas y estúpidas ideologías. No puedes imaginarte la felicidad de mis padres al saber que sus vecinos tienen un hijo «bien educado» que nunca pone en duda la autoridad de sus mayores y que es obediente. Solo puedo pensar en la debilidad de pensamiento que posee ese pobre muchacho, y no lo culpo, la verdad no puedo hacerlo porque el ambiente en que ha crecido lo moldeó así y así se quedará para su eterna desgracia.

Por otro lado, mi familia a cada momento menciona que cuánto hubieran dado porque yo creciera desde un principio en esta maldita ciudad, y están diciéndomelo a cada momento del día. En la escuela soy visto como el «rebelde sin causa» y he tenido choques de personalidad con todos los profesores, incluso con la directora; me han llamado varias veces la atención por defender mis justos derechos y cada vez que me pongo en contra de los pensamientos tan cerrados de mis maestros, mis padres son citados para conversar con ellos, y los exhortan a que me pongan en mi lugar o alguien más lo hará un día. Ellos, como siempre lo has sabido y es costumbre del lugar donde estás, dicen que se avergüenzan de mí; que debería aprender a comportarme como el hombre que soy y que definitivamente tendrán que enseñarme a levitar. No entiendo a qué se refieren con eso, pero sospecho que no es nada bueno.

Randolph, sé que te sonará ridículo, porque jamás me escuchaste mencionar algo similar cuando estábamos juntos, pero por primera vez en mi vida tengo miedo, miedo hacia el destino que me depara con esta putrefacta sociedad. ¿De qué tengo pavor? Del modo de ver las cosas de los adultos: son tan ambiguos que se puede esperar cualquier cosa de ellos. Me decidí a escribirte esta carta a escondidas de mis padres, bien sabes que ellos nunca te vieron con buenos ojos porque eres igual a mí en pensamiento, del mismo modo en que tus padres me veían mal a mí. Supongo que algunos patrones de conducta siempre permanecen y ese es el caso de nuestras familias, ¿no lo crees? Tengo deseos de que vengas a visitarme, quiero verte: no sabes el terror que vivo día con día al saber que la juventud de este lugar en realidad no existe, solo son adultos en proceso de madurez; me aterra ver que nadie piensa por sí mismo y se apegan como un perro a su dueño a las ideas de los mayores, es simplemente macabro. ¿Hacia dónde va este decadente sistema? No tengo la menor idea, pero he decidido que en cuanto tenga mayoría de edad, me iré de este enfermizo lugar que no hace otra cosa más que reprimirme demasiado. Sé que te veré pronto porque responderás a mi llamado, sabiendo que tú tienes más posibilidades de venir a verme, y tienes conciencia de ello.

Junto con esta carta he anexado un mapa de mi ciudad actual, en él realicé unas señalizaciones para que encuentres mi casa; en el dorso se encuentra mi dirección completa, junto con instrucciones precisas para que no te equivoques de domicilio. Si hago todo esto es porque me urge verte, necesito hablar con una persona que me entienda y me ayude a soportar esta situación. Creo que empiezas a comprender cómo me siento, después de todo, admiro tu habilidad para ser empático, cosa que aquí nadie posee. Amigo mío, quisiera comunicarte más cosas por este medio, pero entiendo que las palabras que deseo compartir contigo no podrían ser escritas. Espero tu próxima venida y recuerda que siempre contarás con un amigo leal en la distancia y en la eternidad, así como yo sé que siempre estarás conmigo en las buenas y en las malas.

Tu mejor e incondicional amigo,

Morris Hobster.

Confieso que en un principio, la carta me llenó de mucha motivación y alegría, pero conforme me fui acercando a su desenlace, me sentí frustrado y a la vez preocupado: no sabía la difícil situación que estaba viviendo Morris, ¡y yo que pensaba que mi vida era terrible! Sin pensármelo dos veces, empecé a idear un plan para que mis padres me llevaran a visitar a mi amigo; les diría que en la carta que me envió me comunicaba que estaba enfermo y que el médico le había recomendado absoluto reposo, por lo cual me escribió y me solicitaba que le llevase algunos libros para su entretenimiento mientras permanecía en cama. Con aquella estrategia en mente, me dirigí al cuarto de mis padres y les dije sobre la supuesta enfermedad que tenía mi amigo, les rogué que fuéramos a verlo y, sorpresivamente, ellos accedieron sin que les insistiera demasiado. Me comentaron que primero tendrían que pedir permiso en el trabajo de mi padre y en mi escuela para ausentarnos, asunto que resolverían al día siguiente. Yo estaba que no cabía en mí de la emoción: ¡iría a ver a Morris después de tanto tiempo!

Al tercer día nos encontrábamos empacando algunas maletas para quedarnos unos días con la familia Hobster, pues mis padres consideraban que resultaría interesante relacionarse más con los progenitores de mi amigo. Salimos rumbo a la ciudad donde Morris se había mudado junto con su familia, y con ayuda del mapa que me envió, logramos dar con la casa sin equivocarnos de dirección.

Mi corazón saltaba de la indescriptible felicidad que sentía al saber que de nuevo vería a mi gran amigo de toda la vida. Me bajé del auto casi al mismo tiempo que mi padre se estacionaba, corrí hacia la puerta de entrada mientras gritaba el nombre de Morris. La puerta se abrió mientras la señora Hobster me dedicaba una sonrisa que, hasta hoy, no dejo de considerar que poseía una pequeña sombra de felonía. Pregunté por mi amigo, y con el tono más dulce e hipócrita que había escuchado jamás, su madre me contestó que él estaba en su habitación levitando. No sé por qué, pero en ese momento sentí una terrible punzada en el pecho, sobre todo porque Morris me había mencionado que esa palabra acrecentaba su temor con respecto a sus padres y la forma en que ellos la concebían.

Le pregunté a la señora Hobster en dónde estaba el cuarto de mi amigo. Ella seguía manteniendo su falsa sonrisa mientras señalaba hacia las escaleras que conducían al segundo piso, al tiempo que mencionaba que Morris había estado sumamente inquieto por mi llegada y que ahora se pondría feliz de verme. No había acabado de darme la información cuando corrí con mucha rapidez mientras ascendía hacia la segunda planta de la casa. Cuando llegué a la puerta que supuse que sería la de mi amigo, noté que estaba cerrada, así que toqué al mismo tiempo que le avisaba a Morris que ya había llegado.

Solo escuché la voz del señor Hobster contestándome que pasara, pues mi amigo estaba en esos momentos muy ocupado levitando; otra vez escuché esa palabra que me retorcía las entrañas. Con mucha lentitud abrí la puerta, pues pensé que Morris estaba quizá reflexionando sobre algo o muy sumido en sus pensamientos para que no me contestase, y además, ¿qué hacía su padre con él en su habitación? Mis pensamientos fueron cortados de tajo mientras observaba, boquiabierto, algo que jamás creí que vería en la vida real: ahí, en medio del cuarto, estaba mi amigo ¡literalmente levitando, tal y como lo habían mencionado sus padres! No lo podía creer, no lo quería creer; empecé a entrar en un estado de shock mientras seguía mirando a mi amigo, en su rostro se dibujaba esa misma expresión que me había dedicado el día que se fue de mi ciudad: serenidad, una tranquilidad infinita y esa particular sonrisa suya que me dedicaba cuando decía que todo iba a salir bien. Continué viéndolo, realmente levitaba, pues sus pies no tocaban el suelo; era increíble, pero cierto.

Recuerdo que escuché decir a su padre que ahora Morris, gracias a la levitación, aprendería a comportarse como un joven de buenos modales y que sería un gran ejemplo para mí de ahora en adelante. La cara del señor Hobster expresaba alegría y orgullo: no podría estar más feliz de su hijo.

Desperté en el hospital general de la ciudad, rodeado de las preocupantes miradas de mis padres. Me dijeron que me había desmayado por la emoción de volver a ver a mi amigo, pero sabía que decían eso para tranquilizarme. Como solo había sido un desvanecimiento temporal, el médico me dio de alta enseguida. En la sala de espera estaban los padres de mi amigo, felices de que mi desmayo no hubiese pasado a mayores. Pregunté una y otra vez por Morris a sus progenitores, y ellos, con una gran sonrisa de satisfacción, solo se limitaban a decirme que ahora él era un chico muy educado y obediente, y que debería estar orgulloso por ser amigo de un muchacho así. Yo simplemente no podía creerlo; me puse histérico y les grité enfrente de todos los que se encontraban ahí y de mis padres que estaban completamente locos, que su retorcida ideología no conocía límites y que no había ningún motivo para estar feliz por haberlo obligado a convertirse en lo que ahora era. Las personas del hospital se quedaron mirando conmocionados aquella escena, jamás habían visto a un joven alzarle la voz así a sus mayores. Mis padres estaban avergonzados por mi supuesto escándalo y me sacaron a rastras de aquel indiferente lugar; nadie hizo nada para defender mis ideas, nadie, y sé que nadie jamás lo hará, no en esa maldita y putrefacta ciudad.

Debido a mi «indecente» comportamiento, mis padres decidieron regresar a casa esa misma tarde, comunicándome que los padres de Morris no deseaban volver a verme, ya que me consideraban una mala influencia para su hijo. Yo solo quería despedirme de él por última vez y decirle que lamentaba no haber llegado antes para salvarlo de su levitación, ¡solo quería eso! Sentí un terrible dolor en mi pecho mientras nos alejábamos de aquella fatídica y repugnante ciudad. Mis padres, completamente decepcionados de mi forma de expresarme ante los Hobster, me dijeron que también deberían aplicar conmigo esa técnica de la levitación, pues así aprendería a ser un chico correcto y bien portado. Recuerdo que en ese instante comencé a odiar enfermizamente a mis padres, tanto como aborrecía a los de mi mejor amigo.

El tiempo, en su marcha incansable, hizo que ya no le diera motivos a mis padres para que cumplieran aquella terrible amenaza que tenía por objetivo despojarme de mis ideales. En cuanto cumplí la mayoría de edad, abandoné la casa porque no soportaba vivir con aquellos dos seres tan aborrecibles. Me mudé a un pequeño poblado, lejos de mi antiguo hogar. Puedo decir que ahora llevo una vida tranquila, pero no feliz: el recuerdo de la sorprendente levitación de mi amigo me persigue a todos lados. La última vez que lo vi, su cara me volvía a decir que algún día estaríamos juntos para siempre, y jamás lo dudé. Creo en su palabra y siempre seguiré creyendo en ella, a pesar de que él ya no será nunca lo que alguna vez conocí. Pensándolo bien, yo tampoco quiero seguir siendo lo que soy ahora. He leído su carta muchas veces en mis tiempos de soledad para sentirme acompañado, y siempre se ha quedado marcada en mí, tal y como si fuese un tatuaje, aquella palabra que le dio un sentido nuevo a la vida de mi amigo y estaba por formar parte de la mía. Seguramente, si me vieran mis padres, estarían orgullosos de mí. Sin dilación, termino de escribir estas líneas para decirles a todos ustedes que la experiencia de la levitación me servirá para comprender por qué mi amigo tenía esa expresión en su rostro aquél día: era muy pacífica.

Sé que ninguno de ustedes comprenderá el motivo que me lleva a hacer esto, pero solo quiero saber qué sintió mi amigo cuando su padre lo hizo levitar. Sin más demora, tomo una resistente soga y la amarro bien en el techo de mi casa, me aseguro de que esté bien atada y formo un nudo corredizo en su punta libre. Me colocaré ese lazo alrededor de mi cuello y entonces al fin estaré con mi amigo, al fin comprenderé a sus padres y al fin me sentiré libre para dejar este maldito mundo. Creo que por eso Morris estaba tan relajado mientras levitaba, ahora sentiré esa misma calidez que su familia le hizo sentir al convertirlo en un hombre de bien.

Levitaré, sí, para que mis pies jamás vuelvan a tocar este inmundo suelo…


AUTOR: Kamiuchi Double Impact

martes, 19 de abril de 2016

Ahora la sabe - Historias de terror y Creepypastas


Solo soy una persona con conocimientos en sistemas. En realidad trabajo para una empresa de tecnología y no soy especialmente creyente en nada paranormal, de hecho, soy poco religioso.

La razón de pasar por aquí es precisamente porque tengo curiosidad en estos asuntos desde que un familiar me contó una historia bastante particular.

Javier y María son prácticamente dos campesinos, criados a la vieja usanza en una pequeña choza situada a unos treinta minutos a paso de caballo del pueblo más cercano. Javier es un primo lejano del lado de la familia de mi padre que a pesar de ser médico actualmente, viene de una familia muy humilde en el campo, logró completar sus estudios de medicina con su propio esfuerzo; por esa circunstancia aún tenemos bastantes familiares en zonas rurales.

La historia me la narró mi primo cuando hicimos un viaje hasta su pueblo, decidimos visitarlo ya que lo vemos prácticamente una vez al año en temporada de vacaciones. Usualmente nos da pereza ir hasta allí, porque a pesar de que el campo es muy bonito y la choza muy acogedora, la vía para llegar no es precisamente apta para un vehículo moderno, aunque sea una camioneta como en la que vamos. De hecho, no es un carretera como tal, es solo un camino que se ha formado por el pasar de los animales, carretas o algunas motos, y que en invierno es inaccesible a menos que sea en vehículo de tracción animal de cuatro patas. También es posible que si dos automóviles se encuentran, alguno de los dos tenga que regresar en reversa, por supuesto esto rara vez ha de pasar por ser poco transitado.

La última vez que lo vimos, el buen primo tenía la espalda llena de cicatrices. Nuestra primera reacción fue preguntarle qué había pasado. Su respuesta me ha dejado atónito, es la primera vez que escuché algo similar.

«No sé si en el pueblo les contaron que me caí del caballo. Todo el mundo dice eso, pero María sabe lo que realmente pasó. No sería agradable contarles porque están de visita y no quiero que pasen una mala noche».

Más que la razón por la cual no quería contar lo sucedido, yo podía notar que tenía miedo de relatar la historia. Su mirada era confusa y extraña, tal vez pensativa e intentaba buscar otro tema de conversación; sin embargo, yo insistí, diciéndole que solo era una historia y que no era cortés dejarnos con la intriga.

Bueno, siéntate aquí — me dijo al rato cuando los demás estaban haciendo otras cosas —. No quiero que tu padre se ponga nervioso manejando cuando estén de regreso.

Hace dos meses, como era de costumbre, yo tenía que ir al pueblo a comprar algunas cosas de la casa. Nunca lo hago muy entrada la tarde para que no me agarre la noche en el camino. Jamás le he tenido miedo a la noche hasta ese día, es más, incluso le tenía más miedo a los vivos que a los muertos. Ya me habían robado antes por deambular tan tarde. Parece que los ladrones no duermen.

«Eso es cierto», afirmé, mientras en mi cabeza quedó el eco de la frase «hasta esa noche».

Sin embargo, tenía varios animales enfermos —continuó—. Ya dos vacas estaban bastante mal, no podía darme el lujo de que murieran, así que tomé el caballo y comencé a ensillarlo. María inmediatamente me dijo: «Javier, ¿para dónde vas? ¿Que no ves que ya es tarde y me da miedo que vayas solo? Te va a pescar desprevenido la noche, tengo un mal presentimiento, espera hasta mañana».

Yo la ignoré por la misma razón que comenté, no podía darme el lujo de un animal muerto, así que tomé una linterna por precaución, aunque sabía que estaría bastante iluminado por haber luna llena y posiblemente no la usaría para no mostrarle mi posición a nadie.

Fui al pueblo lo más rápido que pude. Compré en el mercado lo necesario y en el camino me encontré con un par de amigos que me ofrecieron dos tragos de Ron. Luego seguí, y tal como estaba previsto, una cortina negra cayó sobre el campo. Apenas había comenzado la vía.

Claro, el caballo ve mejor que yo, así que solo me incliné y traté de ir lo más rápido posible con la luz apagada para no llamar la atención de cualquier bandido que este por allí. Llevaba muy buen ritmo, estimo que debía ir al menos ya por la mitad del camino y me iba sintiendo más tranquilo a medida que avanzaba; sin embargo, cuando llegué a la curva por donde se llega al arroyo, sentí curiosidad de algo extraño — hizo una pausa, como tomando fuerzas para poder explicarme lo que seguía; mientras hacía eso su miedo me invadía a mí también —.

Cuando pasé por aquel lugar vi una silueta, estaba casi seguro de que era una niña. Para ese entonces mi vista ya se había adaptado un poco a la oscuridad y podía distinguir cosas, sin embargo al cruzar tan rápido ese punto no podía estar seguro de si era correcto lo que vi o no.

Por supuesto, la duda me estaba matando. ¿Y si era una niña que se había perdido? ¿Qué tal si la muerde una víbora?… Tal vez la pobre no se atrevía a caminar del miedo. En estas tierras tan alejadas es posible que hasta sea violada y nadie escucharía nada…

Tantos pensamientos invadieron mi mente que decidí dar la vuelta y asegurarme. Paré en seco el caballo y di la vuelta, encendí mi linterna y comencé a buscar. En menos de un minuto ya podía verla, a pesar del gran trayecto recorrido mientras decidía si regresar o no. No le di gran importancia, pues supuse que tal vez había caminado un poco o habría intentado perseguirme y por eso había avanzado.

Era una pequeña niña. «Tendrá a lo mucho unos siete años», pensé. Estaba vestida completamente de blanco, su rostro parecía angelical aunque tenía una parte tapada por el cabello, y la verdad aún no recuerdo si podía ver sus pies, tal vez estaban confundidos con el pasto, además al encender la linterna perdí nuevamente la poca visibilidad que ya tenía y solo podía ver lo que alumbraba directamente.

«¿Y qué pasó?», pregunté; aunque el corazón me palpitaba rápidamente no podía dejar de escuchar.

Le consulté: «¿Estás perdida?». Ella solo asintió con la cabeza sin mencionar una palabra. «¿Vives cerca?», nuevamente solo movió su cabeza hacia los lados.

Entonces le dije: «Si quieres te llevo a mi casa y mañana buscamos a tus papás, porque no te quiero dejar sola aquí». Ella asintió de igual forma, solo moviendo su cabeza.

Giré el caballo y le pregunté si sabía cómo subirse. No había terminado de hablar cuando la sentí detrás de mí. Me agarró fuerte de la cintura, obviamente pensé que debía estar aterrada, así que no le dije nada y reanudé inmediatamente mi carrera hacia mi anhelado hogar. Sentía como si de repente la temperatura hubiera descendido, y pensé: «Creo que ya ha entrado mucho la noche, debe ser muy tarde».

Aceleré nuevamente hasta lo que el pobre animal era capaz. Me daba miedo encontrar a algún bandido más aun llevando esta acompañante, ya no era solo mi seguridad, también la de esta niña —pausó su relato nuevamente, sus manos comenzaron a temblar y su mirada estaba perdida en el recuerdo, como si lo estuviera viviendo de nuevo—.

Noté que algo no estaba bien, el caballo empezó a bajar la velocidad y por más que intentaba no conseguía hacerlo regresar al ritmo que traía. Le dije a la niña: «No te asustes, ya casi llegamos». Ese fue el primer momento en que la escuché hablar, esa voz aún resuena en mis sueños y en mis pesadillas; no sonaba como ninguna persona, niño, adulto o anciano que hubiese escuchado antes, y me dijo: «Tú no vas para ninguna parte, tú te vas conmigo».

Impactado por sus palabras, miré hacia atrás; no podía ver su rostro, ya que estaba apoyado sobre mi espalda, pero sus piernas… sus piernas eran tan largas que arrastraban contra el suelo, era eso lo que no dejaba avanzar al caballo, lo estaba frenando.

Enseguida me di cuenta de que el frío que sentía no era normal, estaba temblando, mis manos estaban moradas, aunque mi espalda estaba muy caliente. Sentía un olor a azufre que no desaparecía. De pronto… me habló de nuevo.

«Reza lo que te sepas si quieres, pero tú te vas conmigo».

A mi mente vinieron muchas oraciones, las que había escuchado en la iglesia, las decía así no creyera en nada de eso. Las que había escuchado cuando enterraban a la gente, las que había escuchado rara vez de algún religioso o en el colegio. El caballo iba cada vez más lento, casi que se detenía, y cada vez que terminaba alguna oración ella reía y solo decía: «Esa ya me la sé, tú te vas conmigo».

Hizo una última pausa… esta vez el tono de su voz cambió, parece que había más tranquilidad en su rostro…

En ese momento me recordé a mi bisabuela, ella siempre hacía una oración cuando alguien se sentía triste o estaba enfermo, no sé cómo la recordé en ese momento puesto que yo aún era muy pequeño cuando falleció. Tampoco recuerdo que sea algo que haya escuchado en una iglesia convencional, era   como el pedazo de una canción o algo muy, muy viejo.

Esperé que ella se riera aún más, pero solo había silencio. En un tono de disgusto, me dijo: «Te salvas, porque esa no me la sé».

De inmediato desapareció la presión del caballo y comenzó a andar un poco más rápido, de todas fomas se escuchaba en su respiración que estaba muy agotado. También la presión en mi espalda desapareció pero todavía me dolía un poco. Estoy seguro que el miedo apaciguaba el dolor. Cuando llegué a la casa, dejé el caballo afuera sin pensarlo, me dirigí hacía María, le di un beso y le conté lo que me había pasado. Ambos estábamos petrificados. Ella miró mi espalda y me advirtió la aparición de unas cicatrices, como si algo me hubiera quemado.

Habremos dormido un par de horas esa noche. En la mañana, cuando salí afuera, ahí yacía mi caballo muerto; sus patas traseras estaban calcinadas y el olor a azufre aún permanecía fresco.

Allí terminó la historia, solo se levantó y me dejó ahí. Yo no sabía qué decir ni qué pensar.

Inevitablemente nos agarró la noche cuando regresábamos, aunque no sentía tanto miedo porque íbamos en auto, la radio estaba encendida e iba con toda mi familia. Aun así, no me atrevía a mirar por la ventana. En el exterior reinaba absoluta oscuridad, las luces solo alumbraban parcialmente el camino. Yo pensaba: ¿Serán solo inventos? ¿Alguna historia colorida que inventó porque había tomado algunos tragos esa noche?

Miré hacia el cielo nocturno; en el campo se pueden ver muchas estrellas y era noche de luna llena, de esas en la que la luna por alguna razón tiene un tinte rojizo. Cuando volví la mirada hacia abajo, no pude evitarlo: eché un vistazo por la ventana y por allí en la negrura de la noche distinguí una silueta de entre la oscuridad… Íbamos bastante rápido, evidentemente no había razón para regresar, aunque sentí un horrible escalofrío al rememorar la historia. En ese momento recordé lo que le había preguntado al buen primo antes de marcharnos: «¿Y cuál era la oración?...».

Él respondió: «De nada sirve que te la diga… Esa ya se la sabe».



AUTOR: Santiago Sánchez
MODIFICACIONES: Admin de Oscuridad Oculta

lunes, 18 de abril de 2016

Ceguera - Historias de terror y Creepypastas



El despertador sonó, molesto e insistente. Él, hasta hacía medio segundo durmiente, sacudió la cabeza con ese pequeño susto que recibimos al despertarnos y que se desvanece tan rápido que casi nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la mano, apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por el maravilloso silencio.

Volvió a su posición de feto y pensó el cotidiano “cinco minutos más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se estiró hasta el hartazgo.

Abrió los ojos y se los restregó un poco a la vez que bostezaba. Con la oscuridad que reinaba en el cuarto era prácticamente lo mismo tener los ojos cerrados o abiertos. ¿Prácticamente? Era exactamente lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo la luz por la mañana.

Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza de costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en otra vida.

Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño y hacer sus necesidades. Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente.

Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta, puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó instintivamente, donde sabía que estaba el interruptor.

Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foco).

Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio que le daban (puta madre, siempre pago en término, vos te atrasas y ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está todo bien, claro, manga de hijos de mil …). Tanteando y con las manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o algo así.

Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus ojos, y no podía observarla. Nada, nada.

(Bueno, tranquilo. Seguramente el despertador se adelantó y todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado oscura.)

Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en absoluto.

Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba hasta la médula.

(¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero, pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo menos ver algo, por tenue que sea.)

Interrumpió sus pensamientos y decidió ir a la cocina a buscar las velas, que tendrían que estar en la alacena de arriba del lavamanos, si no se equivocaba. Siempre tanteando paredes y muebles, llegó hasta el lavamanos. Extendió la mano hacia arriba y tocó la madera de la alacena. Siguió hasta la derecha, despacio, muy lentamente, hasta encontrar la manija. Abrió la puertita, y metió la mano tanteando. Café (¿Por qué tengo café guardado acá?), un espejo, un termo, un mate, velas. Tomó el paquete, sacó la mano y cerro la alacena en un gesto fluido.

Se quedó con las velas en la mano. Acostumbrado a la tecnología, no se dio cuenta de que necesitaba prenderlas por unos segundos. Recorrió la mesada con la mano hasta llegar a la cocina, donde seguramente tenía un encendedor. Pasó los dedos por la hornallas apagadas, el tubo de gas, y de nuevo la mesada, cuando de repente y con un horror indescriptible, sintió que tocaba piel humana, como si fuese un antebrazo.

Retiró los dedos instantáneamente, y se fue casi corriendo para atrás, hasta que chocó la espalda contra la mesada, que vista de arriba tenía forma de L. Quebrado del dolor, cayó de rodillas hacia adelante, pero la adrenalina y el miedo que sentía lograron hacerlo levantar en medio segundo. Con el terror gritando en cada fibra de su cuerpo, fue hacia atrás, chocando la espalda nuevamente con una silla, pero ni lo sintió.

Finalmente llegó hasta la puerta de entrada, y no dudó en tomar la decisión de salir, a pesar de que ni estaba vestido. Palpó la pared hasta que encontró la puerta de metal, y bajó la mano hasta encontrar el picapor… el picaporte no estaba. Empezó a sudar, y apoyó la espalda –solamente por instinto: no podía ver nada de lo que estaba adelante suyo – contra la puerta, a la vez que seguía tocando para ver si encontraba la manija. Comenzó a temblar: la puerta estaba totalmente lisa, como si fuese un simple adorno de la pared. Donde estaba el picaporte ni siquiera tenía un agujero; la puerta era totalmente uniforme.

Lo único que percibían sus sentidos era el ruido de su respiración, rápida, agitada, y el frío de la puerta que tenía a sus espaldas, nada más. Se agachó lentamente y por instinto, y se quedó sentado, moviendo la cabeza hacia todos lados, por la costumbre de poder y la desesperación de querer ver.

Pasaron un centenar – o eso le pareció – de minutos, y el todavía seguía en cuclillas. (No toqué nada, fue mi imaginación. Me estoy poniendo nervioso y lo sé perfectamente, es esta maldita oscuridad. Como mucho, debe haber sido un pedazo de carne que deje sin querer, o una bolsa con pan, y como estoy asustado me pareció que era un brazo. Nada más. Nada más.)

Siguió pensando, y se dio cuenta de que tendría que ir a buscar el encendedor para poder prender la vela. A pesar de eso, siguió exactamente en el lugar que estaba. No se animaba a levantarse ni a hacer el más mínimo ruido, aunque ya había formado su opinión de que era lo que había pasado. Sin embargo, explicación racional o no, la verdad era que seguía ahí, agazapado, esperando un mínimo ruido para… ¿para hacer qué?

(Ay Dios, ay Dios. Mierda, no puede ser, no puede ser, no puede ser. Ya sé que es lo que está pasando: estoy ciego. Seguramente la habitación está plenamente iluminada y soy yo el que no puede ver nada, y las cosas que están pasando son solamente producto de mi imaginación. Ay, no puede ser que me haya quedado ciego así, es imposible, ¡es imposible totalmente!)

Lloriqueó patéticamente un rato, al darse cuenta de que se había quedado ciego, y de que estaba haciendo el ridículo. Tantas cosas que no iba a poder hacer nunca más… toda la tragedia se le desnudó de repente, y siguió donde estaba, agazapado.

(No puede ser que me pase esto, no a mí. Hasta ayer estaba bien, ¡mierda! Creo que la única manera es prender la vela o el encendedor, para saber si yo estoy ciego o me están pasando una serie de cosas, de accidentes casi imposibles)

Se armó de valor, y casi increíblemente para él, se levantó y comenzó a caminar, a ciegas al igual que desde que se levantó de la cama. Dio un par de pasos y ya estaba a punto de llegar a la mesa – de ahí, un par de pasos lo separaban del encendedor – cuando escuchó un sonido tenue, vago, como una respiración. El corazón se le detuvo, y las velas se le cayeron de la mano.

Temblaba. Fue solo un momento que lo escuchó, pero la tensión que acumulaba hacia dos horas lo hizo colapsar. Se quedó paralizado, sin moverse ni medio centímetro. Esperaba un golpe, una mordida, algo que lo mate en cualquier momento y desde cualquier, desde cualquier lado. Estaba indefenso totalmente, esperando su muerte.

Esperó un minuto. Dos. Tres. Cinco. Ocho. El tiempo se le hizo eterno, pero al fin, y con pavor, escucho un roce, como de pies que se movían con sigilo. Su oído ya estaba muy sensible, por la falta de visión y por el miedo que sentían. El sonido de los ¿pasos? se alejaba en dirección al baño. (¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay alguien acá? ¿Qué carajo quiere de mí, por qué no me habla o me mata, que pretende? ¿Estoy ciego y todos estos ruidos son producto de mi imaginación? ¿Hay alguien que está jugando conmigo?)

Despacio, casi en cámara lenta, se movió hacia la mesada. Su sentido de la orientación estaba mejorando bastante, ya era capaz de acordarse la posición de cada cosa. Toqueteó la mesada hasta que encontró el encendedor y lo tomó: era la hora de la verdad. Posicionó el pulgar y lo bajó en un movimiento rápido. Sintió el “schic” pero no vio nada, ni siquiera la chispa (Estoy ciego mierda, estoy ciego, mierda mierda mierda mierda). Probó nuevamente, y cayó en la cuenta de que no era el mismo ruido que siempre. Acercó el encendedor a su oído, y pulsó solamente el botón que expulsa el gas, pero le llegó un ruido casi inexistente: el encendedor agonizaba. La única alternativa que le quedaba para conseguir luz se iba y no volvería jamás.

Su respiración era cada vez más rápida, y su corazón volaba. Dudaba, dudaba de todo. No sabía qué era lo que estaba pasando, y no tenía forma de saberlo. Siguió tratando obsesivamente de prender el encendedor, sin respuesta (Un momento, ¿por qué no veo la chispa?).

Pasaron unos minutos, y no se atrevía a mover de donde estaba. Agradeció al cielo tener los sentidos del tacto y del oído, porque sin ellos ya se abría vuelto completamente loco. Sintió una sed terrible quemándole la garganta, y se movió apenas unos centímetros hasta alcanzar el lavamanos, siempre a ciegas. Abrió la canilla de agua fría, pero el ruido a metal fue lo único que escuchó, en vez del esperado sonido del agua fluyendo. Tocó la canilla del agua caliente, pero tampoco hubo respuesta.

(¿Tampoco hay agua? ¡¡¡¿¿¿Qué es lo que está pasando???!!!) Se sentía mal, muy mal.




Se sentía peor. Estaba desesperado y, definitivamente, algo terrible estaba pasando. No tenía salida, estaba totalmente perdido. Lloraba, y ahora sabía que definitivamente alguien o algo estaba en la casa, y estaba jugando con su mente, haciéndolo desesperar para hacer quien sabe qué.

Hacía quince minutos que había probado el teléfono. Suele pasar que a veces las ideas más obvias se nos escapan, pero Kevin tuvo suerte – Bueno, relativamente – y se dio cuenta de que podía usar el aparato para llamar a alguien y pedir ayuda. Marcó metódicamente el número de familiares y amigos, pero siempre se escuchaba el “tututututu” tan característico, que indica que el número no está en servicio. Finalmente, y con cierta reticencia a hacer el ridículo, marcó el número de la policía. El alma le volvió al cuerpo cuando escuchó la rutinaria voz de un operador contestándole.

911 ¿Cuál es su emergencia?

-Hola –Respondió Kevin aliviado por escuchar una voz humana pero todavía nervioso-. Creo que hay alguien en mi casa.

-Ok, quédese tranquilo y escóndase en donde pueda.

-¿Van a mandar una patrulla?

-Sí, en estos momentos va a salir una hacia allí, solamente espere y no me cuelgue. Está conversación será grabada por precaución, señor. -Mandela lo más rápido que pueda oficial, estoy muy asustado, en serio.

-Sí, se le nota en la voz –repuso el oficial, risueño -. Trate de calmarse y cuénteme que está pasando – Kevin le contó una versión minimizada, mucho más verosímil, y cuando llegó al punto de que no veía ninguna luz, ni la proveniente de afuera, la voz del oficial le respondió, extrañado

 -. ¿Abrió la persiana y no vio luz afuera? Pero si son las cuatro de la tarde, hombre…

Todo el nerviosismo que había logrado ahuyentar volvió en esas dieciséis palabras. Empezó a respirar rápido, como si tuviese un ataque de asma. Sí, entonces estaba ciego y era todo su imaginación, esto lo confirmaba.

-Señor, ¿todavía está ahí? –dijo la voz del operador, preocupada-. ¿Señor?

-Sí, sí, estoy acá –respondió Kevin, devastado –. Creo que me volví ciego.

-Escúcheme atentamente, señor. Hay una forma médica y segura de saber si perdió la visión o no. Si tiene bicarbonato de sodio cerca, échese un poquito en el ojo. Si perdió la visión le va a arder un poco (un poquito apenas, no se preocupe) y si puede ver no le arderá absolutamente nada. Créame, un tío mío lo hizo una vez. Hágalo y vuelva, no colgaré.

Estaba desesperado, y el policía habló con total seguridad, así que supuso que tenía razón. Fue hasta la alacena, y sacó lo que supuso era bicarbonato. Dudó un poco, pero decidió probar una pizca y estuvo seguro de que era bicarbonato y no otra cosa. Se echó una pizquita en la mano, abrió el ojo y se lo tiró.

El dolor recorrió desde el ojo hasta el cerebro. La cornea le ardía como si se la hubiesen prendido fuego con un soplete, e inmediatamente comenzó a gritar de sufrimiento. Se levantó rápidamente y fue hacia la canilla para enjuagarse, pero otra vez, el grifo se obstinó y no salió ni una gota. Restregándose el ojo, se acercó al teléfono. Tanteó hasta encontrar el cable que salía desde la parte de atrás: estaba arrancado.

-Jajajaja, ¡que imbécil! –sonó la voz del operador, burlona-. No puedo creer que lo hayas hecho, en serio.

-¿Quién mierda sos, hijo de puta? ¿Qué querés de mí?

-Soy tu Dios acá. Soy el que decide como vas a sufrir. Soy el encargado de que sufras. Lo único que quiero es que me temas, y que desees no haber existido. ¿Todavía no te das cuenta de donde estás? –Respondió una voz mucho más grave que la que había escuchado anteriormente – Estoy cerca, muy cerca –en ese momento, Kevin escuchó la puerta del baño cerrarse de un portazo-. Nos vemos pronto, Kevin – hizo una pausa -. Bueno, yo te veré a ti solamente. Suerte con tu ojo.

Ahora, estaba recostado en el suelo en posición fetal, agitado y lloroso. Cada vez se escuchaban más ruidos en la casa. Sillas que se caían, puertas que se cerraban, pasos y respiraciones agitadas, cada vez más cerca.

Sentía como su cordura se escapaba. Por Dios, si por lo menos tuviese una luz, y pudiese ver un objeto, ver cualquier cosa, lo que sea. Pero quizá… quizá era mejor, porque no sabía que podía llegar a ver si tuviese luz. Por lo menos, el tormento se limitaba a la incertidumbre, al sonido y al horrendo dolor en el ojo.

(¿Estoy enloqueciendo? Ya no puedo más, Dios, ayúdame por favor, ayúdame.)

Rezó apenas audiblemente. Había dicho un par de palabras cuando una voz lúgubre llenó la casa, quitándole la poquísima esperanza que aún tenía Kevin.
<<“¿A quién le rezas? Dios no te va a escuchar acá. ¿Por qué no te tanteas el brazo izquierdo, a ver que encontrás, Kevin?”>>

Aterrorizado, comenzó a tocar su brazo menos hábil desde el codo. Despacio fue subiendo hasta la mano, y antes de llegar a la muñeca sintió una ondulación como una cicatriz, que iba en diagonal pasando por la vena.

<<“Así es Kevin. Te suicidaste hace mucho, mucho tiempo. Este es el castigo que se les da a los suicidas acá. Desde que llegaste me divierto viéndote sufrir lo mismo día, tras día, tras día. Es muy divertido ver como reaccionás: una vez hasta me hiciste frente. Pero acá no hay salvación posible. Cuando te duermas te vas a olvidar de todo esto, y a los pocos segundos te vas a despertar y vas a sufrir exactamente lo mismo, pero sin recordar nada: no hay mayor terror que el de lo desconocido. Tenés que pagar tu pecado y estás condenado. Sufrís ahora, y vas a seguir sufriendo por los siglos de los siglos. Amén”>>

Cuando terminó de escuchar esto, Kevin sintió como su cordura se partía en cientos de pedazos. Escuchó amén, y comenzó a reír histéricamente, mientras proseguía el castigo por su rebeldía. Desde ninguna parte, otra risa lo acompañaba, lúgubre y malvada.



El doctor Steiner sonrió y miró a su colega Haupmann.

-Hicimos bien nuestro trabajo, colega. El general estará más que satisfecho con esta nueva cámara de tortura. Cronometre el tiempo que tarda en quebrarse y mande un equipo de limpieza.

Apagó las luces del cuarto de supervisión. Dejó a su compañero a cargo de manejar los ruidos y se fue. A pocos metros, Kevin, el sujeto de pruebas número 27, se suicidaba preso de la locura.


Autor: Matías N. Andión

jueves, 14 de abril de 2016

El susodicho - Historias de terror y Creepypastas


Día 1:
Me he llamado paranoica por las cosas insignificantes que me ponen al límite. No puedo estar en la oscuridad, la sensación de alguien estando ahí sin yo darme cuenta de ello me parece de lo más insoportable. No tolero el silencio tampoco. Pensarían que lo opuesto sería lo correcto, pues al menos en el silencio podría escuchar si algo se aproxima, pero es solo como si estuviera invitando a un sonido que no pertenece. Como si estuviera invitando a que algo sucediera. A que algo haga algo. Duermo con el televisor encendido, resuelve ambos problemas de este instintivo mal.

Ahora dudo que sea solo una paranoia. Últimamente he estado oyendo ruidos a lo largo de mi casa, y a veces cuando miro alrededor noto cosas caídas, perdidas o movidas de lugar. Más de una vez he oído algo correteando justo antes de voltearme y no encontrar nada. Pesadillas, donde una criatura que nunca he visto ni en lo más oscuro del folklore me dice que debo temer, porque seré como él pronto.

Día 4:
Esta mañana, en mis primeros pasos del día, vi algo. Era exactamente como la criatura de mis pesadillas. Me dije que todavía estaba en esos momentos de la mañana en donde el sueño te puede hacer imaginar cosas… No estoy segura de haberme convencido.

Creo que me tocó.

Día 6:
Apareció de nuevo, y esta vez no pude negar que estaba totalmente despierta. Fui a traer una bebida y me lo encontré en el pasillo, bajo la tenue iluminación que resaltaba de mi alcoba. Era pálido, bastante pálido; casi sería blanco sino fuera por su piel tan similar a la de un humano. Sus ojos eran sorprendentemente grandes y negros, reflejando la luz ligeramente. Su piel pálida se estiraba a lo largo de su huesudo cuerpo y sus venas estaban descubiertas, como si su piel fuera demasiado delgada como para cubrirlas. Tenía unas garras enormes, me aterró la idea de que me hubiera rozado con ellas; eran como navajas, y las tres de en medio se extendían a unos treinta centímetros de largo. Las demás no pasaban de cinco centímetros, y las seis eran todas del mismo color que mis uñas.

La escena pareció como capturada en una fotografía por el segundo que me miró fijamente con sus enormes ojos, pareciendo sorprendido de que lo hubiera descubierto, antes de que se lanzara de vuelta a la oscuridad del pasillo doblando en la esquina por la que se había asomado.

Día 7:
Creo que ya abandonó la casa, aunque no dormí por el miedo de despertarme y sentir sus garras tocándome de nuevo. No puedo dejar de pensar en ellas. Se veían como si estuvieran constituidas del mismo material que las uñas… ¿Entonces cómo llegaron a verse tan afiladas?

Día 8:
Cuando desperté estaba observándome dormir, sentado torpemente en el rincón diagonal a mí. No, no me desperté, me despertó. Lo oí respirar. Era un ruido acelerado, tal cual como un animal enfermo sonaría: sin tono, sin emoción, plano. Lo vi todo. Sus piernas traseras eran mucho más pequeñas que las frontales, y recuerdo que mi primera impresión fue preguntarme cómo podía caminar con las cuatro siendo tan desiguales. Pude ver sus costillas… Es tan huesudo. No tenía fibra muscular, ni nada que indicara su género; pude deducirlo por cómo se agachaba, sentaba, o lo que fuera que estuviera haciendo con sus patas traseras. Tenía garras en sus pies, en menor cantidad que en sus manos. Tres largas y una garra pequeña. Su cara era larga y no tenía nada de cabello en su cuerpo… además tenía una repulsiva nariz de esqueleto. Me dejó verlo. Daba la impresión de que lo disfrutaba, que le gustaba que contemplara su horripilantemente pálida y demacrada forma. Él hacía lo mismo también, estudiando cada detalle de mi contextura. Terminamos al mismo tiempo y sonrió antes de irse caminando en cuatro patas, lentamente, dejándome ver cómo era que lo hacía, como si supiera que me intrigaba. Me miró de vuelta en todo momento y nunca parpadeó, no creo que pueda.

Dios, esa mirada…

Día 9:
Estaba en la esquina de nuevo esta mañana. No reaccionó cuando desperté, aun cuando no quería observarlo de nuevo. Continuó estando ahí por más de una hora hasta que me diera cuenta de que estaba esperando que me levantara. En su lugar jalé las sábanas contra mí y me pegué a la pared, enfureciéndolo en el proceso. Acercó su largo antebrazo y clavó sus garras en mis sábanas, quitándomelas con un pequeño movimiento de su muñeca. No sé cómo lo hizo, no tenía músculos, pero fue tan fuerte que la velocidad con que me las arrebató me hizo una quemadura por fricción. Con mi corazón pulsando violentamente en mi pecho y siempre atenta a cualquier otro movimiento de su parte, me moví al borde de la cama, pese a su inexistente respuesta, de alguna forma sentí que se emocionó. Cuando al fin me paré continuó viéndome. Lo hizo desde mis pies a mi cabeza. Luego sonrió, y se marchó.

No me gusta su mirada.

Día 10:
Creo que le agrada ese rincón. Estaba ahí de nuevo esta mañana. Esta vez no me sentí tan insegura de levantarme, creyendo que eso lo haría irse, aunque no fue así. Siguió mirándome, como esperando que hiciera algo más. Cruzamos miradas por un largo tiempo hasta que se desesperó. Se acercó a mí y me alejé por reflejo hasta la pared al lado de mi puerta. Se veía complacido por mi temor, pero me interponía en su camino. Estuve inmóvil cuando caminó en dirección a mí, tirándome a un lado con su brazo para que le diera pasada. Su piel era suave y ligeramente delgada.

Día 11:
No estaba aquí hoy… un pequeño alivio. Sin embargo, mientras me vestía lo caché espiándome. Me congelé con un brazo fuera de la manga y mis pantalones a medio subir. Traté de ignorarlo y terminé de vestirme, y para cuando miré de nuevo a la puerta, preocupada, ya se había ido.

Me da la impresión de que está ideando alguna clase de plan.

El hecho de que tenga la inteligencia suficiente como para hacerlo me pone nerviosa.

Día 12:
No estaba en la esquina de nuevo. Aunque me vestí despacio y atenta en caso de que estuviera afuera. Casi recé porque hubiera obtenido lo que quería con espiarme y se fuera.

Estaba en la cocina expectante, como una mascota. Corrí a mi alcoba apenas lo descubrí y él también lo hizo, siguiéndome, estando delante de mí de un momento a otro, bloqueando mi camino y mirando con sus enormes ojos que no denotaban emoción; mas sabía que estaba enojado. Fui a la cocina y le puse un filete crudo en un plato. Lo azotó contra la pared donde la carne golpeó salpicando de manera repugnante mientras el plato se hizo añicos.

Confundida ante sus deseos, saqué el jugo de naranja y le ofrecí un vaso, dándome solo un quejido débil, el primero que le había escuchado, y del que logré deducir claramente que era hembra. Continuó observándome con el jugo en mi mano hasta que le di un tímido sorbo, y se sentó a gusto. Me preparé tostadas y huevo. Ella no quería nada, sólo que yo comiera. Una vez terminé se levantó y se fue.

Me pregunto si está tratando de engordarme.

Día 13:
Se está adentrando cada vez más en mi vida. Hoy no la vi hasta después del desayuno. Iba a ir al baño y estaba de pronto bajo mis pies, sus garras a centímetros de mis tobillos. Mantuve una postura firme, caminando tranquila con ella a mi lado hasta quedar a dos pasos del baño, cuando corrí hacia dentro y azoté la puerta, poniéndole seguro. Suspiré y tomé asiento en el retrete. Entonces escuché su descomunal rugido venir desde afuera y vi cómo con todas sus garras afiladas destrozó la parte baja de la puerta y entró, sentándose a mi lado con una triunfante sonrisa.

No pude contener las lágrimas. Se retiró hasta que había terminado.

Día 14:
Hoy me siguió afuera de la casa. Continué mi rutina sin una señal de ella, contenta desde que me dirigía a la universidad, hasta que la escuché... su respiración. Miré alrededor temerosa y vi sus ojos negros puestos sobre mí, escondida bajo sombras a pocos metros de mí. Cuando me detuve hizo un pequeño sonido de desaprobación; reanudé mi camino sin más.

Me ha entrenado.

Día 15:
Estoy comenzando a entender cómo opera. Estuve atenta a su llegada hasta que acabó mi horario en la universidad, pero no se presentó. Cuando llegué a casa, como suponía, estaba ahí esperándome. Me precipité a mi siguiente actividad: tarea. Permaneció a mi lado hasta que acabé.

Casi me siento contenta de entender qué es lo quiere.

Día 19:
Tenía razón: me siguió a través del resto de mi rutina diaria hasta que me fui a la cama. He comenzado a preguntarme qué es lo que hace cuando no está estudiándome. También si compilará los datos que saca sobre mí en algún lado. Me doy cuenta de que eso podría significar que los esté compartiendo con otras criaturas como ella. Dormí con dificultad.

Día 20:
Se ha ido. No la vi, aun después de irme a la cama. Estoy preocupada.

Día 23:
Sigue sin asomar la cara. Solo estas entradas y el agujero en la puerta del baño me convencen de que realmente estuvo aquí.

¿Dónde se ha ido?

Día 24:
Llamé a que reparan la puerta. No estoy segura de por qué no lo hice desde que dejó de venir, o en el mismo momento que terminó de observar mis rituales de «limpieza». Me dijeron que tomará tres días.

Día 25:
El hombre me hizo muchas preguntas por el agujero, diciendo que parecía como si alguien le hubiera dado con un hacha. Me preguntó por qué estaba tan abajo y acerca de su tamaño tan extraño. Mentí y se me quedó viendo raro; le dije la verdad y empeoré el asunto. Cuando insistí en que decía la verdad, me amenazó y salió de mi casa.

No fue del todo inútil, hasta me siento un poco mejor por habérselo contado a alguien. En fin, tendré que buscar a alguien más que me repare la puerta.

Día 26:
Todavía estoy temblando. Ha vuelto, pero algo está distinto en ella. Desperté y me encontré con su boca alrededor de mi cabeza, casi engulléndola en su totalidad. Vi todos sus afilados dientes insertados desde la entrada de su boca hasta su garganta. Mi primer pensamiento fue que había vuelto para matarme. Mi segundo fue si era realmente su comida. Mi tercero, cómo todos esos dientes funcionaban en su garganta. Retiró su boca con lentitud y uno de sus dientes rozó mi nariz; apenas me tocó, pero me hirió fuerte, y sangré en cantidad. Lamió la herida y sentí su lengua como la de un gato. Se veía muy satisfecha por mi apariencia horrorizada y se fue abruptamente.

Día 27:
Me despertó de nuevo, esta vez estando encima de mí. La contextura de sus huesos presionados sobre mí fue lo que me hizo reaccionar. Se me quedó viendo con una sonrisa y persistió en enseñarme sus dientes de nuevo. Di un quejido y saltó al rincón.

Día 31:
Nunca me deja sola ahora. Aprendí que no duerme, quizá no lo necesita. Siento sus ojos adondequiera que voy.

Día 33:
Ayer recogí un gato enfermo de la calle en mi camino desde la universidad. Hoy estaba destripado en la mesa de mi cocina. Sonrió cuando vomité.

Día 34:
Estuvo fuera por un rato hoy y noté la puerta de mi clóset abierta. Resulta que es ahí donde ha estado viviendo. Tenía un intenso olor a muerte.

Día 37:
Por la primera vez en mucho tiempo no se mostró. Aproveché la oportunidad y salí toda la noche con unos amigos. Me siento un tanto mejor.

Día 41:
Está ganando peso y despide una sustancia asquerosa que huele a carne roída. No estoy segura de qué se está alimentando.

Día 43:
Me habló. Dijo que ya no puedo volver a salir.

Día 48:
Me he quedado sin comida. Vio que no me había alimentado y me trajo un perro degollado.

Día 50:
Intenté salir a traer comida y me atacó. Tengo la herida de tres de sus garras en mi pierna de donde me agarró para llevarme de vuelta a la casa. La maldije de todas las formas que sabía.

Me comí el perro.

Día 51:
Lloro mucho. No puedo recoger las fuerzas para salir de la cama. La herida está infectada y se mira un tanto serio, pero a ella no parece importarle. Traté de hablarle, preguntarle qué quería. Solo sonrió con sus dientes y se me quedó viendo… es todo lo que hace.

Día 52:
Me levanté para limpiar la herida. Tuve suerte de tener todo lo necesario, creo; viviré. Desearía no haberla curado y morir por la infección aun si tuviera que soportar ese dolor que se extendía por todas mis venas, pero ella me obligó a hacerlo.

Día 53:
Leí un libro y reí. Está adelgazando.

Día 55:
Sonreí. Se miraba triste. Me tomó un tiempo darme cuenta de que su olor se había ido.

Día 57:
Sé cómo matarla.

Día 64:
Finalmente soy libre. Después de una semana de preparación, conseguí acercarme a ella mientras se dirigía al cuarto continuo a mi alcoba, y la abracé; su piel estaba teñida y grasosa por ese horrible líquido. Gritó y trató de atacarme, pero estaba sobre su espalda, tomándola fuerte y rehusándome a desistir ante el miedo, sujetándola aún más fuerte cada vez. Ella corrió y casi perdí el agarre por su velocidad y el olor que había comenzado a marearme; tuve que tragarme la bilis que subía por mi garganta. Besé su cabeza, sintiendo sus venas pulsando exageradamente: fue entonces cuando cayó al suelo dando un horrible grito. Agitada, me levanté y vi que sus ojos estaban blancos, que ya no me seguían más. Al fin había muerto.

Día 68:
El cuerpo se ha ido. No me importa siempre y cuando no tenga que verlo.

Día 71:
Fui despertada por la sensación de esas garras tocándome y de inmediato me lancé para abrazar la criatura, pero batió sus garras contra mi cara, hiriéndome terriblemente. Una voz rió, era macho.

«Ya sabemos de ti. Eso no funcionará dos veces».

Noté que había otro más en el rincón.

No puedo dejar de llorar.

Día 173:
Me enviaron a mi primera casa, el blanco es un niño pequeño. Se orinó encima cuando le pasé mis garras. Fue maravilloso.

miércoles, 13 de abril de 2016

Por favor, abre la puerta - Historias de terror y Creepypastas



Han pasado tres años desde aquella noche.

Yo no debí haber estado ahí, ellos lo sabían. Ese día salí muy temprano a la casa de un amigo, sus padres no estarían y tenía un nuevo videojuego de terror; pasaríamos toda la noche jugando.

Ellos lo sabían, no debí estar ahí esa noche, mi amigo tendría que haber estado solo. Lo habían observado durante días como suelen hacerlo y tenían la certeza de que esa noche sería presa fácil. Desde el momento en que lo eligieron, no había marcha atrás.

Pero tal vez quieras saber quiénes son ellos. Bueno, la verdad… aún no estoy seguro, sigo sin asimilar lo que pasó aquella noche; pero te contaré lo que sé hasta ahora, para que estes preparado.

Ellos se encuentran en todas partes, en ningún lugar estás exento de ser su víctima. Eligen a una persona, no sé bien cómo o en qué características se basan, pero una vez que te seleccionan no cambiarán de opinión: te vigilaran, te estudiaran y observaran a todas las personas que conoces.

Día tras día te examinan cuidadosamente sin que tú te percates de su presencia.

Esperan la noche en que su víctima esté sola. Y ahí es cuando todo empieza.

Aquella noche llegué a su casa alrededor de las 8:00 p.m. Sus padres habían salido desde temprano y mi amigo había preparado todo lo necesario para jugar hasta hartarnos. Al día siguiente no habría clases, así que regresaría a mi casa por la mañana para aprovechar la mayor cantidad de horas. Pasamos un buen rato jugando, el tiempo pasó tan pronto que cuando nos dimos cuenta ya era la una de la madrugada. Nos habíamos llevado algunos sustos con el juego, así que comenzamos a hacer bromas con la situación; fue en ese preciso instante cuando todo se puso raro. Empezamos a escuchar ruidos extraños afuera de la habitación. Al principio pensábamos que no era nada importante, e hicimos algunos chistes en relación a lo que jugábamos. «Deben ser los zombis», nosotros sólo reíamos. Pero nos comenzamos a poner tensos cuando el sonido se oía más claro: eran pisadas, se escuchaban pasos por todo el pasillo de afuera.

¿Crees que tus padres hayan regresado? —le pregunté, a lo que él respondió con toda seguridad que sus padres regresarían recién el día siguiente por la tarde. Además, el número de pasos que se lograba percibir eran demasiados como para ser sólo sus padres.

De pronto, luego de oír aquellas zancadas acercándose cada vez más a la puerta, hubo un profundo silencio.

¿Hay alguien afuera?… ¿Quién está ahí? —comenzamos a cuestionar, nerviosos. Estábamos seguros de que había alguien afuera, pero esos sonidos… ¿quién podría ser? En la habitación en la que estábamos se hallaba una computadora que mi amigo había encendido desde que comenzamos a jugar, era una costumbre suya. Se oyó un sonido que provenía de ella, un ruido familiar, pero que por el miedo que teníamos en ese momento nos provocó una reacción de sobresalto a ambos. Era sólo un correo electrónico que le había llegado, pues también había dejado la ventana de su email abierta. Ver esto nos dio algo de sosiego, y hasta reímos un poco; sin embargo, la tensión volvió a nosotros al notar que la dirección de quien lo enviaba era irreconocible, una combinación aleatoria de números y letras. Dudamos en abrirlo, pero mi amigo se convenció de hacerlo. Quedamos completamente paralizados tras leer lo que decía:

«Pase lo que pase, no abras la puerta».

Con tan sólo leer esas palabras, una sensación completamente rara invadió mi corazón. En ese momento realmente sentí pánico, pero el mensaje no terminó ahí.

«Ellos están afuera. Por favor, hagas lo que hagas, escuches lo que escuches, no abras la puerta. Intentarán convencerte de que lo hagas, tienen muchos métodos; pueden fingir ser alguien que conoces, un familiar, un amigo, y sus voces sonarán igual. Tal vez te pidan ayuda, te dirán que están lastimados, te suplicarán que abras la puerta. Pero escuches lo que escuches esta noche, no abras. Trata de ignorarlos, trata de dormir, mañana todo estará bien. Ellos jugarán con tu mente; no lo permitas. Por favor, créeme, ¡no abras la puerta!».

Cuando terminamos de leer yo no sabía qué pensar. Tal vez era una broma tonta de alguien, tal vez incluso era mi amigo quien me jugaba una broma… pero él tenia esa expresión, estaba tan asustado como yo, lo pude sentir. Ahora sabíamos que había alguien ahí afuera, tras la puerta. De pronto, llegó el momento más aterrador que nos pudimos esperar; en ese instante un escalofrió recorrió todo mi cuerpo y me dejó paralizado. Una voz se escuchó, provenía de atrás de la puerta. Mi amigo estaba seguro y yo lo puedo corroborar: la voz era la de su madre.

Hijo por favor ábreme, tu padre y yo tuvimos un accidente en el auto, estamos muy lastimados… por favor, abre, ayúdanos. —Al escuchar esto mi amigo sólo retrocedió un paso. Aún puedo recordar esa expresión en su rostro, estaba en shock. Estoy seguro de que ninguno de los dos lo creíamos ni sabíamos qué hacer.

Hijo por favor, abre, ¿qué esperas? Necesitamos tu ayuda… —Sin lugar a dudas, ésa era la voz de su padre. Eran las voces moribundas de sus padres tras la puerta, clamando por ayuda. Mi amigo y yo permanecimos sin reacción por algunos segundos, después él se volteó lentamente, y me dijo:

Esos realmente son mis padres. Necesitan ayuda, abriré la puerta.

Se propuso dirigirse hacia ella, pero lo detuve.

Recuerda el correo, lo que nos dijo que pasaría, ¿no se te hace extraño?, ¿qué tal si es verdad y ellos no son tus padres? —Él me respondió. «No digas tonterías», me dijo. «Tú los escuchaste, ésas eran las voces de mis padres. El correo debe de ser una estúpida coincidencia». Se dirigió a la puerta sin que pudiera hacer nada.

La verdad no sé qué me hizo hacerlo, pudo ser el miedo que me invadía… pero al verlo yendo hacía la puerta, lo único que pensé fue correr hacia el armario que estaba cerca y esconderme ahí. No sabía lo que pasaría, pero en verdad tenía miedo.

Lo que escuché a continuación aún no lo olvido, y hasta el día de hoy tengo pesadillas con ello.

Él abrió la puerta, luego sólo pude escuchar sus gritos. Eran unos gritos desgarrantes, llenos de dolor y terror; yo no pude hacer nada más que permanecer inmóvil, hasta que después de unas horas me quedé dormido.

Al despertar por la mañana, me extrañó ver el lugar en que me encontraba, y luego lo recordé todo. Salí del armario y en la habitación no había nadie. Noté de inmediato que ya era de día y que la puerta estaba abierta, así que decidí salir. Busqué por toda la casa esperando encontrarlo y que me dijera que todo había sido una broma, pero no estaba. En la tarde llegaron sus padres, les conté lo sucedido, llamaron a la policía y lo buscaron por días, pero él nunca apareció. El correo que le había llegado esa noche también desapareció por arte de magia, y para ser honesto creo que nadie creyó nada de lo que les había contado.

Aunque… ya no importa, sé lo que pasó esa noche y sé que ellos estaban ahí afuera. También sé que no debí haber estado ahí y que no debería saber que ellos existen.

Aún no sé por qué lo hacen, creo que sólo tratan de divertirse con las personas con su pánico… alguna especie de juego macabro. Cada día lo analizo y trato de aprender más de ellos; sé que sólo llegan en la noche y que pueden imitar cualquier voz. Si no abres la puerta se irán y también creo que siempre recibirás ese extraño mensaje de advertencia, debe ser parte de su siniestro juego.

Sé que algún día regresaran por mí, pero pase lo que pase, no abriré la puerta.

martes, 12 de abril de 2016

El Hombre que Canta y Baila - Historias de terror



Ya había una multitud bastante grande alrededor de la carpa cuando Bill y yo llegamos. Podíamos escuchar al tipo del cual nos había hablado Sarah; realmente sonaba como un presentador de circo. A empujones avanzamos por la multitud y nos acercamos al lugar en donde estaba.

—¡Vamos todo el mundo, se está acercando, el momento se está acercando, vamos a tener una gran noche! ¡Así es, una noche GRANDIOSA! Cantaremos, bailaremos, lo PROMETO, ¡y El Hombre que Canta y Baila siempre cumple sus promesas!

Aún no podíamos verlo, había demasiada gente bloqueando el camino. Parecía que todo el pueblo hubiese acudido a ver al Hombre que Canta y Baila. Bill me tiró de la manga y apuntó con su dedo. Lo seguí con la mirada y no lo podía creer. Era el Reverendo Harper, el cura baptista. He vivido por mucho tiempo, pero nunca vi otro hombre que pudiese golpear con una biblia tan fuerte como él. Harper predicaba sobre los males del pecado; el pecado en la bebida, el pecado en el tabaco, el pecado en la droga, el pecado en cualquier cosa y por sobre todo, el pecado en la danza. Y aquí estaba, haciendo cola para entrar a la carpa, porque ciertamente no estaba predicando. Lo saludamos, y el viejo baptista se puso del color del Mar Rojo, nos dio la espalda y se alejó. Bill y yo nos miramos sonriéndonos y seguimos caminando hacia El Hombre que Canta y Baila.

Al fin pudimos emerger de entre la multitud y verlo. Estaba parado sobre un cajón viejo y astillado que parecía estar a punto de colapsar. A su lado, sobre el césped, había un estuche de violín con detalles dorados en los bordes. Parecía viejo, más viejo que el cajón, más viejo que el pueblo. Parecía una antigüedad.

Él era puro codos, rodillas y hombros. Alto y larguirucho, su cuerpo se movía al ritmo de sus palabras. Estaba usando una chaqueta roja y blanca, como ésas de los cuartetos que solían cantar en las barberías. Tenía un sombrero de paja en la cabeza, que incesantemente se acomodaba con sus manos de dedos largos. Seis dedos en cada mano. Me sorprendió ver eso. Había leído que algunas personas nacían con seis dedos, pero leer sobre algo y verlo son cosas muy diferentes.

—Bien, bien, falta muy poco. Realmente falta muy poco. ¿Están listos para cantar? ¿Están listos para bailar? Porque estoy listo para tocar mi violín, sí que lo estoy, sí que lo estoy. Tengo el violín a mis pies y estoy listo para tocar, listo para hacer que esas cuerdas CANTEN, ¿pueden creerlo?

Aplaudió, y eso fue lo más cercano a una pausa que estuvo dispuesto a hacer.

Sarah y Sam se acercaron a nosotros después de encontrarnos entre la multitud. Sarah me codeó en las costillas. —¿Qué te dije? Parece que debería estar en un carnaval intentando hacernos ver a la mujer barbuda o algo así.

Sam asintió con la cabeza para saludarnos, lo que hizo que sus anteojos se resbalasen por su nariz y les dio un empujón con su dedo para arreglarlos. Era tan alto como Bill, pero su físico ni se acercaba al de él. Era el chico listo en nuestra pandilla. Uno tiene que tener cerca a alguien así para que le enseñe a hacer cosas como desmantelar el auto del director y rearmarlo en el gimnasio de la escuela. No que hayamos hecho algo como eso.

—¿Qué está vendiendo? —preguntó Sam.

—Un baile, creo yo —le dije.

—¿Cuánto cuesta?

El Hombre que Canta y Baila debió de haberlo escuchado, porque dijo:

—¿Cuánto cuesta, están preguntándose? No cuesta ni un dólar, ni un centavo. Amigos, esto no les costará nada, sólo entren a la carpa y bailen toda la noche al ritmo de la canción.

Nos miramos entre nosotros. Era un buen trato. ¿Música gratis y un lugar para bailar? No había mucho que hacer en el pueblo en aquellos días, y todavía no lo hay. Era casi muy bueno para ser cierto.

El Hombre que Canta y Baila se detuvo, lo que era un pequeño alivio. Hurgó en sus bolsillos, sacó un reloj dorado y miró la hora. Y entonces sonrió, con una sonrisa que mostró cada uno de sus dientes.

—Amigos, es tiempo de bailar, así que entren. Entren todos, porque es momento de que el baile comience. —Y con eso, se bajó de su banco, lo tomó junto con el violín y se metió a la carpa.

Sarah, Bill, Sam y yo casi fuimos arrollados en el apuro de la gente por entrar, pero aún así fuimos los primeros. Era enorme. Había un suelo de madera debajo de nuestros pies que parecía ser de roble, de roble oscuro, y pulido hasta brillar como un espejo. Había velas en candelabros por todos los postes de la carpa y cuando miré hacia arriba no pude ver el techo con tanta oscuridad. Era como mirar a un cielo sin estrellas donde ni siquiera la luna se molestaba en aparecer.

La multitud nos condujo más y más adentro mientras la gente entraba. No era sólo gente joven. Estaba la Señora Crenshaw, nuestra maestra de inglés que ya iba para los cincuenta. Estaba el Señor Hopkins, el director de la primaria. Estaba el buen Reverendo Harper, quien aún se veía avergonzado. Realmente todo el pueblo estaba ahí. Demonios, incluso estaba el alcalde con su mujer, parados y hablando con el jefe de policía.

Pronto todo el mundo estaba adentro y el murmullo de la gente charlando era ensordecedor. Todos buscábamos al Hombre que Canta y Baila, para saber en dónde se había metido. Nadie miró hacia arriba, así que nadie lo vio hasta que hizo sonar las cuerdas del violín con su arco.

Allí estaba, en el medio de la carpa, sentado en una pequeña plataforma de madera a aproximadamente seis metros de altura. Dios sabrá cómo logró subirse ahí, porque la verdad que no había ninguna escalera que llevase hasta arriba. Dejó caer sus pies por la orilla de la plataforma y tomó su violín con una mano y su arco con la otra. Tanto el arco como el violín parecían estar hechos de la misma madera oscura del piso, y brillaban a la luz de las velas como si estuviesen vivos. Llegué incluso a dudar si el violín necesitaba del Hombre que Canta y Baila para hacer que sus cuerdas tarareasen.

Todos lo miramos, y nos sonrió, mientras se ponía de pie rápidamente, haciendo que a la multitud le preocupase que fuese a tirarse en medio de ellos. Y entonces comenzó a tocar.

Hizo a esas cuerdas cantar. Nunca he vuelto a escuchar a alguien tocar así, y doy gracias a Dios por eso cada día. Aflojaba las articulaciones y aturdía a la mente. Sentías la necesidad de mover todos los huesos. Tomé la mano de Sarah y comenzamos a bailar por el suelo de la carpa, y todo el mundo nos siguió. Algunos con pareja, otros solos. Algunos bailando cuadrillas, otros bailando el vals y otros bailando Twist. Bailamos, movimos las caderas, sacudimos el esqueleto y rocanroleamos.

Pasé junto al Reverendo Harper, él moviendo los pies en un torpe baile junto a Eloise Grendel, una vieja fervientemente católica. Vi a la esposa del alcalde bailando un vals con Dan Adams, uno de nuestros bomberos.

Me movía en espiral con Sarah, chocando y empujando a las personas que estaban cerca. Hacía mucho calor y la temperatura subía cada vez más. No pasó mucho tiempo antes de que el lugar empezase a apestar a sudor. Me sentía mareado, pero seguimos bailando, bailando sin parar. También me di cuenta de que El Hombre que Canta y Baila estaba cantando, pero en un lenguaje que no entendía.

Se erguía sobre nosotros, parado en esa plataforma, haciendo a su violín cantar. Su arco se levantaba y caía, se deslizaba sobre las cuerdas de arriba abajo, de lado a lado. Tocaba de la misma forma que hablaba; sin descansos, sin pausas, sólo un diluvio maníaco de notas mientras su lengua se enredaba en palabras que no tenían por qué ser dichas en este mundo.

Sacudí mi cabeza mientras giraba con Sarah y me sentí cansado. Mis pies me dolían y mi espalda baja estaba empezando a palpitar. Vi mi reloj y entendí que habíamos estado bailando por una hora entera. Volví a sacudir mi cabeza, intentando ahuyentar la sensación de adormecimiento que estaba nublando mis pensamientos.

—Sarah… —Me aclaré la garganta. Sólo había podido susurrar. Mi lengua se sentía extraña y gruesa—. Sarah… —Lo intenté de nuevo, esta vez más fuerte, pero ella no respondió y continuamos bailando. La sacudí, pero no respondió. Continué sacudiéndola hasta que noté que lo estaba haciendo al ritmo de la música.

Entonces intenté parar. Y no pude. No podía parar.

Debajo de la niebla de mis pensamientos, empecé a sentir temor. Vi los rostros de las otras personas y pude ver su miedo. La cara del Reverendo Harper se había puesto más roja que antes; el sudor caía a chorros por su rostro, pero él seguía moviéndose junto a la señora Grendel, cuya cabeza se balanceaba de lado a lado. Se había desmayado, pero sus pies aún se movían. Pasamos cerca de Bill, quien bailaba con Susie Watkins, y vi que los ojos aterrados de la chica recorrían todo el salón, pero Bill sólo movía su cabeza al ritmo de la música y sus ojos vidriosos estaban perdidos en la nada. El Hombre que Canta y Baila se rió desde su plataforma y continuó tocando.

Escuché un grito y giré mi cabeza para ver a una mujer tirarse al piso, sosteniéndose la pierna con sus manos. Se había acalambrado. Le tenía envidia. Ella había conseguido parar, había conseguido descansar. Mis piernas se sentían como madera muerta y el dolor en mi espalda se había profundizado.

Entonces su pareja de baile se paró en su tobillo y escuché el crujido desde mi lado de la sala. Él seguía bailando, con los ojos en blanco mientras se movía. Ella gritó de nuevo e intentó arrastrarse, pero en lugar de ello terminó parándose. Comenzó a bailar, dejando caer su peso sobre el tobillo roto. Una y otra, y otra vez. Me di la vuelta, pero no pude dejar de escuchar sus sollozos.

La música continuaba.

Miré mi reloj nuevamente y ya habían pasado tres horas. No paramos, no aminoramos el ritmo. Seguíamos moviéndonos al compás del violín. Sin importar las ampollas. Sin importar los dedos o tobillos rotos. Sin importar el profundo dolor de espalda que se rehusaba a desaparecer. Sin importar los corazones viejos ni las rodillas malas. Seguimos ese ritmo frenético como una masa: una criatura con una sola mente que se bamboleaba y saltaba.

El Reverendo Harper murió. Vi cómo pasaba. Estaba sosteniendo a la todavía desmayada Sra. Grendel, cuando la soltó. Ambos cayeron al suelo. Él se retorció una vez, sus pies atinaron un súbito ritmo staccato, y luego se quedó tieso.

La Sra. Grender se levantó y siguió moviéndose. Yo miraba a Harper mientras bailaba, intentando ver si respiraba.

No lo hacía. Les juro que no lo hacía. Pero aun así se levantó. Estaba muerto, pero aún así se levantó y empezó a bailar de nuevo. Se dio vuelta para verme, y sonrió con la misma sonrisa del Hombre que Canta y Baila. Sus ojos estaban rojos, llenos de la sangre de lo que sea que se hubiese roto en su cerebro.

Harper no fue el último. Probablemente no fue el primero. Los viejos y enfermos fueron los que más pronto caían. Agotamiento, ataques al corazón, hemorragias en algún lugar del cuerpo: murieron. Y entonces se levantaban y seguían bailando, sonriendo con aquella siniestra sonrisa.

Pasé cerca de Sam y Lisie. El había perdido sus anteojos. Sus ojos se movían por todo el lugar, totalmente conscientes. Miré su pierna y vi una quebradura expuesta, que rasgaba sus jeans. Dejaba tras de sí un rastro de sangre y cuando giraba, manchaba a las personas que estaban a su alrededor. Se paraba en esa pierna rota, saltaba sobre ella. Todo al ritmo del violín.

El olor de la sangre se mezcló con el del sudor y ya no podía respirar. El aire era denso y por todas las direcciones escuchaba llantos, gritos, aunque nada acallaba el sonido del violín o del canto del Hombre que Canta y Baila.

Y entonces se detuvo. Bailé un último paso y luego me hice parar. Miré hacia arriba, todos lo hicimos. Él estaba mirando su reloj de bolsillo.

—¡Está bien amigos! ¡Es todo por esta noche! El baile ha termiando y la mañana ha llegado. Pueden irse si es que pueden caminar y deberían caminar rápido porque este Hombre que Canta y Baila se está yendo.

Nos quedamos de pie allí, como aturdidos. Comenzamos a caminar a la salida de la carpa. Nadie corría, porque nadie podía hacerlo. Era un milagro que pudiésemos caminar. Sarah se me adelantó y se fue, pero yo me quedé. Me di vuelta y vi al menos veinte personas que aún estaban paradas allí, entre ellas Harper. Todas estaban sonriendo y sus ojos estaban vacios. Se mantuvieron de pie sin dar señales de querer irse.

—Vete amigo, El Hombre que Canta y Baila ya tiene lo que quiere, pero le encantaría añadirte a su colección si te quedas ahí por mucho tiempo. —Lo miré y lo vi sonreír. Entonces le di la espalda y dejé la carpa. Cuando me volví a voltear todo había desaparecido, incluida la gente que estaba adentro.

Ésa es la historia de lo que ocurrió. Los otros no la dirán o pretenderán que nunca ocurrió. Sin importar las 21 personas que desaparecieron esa noche, entre ellas la esposa del alcalde. Prefieren no pensar en ello.

Sarah y yo llevamos a Sam al hospital del pueblo vecino, lejos de las personas que estaban enteradas de lo que había ocurrido. Tuvieron que quitarle la pierna. Sam ya era una persona callada y luego de esto lo fue aún más. No se mueve mucho últimamente, sólo se sienta en el frente de su casa con un bastón en su regazo y masajea el muñón con su mano. Dice que le molesta en las noches frías, y en las cálidas, y en las húmedas, y en las secas.

Bill dejó el pueblo y se unió a la armada, se quedó lo suficiente como para pelear en Vietnam y ganó un puñado de medallas. Volvió y sentó cabeza para beber (y beber mucho). Si quieres encontrarlo, puedes hacerlo en el bar de Eddie Dixon. Aunque no importa cuán borracho esté, no va a querer hablar de esa noche.

Ninguno de nosotros se enteró mucho de Sarah después de lo ocurrido. Parecía estar bien, pero  siempre parecía estarlo. Dejó el pueblo y comenzó la universidad, aunque al igual que Bill fue arrastrada de vuelta a Belle Carne. Ahora enseña inglés en la secundaria del pueblo.

Y yo me quedé aquí, en la tienda de hardware. Incluso la administré por un tiempo, pero ahora no hago demasiado. Sólo me siento con Sam y a veces hablamos de algunas cosas. No tan a menudo, porque si me quedo hasta muy tarde o mucho tiempo, veré sus ojos llenarse de lágrimas mientras se encierra en sí mismo. Y podré escucharlo tararear el pequeño fragmento de una canción, los cabellos de mi nuca se erizarán y sentiré escalofríos recorrer todo mi cuerpo.

Entonces sé que mi pie empezará a golpetear a un pequeño ritmo en el piso de madera, y una amplia sonrisa se dibujará en el rostro de Sam. La sonrisa del Hombre que Canta y Baila.

 
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