martes, 13 de mayo de 2014

El tren maldito - Historias de terror




Unos delincuentes tras un tiroteo con la policía consiguen escapar en un tren subterráneo. Pronto descubren que la infernal máquina no se detiene en las estaciones que pasan y cada vez acelera más hacia un destino desconocido…

Cuenta la leyenda que dos atracadores fueron cercados por la Policía y, en su huída, tuvieron que abandonar su vehículo de fuga y adentrarse en una estación de metro. En su desesperada carrera, comenzó un tiroteo en los pasillos de la estación, donde un disparo impactó directamente en la frente de uno de los policías, matándolo al instante.

En mitad de la confusión, y mientras el resto de agentes se parapetaban tras unas columnas, la pareja de delincuentes consiguió subirse a un tren mientras escuchaban a sus espaldas la detonación de más disparos de los oficiales. Pocos instantes después la máquina emprendió su marcha, logrando así un desesperado escape.

Era de noche y el vagón estaba prácticamente vacío, sólo había dos personas más en el tren que acababan de abordar. Un mendigo mugriento encapuchado que parecía inconsciente por la borrachera, aunque no soltaba una bolsa de papel con la cual protegía una botella de licor. Y un hombre con aspecto de abogado que, perfectamente trajeado, dormía con la boca abierta y muy probablemente se habría pasado de estación hacía bastante tiempo. Los atracadores, al comprobar que no estaban en peligro, empezaron a reír su suerte y a trazar un plan de fuga:

“Probablemente en la puerta de la próxima estación nos esté esperando la mitad de la Policía de la ciudad; así que, en cuanto bajemos de este trasto, tenemos que meternos corriendo en el túnel. Dentro ya buscaremos cómo escondernos o escapar” –dijo el que parecía más inteligente de ambos; el otro, asintió mientras vigilaba al resto de pasajeros.

La estación se acercaba y, asustados por la posibilidad de que un grupo de agentes armados les esperaran en el andén, se agazaparon bajo los asientos: de ese modo, los asientos servirían de parapeto en caso de comenzar de nuevo un tiroteo. Pero, para su sorpresa, el tren no se detuvo en la estación y además aumentó su velocidad de marcha.

“Estos cabrones nos están tendiendo una trampa, es posible que nos quieren llevar a un lugar ya controlado para evitar que muera alguien más. Seguro que han dado la orden al maquinista para que no se detenga”.

Visiblemente asustados, comenzaron a caminar como locos por el interior del tren mientras buscaban un modo de escapar; pero las puertas parecían selladas e incluso, disparando a la manilla que les permitía cambiar de vagón, no consiguieron abrirlas.

Una nueva estación pasó ante sus ojos a toda velocidad, pero esta vez se dieron cuenta de un detalle que en la anterior ocasión no pudieron detectar. La gente que estaba esperando en el andén no parecía inmutarse, como si no pudieran ver la potente máquina que cruzaba rápidamente por la vía.

El tren aumentaba su velocidad con cada metro recorrido y parecía adentrarse en las entrañas de la tierra. Pues cada vez se podía percibir con más claridad la inclinación del vagón y su vertiginoso descenso.

“¿Qué mierda pasa aquí? Esto no lo está haciendo ningún policía” – dijo el más callado.

De repente la luz del tren comenzó a parpadear y tras cada momento de oscuridad el vagón parecía distorsionarse y volverse más tétrico. Una especie de material viscoso similar a la sangre comenzó a brotar de la paredes, los asientos que antes parecían nuevos envejecieron de golpe. Se mostraban oxidados y con el plástico derretido, como si hubieran sido expuestos a altas temperaturas o alguien se hubiera dedicado a quemarlos con una llama.

Aterrorizados e incapaces de articular palabra, vieron como una nueva estación se acercaba, pero esta vez no encontraron un andén a su paso. En su lugar había lo que parecía una cámara de tortura en la que despellejaban vivo a un desdichado que gritaba de dolor mientras lloraba sangre. Las cámaras se sucedían una por una y la velocidad del tren aminoraba, como “deleitando” a sus pasajeros con las más crueles y brutales formas de causar dolor.

De repente el tren se detuvo y el mendigo, que hasta el momento parecía inconsciente, se levantó. Los atracadores se quedaron petrificados al observar bajo su capucha unos brillantes ojos amarillos y un rostro rojo adornado por una puntiaguda barba.

“Tú te bajas aquí, estafador: –dijo mientras levantaba con un solo brazo al hombre trajeado y lo lanzaba fuera del vagón.

Inmediatamente unas sombras que aparecieron del suelo lo levantaron y lo llevaron hasta un foso lleno de gusanos. El estafador comenzó a gritar mientras los gusanos le atravesaban la piel y comenzaban a devorarle por dentro.

“Estos gusanos te devorarán en vida, como tú lo hiciste al lucrarte de los demás para llevar una vida de lujos, tal como un parásito del dinero y el trabajo- dijo el falso mendigo que ya se podía distinguir fácilmente como un demonio. – Ustedes dos no tendrán tanta suerte, irán mucho más abajo”.

Al día siguiente las crónicas de todos los periódicos anunciaron la muerte de un policía y dos atracadores que fueron abatidos a pocos metros del tren en el que pretendían escapar.

1 comentarios:

Monsoon Alucard dijo...

genial historia ImI

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